miércoles, 14 de junio de 2017

La única frase



Corren tiempos convulsos en los que las redes sociales ejercen de amplificador de frustraciones íntimas y donde la susceptibilidad anda a flor de piel. Un campo de batalla semántico en el que uno dice hola, pongamos por caso, y una turba de tuiteros enfurecidos te lapida. ¿El motivo? Has escrito hola con h, y eso no se lleva. Ganas dos seguidores y pierdes catorce. 

En otras ocasiones haces un inocente comentario elogioso y el destinatario se lo toma como una afrenta personal y te menciona en su blog en tono malvado. Ganas tres seguidores y pierdes veintisiete.

De ahí que las redes cada vez me gusten menos y mi perro, que no tengo, cada vez más. Me quedé en una sola por consejo expreso de mi médico de cabecera, por más que los gurús de Internet se empeñen en que los autores noveles debemos de estar en muchas, en un número indeterminado que oscila entre un mínimo de dos (recomendado) y un máximo de veinte (poco recomendable). A partir de esa cifra te sugieren que pidas directamente el ingreso en un manicomio.

Personalmente, cada vez que me asomo a ellas lo hago provisto de un yelmo, un escudo y un botiquín de emergencia que incluya ansiolíticos. La espada la suelo dejar a un lado para no rayar la pantalla más de lo que ya está.

Nunca entendí muy bien por qué las llaman redes sociales. Lo de redes sí, porque todos andan pescando algo. Lo otro ya no tanto. Si se supone que están hechas para socializar, ¿cómo es que uno colecciona tantos enemigos, desamores, desencuentros y desvaríos varios? Aquí hay algo que no cuadra. Puede que la explicación se encuentre en que las tres últimas cosas empiecen por la letra d. Está claro: es un problema de diccionario. Como lo de la h.

En definitiva, hay que andarse con pies de plomo. Si te da por decir algo, sé prudente y mide muy bien tus palabras. Lo mejor es que no digas nada, pero si aun así te da por decirlo, no olvides empezar con una nota introductoria que ponga en antecedentes al personal. Después di lo que sea. Y por último, y aunque lo que hayas dicho conste de una sola frase, agrega un memorándum explicativo para que quede claro que era eso y solo eso lo que quisiste decir. Así evitarás entrar en un bucle infinito de de réplicas y contrarréplicas y te ahorrarás malentendidos a mansalva. 

No olvides pedir disculpas por anticipado por tu única frase, si no, sea lo que fuere lo que hayas dicho, te tocará hacerlo después. Ten siempre un confesor a mano para arrepentirte después de haber tuiteato. La sociedad no te lo va a perdonar, pero la divinidad es clemente.

También te conviene estar acompañado de un letrado que te asesore sobre las posibles consecuencias jurídicas de tu única frase. Puedes hacer que se sienten uno a cada lado, confesor y letrado. 

No estaría de más que estuviera presente un psicólogo que te cure el trauma que a buen seguro te producirán las primeras reacciones airadas de la peña. A este otro lo tendrás que sentar detrás.

Una vez tomadas todas estas precauciones y alguna más que se te ocurra, podríamos decir que estás medianamente preparado para afrontar el reto.

Piénsatelo bien y cuando te sientas emocionalmente dispuesto y espiritualmente fortalecido, tuitea, y a continuación echa cuerpo a tierra para esquivar las balas. Si de rebote alguna te da en el corazón, ahí me has pillado: olvidaba que también hace falta un cirujano. A este último deberías haberlo colgado de la lámpara porque ya no queda sitio en la habitación.

Apréstate entonces a repeler el ataque y lanza una andanada de emoticonos. Para qué hablar pudiendo usar caritas sonrientes o cabreadas, según la circunstancia. Dicen que una imagen vale más que mil palabras. De ser así, por lógica, un emoticono valdría más que mil imágenes. 

Llegados a este punto, por tanto, creo que podríamos prescindir del confesor, el abogado, el psicólogo y el cirujano. Los emoticonos y tú os bastáis solos para librar esa batalla. Puede que alguno salga herido en la refriega, pero no son más que bajas virtuales. Los emoticonos son muy resistentes y se reproducen con facilidad. Mientras llueven los improperios tú relájate, deja que ellos se encarguen de todo y aprovecha para tomar un café. Con un poco de suerte, cuando estés de regreso ya te habrán cerrado la cuenta.




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