Novela corta

Tras las huellas de la viuda negra


Sinopsis

Un redactor novato es contratado por un semanario de reciente creación para que escriba la biografía de una antigua asesina en serie. La idea es ir publicándola por entregas y superar así el bache económico que arrastran, pero las cosas no salen como esperaban.


 1



Eloy Maldestro entró a paso ligero en la redacción de El Centinela. Era una bonita mañana de primavera y sentía cómo la energía desbordaba todos sus poros, incluidos los que no estaban a la vista.

—He venido a ver al señor Adolson —anunció al recepcionista.
—¿Y ése quién es? —preguntó el otro, extrañado.
—Se supone que es el director.
—Vaya. ¿Y usted quién me ha dicho que es?
—Aún no se lo he dicho.
—Tiene razón. Pero no hace falta que me lo diga. No creo que fuera capaz de recordarlo demasiado tiempo. Mejor escríbalo en este papel. Yo se lo haré llegar… ¿a quién dijo?
—Al señor Adolson.
—¿Que sería…?
—Su jefe. El que dirige este tinglado.
—Es curioso, hasta ahora hubiera jurado que, aparte de usted y yo, no había nadie más.
—La hay, créame. De camino aquí he contabilizado 173 transeúntes.
—Eso es mucha gente, ¿no?
—Bastante, para ser un día laborable.
—Mire, será mejor que siga usted solo por aquel pasillo. No recuerdo muy bien dónde está el despacho del gerente.
—Del director.
—Eso no lo recuerdo en absoluto.
—Creo que me las apañaré. Gracias por su ayuda.
—Ha sido un placer. Siempre es bueno hablar con alguien que le recuerda a algo.
—¿A qué le recuerdo yo?
—Al pregonero de mi pueblo. Era igual de enclenque y poquita cosa que usted.
—Gracias. Eso me eleva la moral. Siempre me había subestimado un poco.
—El pobre no daba pie con bola.
—Igual que yo.
—Siempre empezaba leyendo el pregón del año anterior.
—Eso es que tenía visión histórica.
—Qué va. Era más miope que un topo.

Se escuchó un portazo. Adolson irrumpió en la recepción con el ceño fruncido y los brazos en jarra.
—Matías, deja de entretener a este señor. Llevo media hora esperando.

—Usted disculpe, señor contable.
—Director, Matías, sigo siendo el director. No me degrades sin más.
—Precisamente estaba pensando en hacerle presidente honorífico.
—Te lo agradezco, pero ese cargo no existe. Prefiero qudarme como estoy—dijo Adolson. Y con un vigoroso manotazo en la espalda empujó a Eloy pasillo adelante.
—Pasa, muchacho. Te haré una entrevista en toda regla.

Entraron a un despacho con un gran ventanal al fondo que ocupaba casi toda la pared, y que ofrecía una magnífica vista de un patio interior lleno de cachivaches oxidados y muebles viejos roídos por la intemperie.

—Tendrás que perdonar a nuestro recepcionista. Desvaría un poco. Pero nos da pena echarlo. Lleva con nosotros desde que se fundó el diario, hace mes y medio —dijo al tiempo que tomaba asiento tras el escritorio y encendía un puro barato de respetables dimensiones. Eloy notó que tenía una mano más grande que otra. Se preguntó con cuál de las dos lo había propulsado hasta ahí.

Adolson extrajo una carpeta de un cajón y separó una hoja de papel.

—He de decir que tu currículum me ha impresionado de veras. En el encabezado pones tu nombre, y el resto está en blanco.
—Soy una persona modesta. No me gusta vanagloriarme de mis logros.
—Excelente. ¿Y qué sabes hacer?
—Básicamente, nada.
—Magnífico.
—Sí. Mi madre me decía de niño que nadie lograría hacer carrera conmigo. Y acertó.
—Debes ser un fenómeno difícil de replicar. ¿Tienes ideas políticas?
—No. Pero tengo un sonajero que robé el otro día en una tienda de chuches. Todavía estoy preguntándome para qué lo quiero.
—Grandioso. Eso significa que tampoco tienes principios éticos.
—Desde luego que no. ¿Por quién me toma?
—Extraordinario. Eres un diamante en bruto. Con el tiempo llegarás a ser un gran reportero. Necesitamos a gente indecente como tú para levantar este periodicucho de mierda. La semana pasada sólo vendimos tres ejemplares, y uno lo compré yo.
—¿Y los otros dos?
—Fueron retirados por orden judicial.

Dicho esto exhaló una nube de humo tan densa y pestilente que Eloy se mareó, perdió el equilibrio y cayó de la silla.

—No te preocupes —oyó que decían al otro lado de la nube—. A todos los que visitan este despacho les pasa lo mismo.

Eloy se levantó entre golpes de tos y trató de sentarse otra vez, pero lo hizo encima del cactus que había a un lado. Pegó un brinco de medio metro y aterrizó dentro del acuario gigante que había al otro lado.

—Refrescante, ¿verdad? Cada vez que alguien entra aquí por primera vez se reproduce la misma secuencia. Es como una moviola. En el perchero tienes una toalla para secarte. Está todo previsto.
—O sea, que lo hace a propósito.
—Por supuesto. Con algo tengo que distraerme. El oficio de director estresa mucho.
—Pues yo lo veo muy relajado.
—Es mi temperamento. Los gordos somos felices por naturaleza. Bueno, siéntate, pero esta vez en la silla. Voy a tener que renovar el cactus. Te has llevado tú solo todas las púas. Has superado satisfactoriamente la prueba de admisión, así que estás contratado. No hace falta que firmes nada, nos ahorraremos trámites. El sueldo tampoco vale la pena mencionarlo. Ganarás tan poco que carece de interés. Ahora hablemos de trabajo. Pero antes deja que te presente a Milda, es nuestra jefa de redacción.

Adolson pulsó un botón del interfono y esperó.

—Pero si no ha dicho nada…
—No hace falta. Un toque significa que llamo a Milda. Dos, que llamo al fotógrafo. Tres, que llamo al corrector de estilo. Y así sucesivamente.
—Ingenioso.
—Es una manera de tener sobre ascuas a mi interlocutor. Nunca sabe quién se va a presentar.

Entró Milda. Era una mujer menuda, morena, de ojos ardientes. Quizá demasiado ardientes, pensó Eloy.

—Milda, te presento a nuestra nueva adquisición. No entiende ni jota de periodismo, pero está destinado a sacarnos de pobres. Es un individuo que carece por completo de escrúpulos.

Milda lo estudió detenidamente.

—Me gusta la gente así. ¿Tú cómo te lo sueles montar?
—No le hagas mucho caso. Milda es ninfómana perdida, pero es nuestra mejor jefa de redacción. De hecho no tenemos ninguna otra. Sin ella seríamos aún peores de lo que ya somos.
—Gracias por el cumplido —dijo Milda.
—No hay de qué. Figúrate que en el cuarto de baño va marcando una rayita en los azulejos por cada elemento que se pasa por la piedra.
—¿O sea que usted también…?
—Él hizo el número 17 desde que llegué a la ciudad —afirmó Milda con aplomo.
—Qué le vamos a hacer —dijo Adolson con aire inocente, encogiéndose de hombros y extendiendo las palmas de las manos—. Yo estoy felizmente casado, pero ante semejante presión…
—O sea que son ustedes como una gran familia unida por…
—El sentido lúbrico de la existencia —completó Milda.
—¿Lo ves? En el fondo es una poetisa. Por algo es jefa de redacción.
—Y su periódico es…
—Un semanario sensacionalista —completó Adolson—. Nos encanta destapar escándalos y hurgar en la mugre ajena.
—Y mi función sería la de…
—De eso hablaremos tú y yo en privado —interrumpió Milda.
—Pero no demasiado en privado, Milda. Hay que poner a esta joya a funcionar a todo tren.
—Ya me encargo yo.
—Me refería al aspecto laboral.
—Así lo he entendido.
—Bien, pues pónmelo en antecedentes. Eloy, te damos la bienvenida al periodismo más amarillista y repulsivo que existe.
—Gracias. Es para mí un honor…
—Ahórrate los discursos. Aquí vamos directos al grano.
—Vale.
—Y ahora largo de aquí. Llevo un buen rato esperando el momento de no hacer nada.




 2



—Esta es la sala de redactores —dijo Milda, señalando una hilera de cubículos idénticos, dentro de los cuales, agazapados como conejos, una serie de individuos parloteaba por teléfono al unísono.
—Parece más bien una sala de operadores de bolsa.
—Cierto. Sólo que aquí lo que cotiza es la exclusiva. Todos ellos van tras el rastro de alguna. Aquel cubículo vacío será tu flamante nuevo puesto de trabajo. Tienes un teléfono y un ordenador para escribir. Yo estoy tras aquella cristalera, desde la que os tengo a todos a la vista. Y ahora ven. Te explicaré lo que tienes que hacer.

Pasaron a una oficina acristalada.

—Este es mi reino. Siéntate.
—Aquí no hay cactus, ¿verdad?
—No, ni pecera. Esas son cosas de Adolson.
—Es un alivio.
—Bien. Vayamos al asunto que nos ocupa. ¿Has oído hablar de la viuda negra?
—No.
—No me extraña. Hasta hace una semana, nosotros tampoco.
—¿Quién es?
—La viuda de un magnate del petróleo. Se sospecha, aunque nunca se pudo demostrar, que liquidó a la anterior mujer del magnate para poder casarse con él. Más tarde logró que éste hiciera testamento a su favor. Y por último liquidó al magnate, quedando ella como heredera universal de todos sus bienes y empresas, que no eran pocos. Aquel tipo se metía en todos los charcos.
—Qué gran mujer.
—Yo también la admiro. Si supiera matar sin dejar rastro, no tendría que aguantar el humo apestoso de Adolson.
—¿Y cuál es nuestro papel en todo esto?
—Atiende. Como sabrás, todos tenemos nuestro flanco débil. Y nosotros somos expertos en explotar las flaquezas de la naturaleza humana. En este caso hemos apelado a su vanidad. Le propusimos escribir sus memorias y publicarlas por entregas y ella accedió, a condición de que fueran apócrifas. En una palabra, nosotros publicamos lo que ella nos cuente, pero ella negará siempre habernos contado nada. ¿Lo captas?
—Creo que sí. Una biografía no autorizada.
—Exacto. Nada de grabaciones ni fotos. Tendrás que tomar apuntes a mano.
—¿Y por qué he de ser yo el que haga esto? He visto que tenéis un montón de gente ahí detrás.
—Sí, pero todos están ocupados persiguiendo rumores varios. Además, ninguno da el perfil. Tú eres buen mozo, aunque algo escaso de carnes, y nos consta que a la viuda no le son indiferentes los encantos juveniles.
—Pero si tengo casi cuarenta años…
—Ya. Pero la viuda tiene casi setenta. Para ella tú eres un mozalbete.
—Me siento casi utilizado.
—Pues siéntete completamente utilizado.
—Vale. Pero que conste que lo hago…
—Porque no tienes dónde caerte muerto —completó Milda—. En marcha. Te acompañaré hasta su mansión y pasaré a recogerte por la noche. Está en las afueras.

Bajaron al garaje y montaron en una camioneta que parecía sacada de un museo de antigüedades, con un rótulo en los laterales que decía El Centinela en caracteres góticos. Sin duda un vehículo muy colorido, pero pelín hortera, pensó Eloy. Seguramente lo harían para marcar la diferencia.

Milda arrancó y salió en tromba del garaje, catapultando a Eloy a los asientos posteriores.

—¿Sorprendido? Las apariencias engañan. La carrocería es antigua, pero le hemos acoplado el motor de un Ferrari —dijo Milda, metiendo la quinta marcha y atravesando media Tráfali como una exhalación—. Es para poder llegar los primeros a las exclusivas.

Cinco minutos más tarde frenó bruscamente ante la mansión, catapultando nuevamente a Eloy al asiento delantero.

—Ya puedes desenredarte y bajar. A partir de aquí te dejo solo —dijo.

 Descendió de la camioneta, abrió la puerta del ocupante y permitió que Eloy rodara hasta el suelo.

—Terminarás por acostumbrarte, ya lo verás. Los inicios siempre son duros.

Eloy permaneció tendido en el suelo cuan largo era mientras la camioneta se alejaba a toda pastilla. Reflexionó durante un rato sobre el sentido de la existencia y después se levantó. Había llegado a la conclusión de que la existencia no tenía sentido alguno.

La mansión estaba rodeada por un muro de tres metros de altura coronado por alambre de espino. Había cámaras de vigilancia por todas partes. Aquello parecía un fortín. Para colmo un foso lleno de cocodrilos con las fauces abiertas le separaba de la entrada principal. Atravesó la pasarela con cautela y se dispuso a llamar al timbre. Pero no hizo falta, la puerta se abrió sola y se adentró en lo que parecía un exótico jardín botánico, sin letreros que indicaran algún sendero. Dudó un instante, preguntándose dónde demonios estaría el camino que conducía a la entrada, cuando se le vino encima un bulldog furioso provisto de un collar de púas que ladraba como un condenado.

Eloy echó a correr a la desesperada, sintiendo el aliento del bulldog en la nuca, y cuando quiso darse cuenta se encontraba frente a la puerta abierta de la mansión. Un mayordomo en librea le sonreía condescendiente.

—No se preocupe, no muerde. Lo hacemos para que los visitantes lleguen antes. A la señora no le gusta esperar.

El bulldog se calmó al instante y se retiró disciplinadamente, perdiéndose entre la maleza.

El mayordomo lo condujo hasta un salón con las paredes tapizadas de retratos de prohombres del pasado.

—Aguarde aquí un rato. A la señora, por el contrario, sí le gusta hacer esperar a las visitas.

Eloy se quedó plantado en medio del salón, sudoroso, con la ropa hecha jirones. En algún lugar un reloj de cuco dio las doce.

—Cada vez mandan material de peor calidad—oyó que decía una voz a sus espaldas. Se giró y vio a una señora muy alta y elegante que lo sopesaba con la mirada. Tenía el cabello plateado recogido en un moño y la piel muy tersa. Aparentaba veinte años menos de los que cabría suponer.
—Usted será Eleanora, supongo.
—Quién iba a ser, si no. Estás hecho unos zorros. Bien, desvístete. Tengo que comprobar el andamiaje. Después te darás un baño con agua hirviendo.
—¿Me está usted diciendo que tengo que mostrarle mis atributos?
—Claro. Es lo que estipula el contrato que firmé con la agencia. Aunque eso no obsta para que esta vez presente una reclamación. Tienes pinta de que te haya pasado un camión por encima.
—¿De qué agencia me habla? Yo soy reportero de El Centinela.
—¿Y a mí eso qué más me da? La gente que me envía la agencia tiene las profesiones más variopintas. He tenido corredores de bolsa, estudiantes de derecho, relojeros, taxidermistas…
—Se me dijo que había un acuerdo con usted para escribir su biografía.
—¿Mi biografía? Qué ocurrencia.
—Le doy mi palabra.
—Habrá sido cosa de mi madre. Es mi relaciones públicas. Tiene noventa y cuatro años, pero es un lince para estas cosas. Yo prefiero vivir la vida.
—En ese caso, ¿no podría usted hablar con su madre?
—Claro que puedo. De hecho está sentada en aquel rincón. Pero le gusta que la llamen por teléfono. Es su hábitat natural.

Eleanora abrió un bolso plateado y sacó de él un móvil igualmente plateado. Marcó un número y se escuchó la sirena de una ambulancia.

—Es el tono de llamada que usa mi madre. Dice que lo hace para irse ambientando. Tardará un rato en contestar porque le gusta hacerse de rogar.
—Dime, hija —se escuchó al otro lado del salón.
—Soy yo.
—Ya lo sé. Te estoy viendo.
—Hay aquí un tipo muy raro que dice venir de parte de un periódico.
—¿Cómo se llama?
—¿Cómo me has dicho que te llamas?
—No se lo he dicho.
—Mamá, no me lo ha dicho.
—Pues pregúntaselo.
—Vale. A ver, pájaro, dime tu nombre.
—Maldestro.
—Vaya nombre. ¿No podías tener un nombre un poco más normal?
—En realidad es mi apellido. Me llamo Eloy.
—Eso ya me suena más.
—A mí también. Casi siempre me llaman así.
—Pues yo prefiero llamarte Maldestro. Me acabo de dar cuenta de que casa más con el aspecto desastrado que tienes.
—Como quiera.
—¿Has oído, mamá?
—Sí, pero repítemelo. Me gusta que me repitan las cosas. Así gano tiempo para pensar la respuesta.
—El sujeto afirma llamarse Eloy Maldestro.
—¿Y quién le manda?
—¿Quién te manda?
El Centinela.
—No me dice nada ese nombre, ¿y a ti, mamá?
—Espera que consulte mi agenda.
La anciana dejó el móvil a un lado y cogió una enorme tableta. Después volvió a coger el móvil.
—El otro día me llamó una chica muy simpática de un semanario que se llama así.
—¿Y de qué hablasteis?
—Me estuvo contando sus últimas conquistas. La chica deber de ser una fuera de serie. Me recordó a mí misma cuando era más joven y seducía a todos los novios de mis amigas. Qué gran cosa son los cuernos.
—¿Y aparte de eso?
—¿Aparte de eso? Ah, sí. Querían escribir tu biografía.
—¿Y qué necesidad tengo yo de algo semejante?
—Yo qué sé, hija. La fama, la gloria, todas esas cosas.
—¿No les habrás dicho que sí?
—¿Qué quieres? La chica era muy convincente. Tiene que serlo por fuerza, para mantener ese ritmo. Yo a su edad…
—Sé muy bien lo que hacías a esa edad. Pero no pienso firmar nada.
—No tienes que firmar nada. Sólo tienes que contarles tu vida. Ellos hacen como que se han enterado por otro lado y tú lo niegas todo.
—Mamá, eres una liante. A quién se le ocurre algo así.
—A mí. Bueno, a ellos. Pero a mí me gusta.
—No quiero fotos, ni cámaras, ni micros, ni nada por el estilo. Me ha costado mucho llegar hasta aquí como para que ahora venga un pelagatos como éste y lo estropee todo.
—Ese fue el trato.
—¿Y de lo otro qué?
—¿Qué otro?
—La pasta, mamá. No querrás que cuente mi vida gratis al primero que se presenta.
—Ay, hija mía. Lo quieres todo. Cuando escriban el libro, tendrás los derechos de autor.
—No me basta, quiero un anticipo.
—Cómo eres para tus cosillas. Eso ya está hablado.
—Así lo espero.
—Descontada mi comisión, claro.
—Tú sí que no cambias.
—Te dejo. Tengo una llamada por la otra línea.

Eleonora guardó el móvil y se quedó mirando a Eloy con desconfianza.

—Bueno, desvístete.
—Pensé que habíamos convenido en que no me manda ninguna agencia.
—Aún así, tengo que comprobar que no llevas ningún micro encima. Y de un baño caliente no te libras.
—Le aseguro que no…
—A despelotarse se ha dicho. Díselo tú también mamá.
—Despelótese, Maldestro. No sea tímido. Estamos entre gente de confianza.
—No imaginaba yo que la vida de reportero fuera tan sacrificada.
Eloy se quitó la ropa, o lo que quedaba de ella, y la dejó caer al suelo.
—¿Satisfechas?
—¿Tú qué dices, mamá?
—Un poco escaso, para mi gusto.
—Por una vez coincido contigo. Bautista, acompaña a este medio algo a que se dé un baño y luego me lo traes de vuelta.




 3



Eloy reapareció en el salón embutido en un traje prestado por el mayordomo que le venía tres tallas grandes.

—Toma asiento, Maldestro. Ahora casi pareces un hombre. ¿Te apetece una limonada con absenta?
—¿A estas horas?
—Claro, ser rico tiene la ventaja de que puedes estar ebrio día y noche sin que nadie se atreva a decirte nada. Y además te ríen las gracias.
—Me vendría mejor un café cargado.
—Como quieras. ¿Dónde está tu bloc de notas?
—Debí perderlo en un punto indeterminado entre el comienzo de la mañana y el momento actual.
—Te facilitaré una servilleta. Aquí no usamos papel. Somos adictos a las nuevas tecnologías.
—Llegados a este punto me veo capaz de escribir anotaciones en una roca punzante.
—Aplaudo tu espíritu de superación. Procedamos, pues. Yo hablo y tú escribes. También puedes preguntar. ¿Por dónde quieres empezar?
—Cuénteme cómo llegó hasta su difunto marido.
—Casualmente empleé el mismo truco que has empleado tú para llegar hasta aquí.
—¿Entonces estaba enterada de mi visita?
—Naturalmente. Yo no dejo nada al azar. Lo que pasa es que a mi madre y a mí nos gusta montar nuestro pequeño teatro de vez en cuando, más que nada para recordar los viejos buenos tiempos, cuando todo era pura apariencia.
—Vaya.
No lo tomes a mal. Forma parte del juego. La farsa es todo un arte. Precisa de agilidad mental, frialdad, persistencia, falta de escrúpulos y sobre todo, saber poner cara de póker. Con algo de tiempo y unas cuantas lecciones, podría hacer de ti un truhán consumado. Pero me tendrías que pagar, por supuesto. Y mi instinto me dice que andas más tieso que el palo de una escoba.
—Así es.
—En ese caso, sigue tomando apuntes.
—Aún no he empezado.
—¿Por qué?
—Porque además de una servilleta me haría falta algo para escribir en ella.
—Te prestaré uno de mis pintalabios.
—Es usted un encanto.
—Gracias. Me empiezas a caer mejor. Como te iba diciendo, para conseguir acceder al círculo íntimo de Gustavo, mi difunto marido, me hice pasar por periodista, al igual que tú. Porque tú no has sido periodista en tu vida, ¿verdad?
—Empecé a serlo justo esta mañana.
—Me lo imaginaba. En algo nos parecemos. El caso es que me hice con una falsa acreditación y fingí trabajar para una publicación inexistente.
—La mía sí existe.
—Es que hay grados, querido. A ti aún te falta un hervor. Si esta mañana te hubieras presentado por tu cuenta y riesgo contando una trola de proporciones colosales, ahora estarías trabajando para mí.
—No sabe cuánto lo lamento.
—Ya irás aprendiendo. Pues bien, vosotros habéis querido tentar mi vanidad, y yo tenté la de Gustavo proponiéndole escribir su biografía. Llegados a cierto punto, los individuos que están convencidos de haberse hecho a sí mismos sienten la pulsión incontenible de plasmar sus logros en el papel o el celuloide, según los gustos. Así que no me costó mucho esfuerzo convencerlo, amén de que hice un uso nada comedido de mis encantos.
—Gustavo estaba casado, según tengo entendido.
—Así es, y su mujer era terriblemente celosa. Ese fue el primer escollo que tuve que afrontar. Me las ingenié para que me dejaran dormir en una de las habitaciones del piso superior durante el tiempo que se suponía iba a emplear en escribir la biografía de Gustavo. El primer paso era lograr seducirlo, pero su mujer me tenía férreamente controlada, así que tuve que aplazar eso e inventar algún ardid para distraerla.
—¿Y qué se le ocurrió?
—El mayordomo que tenían entonces, un tal Manuel, había sido electricista. Entre los dos ideamos un ingenioso sistema de imanes cruzados que fuimos emplazando por toda la mansión. Se activaban con sólo conectarlos a la corriente. Se daba la circunstancia de que la vajilla y la cubertería que usaban entonces tenían partes metálicas, así como muchos de los adornos. Con un mando a distancia regulábamos la intensidad de la corriente. De esa manera, cada vez que pulsábamos el interruptor, los platos volaban en círculo, los cuchillos se erguían y los cajones se abrían de golpe. El efecto era deliciosamente espantoso. Nunca me había divertido tanto.
—¿También la mujer de Gustavo?
—No. Ella no se divirtió en absoluto. De hecho estaba muerta de miedo. Pensó que la mansión estaba embrujada y recurrió a un exorcista. Se olvidó hasta de vigilarme.
—Circunstancia que usted no desaprovechó.
—Evidentemente. Ya había seducido al mayordomo para ir haciendo mano, y a Gustavo lo seduje en el altillo, donde guardaba sus libros de cuentas, mientras el exorcista daba vueltas por la casa lanzando proclamas en latín y esquivando platos.
—¿Qué pasó después?
—Intenté convencer a Gustavo de que se divorciara de su mujer, pero no estaba por la labor. Le hubiera costado un ojo de la cara. Ante su negativa, decidí pasar al plan B, pero antes seduje al exorcista en una de las pausas, sólo por desquitarme.
—Debió de ser usted una mujer terrible.
—Y lo sigo siendo, ¿qué te has creído? Sólo que ahora me he refinado más.
—¿En qué consistía ese plan B?
—En liquidar a su mujer. Se había convertido en un estorbo.
—¿Y lo hizo?
—Por supuesto. Pero me costó lo mío. Aparte de que se las sabía todas, era una tipa correosa. Intenté envenenarla varias veces, sin éxito. Entonces se me ocurrió una idea. Le confesé al exorcista que todo había sido un engaño, segura como estaba de que le faltaría tiempo para ir con el cuento a la señora de la casa, a la que deseaba secretamente, según me confió una vez.
»Y así fue. Amalia, que así se llamaba, subió hecha una furia a buscarme a mi habitación del tercer piso. Como ya preveía su reacción, aquella mañana había embadurnado el suelo con aceite de engrasar motores, y en aquel momento me encontraba recostada con aparente despreocupación en el pretil de la ventana. La puerta se abrió de golpe, Amelia se abalanzó hacia mí gritando como una posesa, tropezó con el mueble-bar, patinó, y cuando estaba a punto de alcanzarme yo me separé grácilmente de la ventana abierta, dejándosela toda para ella.
—¡Qué bárbaro! Está consiguiendo que se me pongan los pelos de punta.
—¿Los de arriba o los de abajo?
—Es usted tremenda.
—Gracias. Pero no he hecho más que empezar. Tenía un testigo incómodo que en un futuro me hubiera podido causar problemas. El exorcista sabía parte de la verdad, así que convencí al mayordomo para que introdujera una pequeña modificación en el mando a distancia, de modo que uno de los platos voladores fue a dar directamente en la nuca del pobre infeliz, que fue a reunirse en el más allá con su amor imposible.
»A partir de ese momento las cosas empezaron a resultar más fáciles. Tras dos semanas de sexo desaforado logré convencer a Gustavo de que se casara conmigo. Pero ahí me surgió un problema, o más bien dos. El primero logré resolverlo; el segundo aún colea. Me explico: Manuel, el mayordomo, se había vuelto aún más codicioso que yo, y empezó a chantajearme, amenazando con contarlo todo, y eso me empezaba a preocupar; pero pronto se me ocurrió otra idea.
»Con la excusa de que había que desmontar los imanes que habíamos usado en el plan anterior, y mientras él trasteaba con el cuadro de luces, le pasé el cable equivocado, uno que había soltado la noche anterior de uno de los postes de alta tensión, y el tipo quedó reducido en un santiamén a la mitad de su volumen. Parecía una momia chamuscada y pequeña. Con lo que había sido él. En fin, se lo tenía merecido por sacarme de mis casillas.
—Me estoy empezando a marear. ¿Y el segundo problema del que hablaba?
—Molineros, el inspector de policía al que encargaron el caso. Tenía la mosca detrás de la oreja. Tres muertes en menos de un mes eran demasiado. Creo que me caló desde un principio, pero nunca pudo probar nada. Ahora está a punto de jubilarse, pero no ha perdido la esperanza de echarme el guante. De vez en cuando se deja caer por aquí para fisgonear.
—Prosiga, por favor. Me tiene sobre ascuas.
—Bueno, Gustavo era un hombre muy rico. Había amasado una fortuna mezclando negocios lícitos con ilícitos. La verdad es que él no distinguía una cosa de la otra. Todo esto lo sabía porque contaba con un cómplice fuera de la mansión, un hacker adolescente que andaba perdidamente enamorado de mí y que se hubiera arrojado de lo alto de una torre si se lo hubiera pedido, sólo por complacerme. Era la única persona en la que podía confiar.
—No me diga que también se acostaba con él.
—Periódicamente le daba su ración de sexo para garantizarme su fidelidad. Era un buen chico. Fuera de las computadoras y de mí, no existía más mundo para él.
—¿Qué pasó con Gustavo? ¿Se casaron finalmente?
—Sí, y la noche de bodas estaba tan borracho que en lugar de firmar el certificado de matrimonio firmó un testamento que yo misma había redactado y en la que me declaraba heredera universal de todo su patrimonio. A la mañana siguiente ya estaba maquinando cómo desprenderme de él. Esta vez la idea me la dio César, mi enamorado adolescente. No hay nada como contar con el cerebro de un púber con las hormonas a flor de piel para planificar el crimen perfecto.
—¿Qué hizo esta vez?
—Oh, una tontería. Me envió un disco duro que contenía un virus para que se lo entregara a Gustavo.
—¿Un virus?¿Cómo va a matar a nadie un virus informático? Como mucho descompone la máquina.
—Es que se trataba de un virus de verdad. César lo había bañado en una sustancia química que provocaba la muerte si se inhalaba, o bien por simple contacto. Y además no dejaba rastro. Era un genio, mi César. Lo envió bien envuelto en una tela impermeable, y cuando el bueno de Gustavo lo abrió, aún aturdido por la resaca, pasó directamente a mejor vida, o eso suele decirse. Creo que fue uno de los matrimonios más breves de la historia.
—Así que de la noche a la mañana se vio usted…
—Libre como un pájaro y asquerosamente rica. Y con Molineros llamando otra vez a mi puerta. En el fondo me daba pena. Yo me deshacía de los estorbos ante sus narices, y él era incapaz de encontrar nada.
—¿Tuvo que deshacerse de muchos más estorbos después?
—Sí… Pero eso te lo contaré mañana. Acabo de oír sonar una bocina y creo que viene a recogerte esa chica tan mona que te trajo esta mañana.
—Un momento, ¿cómo sabe usted que es mona si no la ha visto?
—Claro que la he visto. ¿No te has fijado en que tenemos cámaras, sensores térmicos, sensores de movimiento y toda clase de artilugios para detectar presencias extrañas? Me gustó mucho tu estilo al bajarte de la camioneta. Procura repetirlo mañana.




 4



—¿Cómo te ha ido el día? —preguntó Milda alegremente— ¿A que es total la vieja?
—Aún no me he repuesto de la impresión.
—Ya lo veo. Estás lívido. No tienes mucho mundo, tú. ¿Traes los apuntes?
—Sí. Tuve que anotarlo todo en servilletas de papel y con un pintalabios color carne.
—Eso es porque tu libreta salió despedida por la ventanilla en la segunda curva. Olvidé decírtelo esta mañana.
—¿Qué vais a hacer con ellos?
—Tú dámelos a mí, que yo me encargo de darle forma. ¿A cuánta gente se cargó en total?
—Por ahora llevamos cuatro. Y no ha hecho más que empezar.
—¿Hubo mucha sangre?
—No lo sé. Hubo una defenestración, un desnucamiento, una electrocución y un envenenamiento.
—Hay que ponerle sangre. La gente pide sangre. Iremos a mi casa. Mientras tú descansas un poco, yo redacto el artículo. Después me ayudas a poner la rayita 23 en el cuarto de baño.
—¿No podríamos omitir eso último? Han sido demasiadas emociones para un solo día.
—Imposible. Este mes estoy viendo que no llego al cupo, y sólo te tengo a ti a mano —y diciendo eso arrancó y puso la camioneta de cero a cien en menos de diez segundos. Eloy, que imprudentemente había olvidado ponerse el cinturón, dio una voltereta y aterrizó en el asiento trasero, con la cabeza a ras de suelo y la pierna izquierda asomando por la ventanilla.
—Por cierto, ese traje que llevas te sienta como el culo. ¿Dónde está tu ropa original?
—La mitad en el estómago de un bulldog y el resto en el cubo de la basura —farfulló Eloy desde las profundidades de la camioneta.
—Te pondrás el que dejó abandonado mi último ligue. Creo que es de tu talla. El muy cobarde huyó en calzoncillos antes de emprender el quinto asalto. Cada vez los hacen más flojos.
—La que me espera…
—¿Qué murmuras ahí detrás?
—Decía que soy muy feliz viajando cabeza abajo.
—Me alegra de que así sea. Detesto a los hombres que se quejan por cualquier cosa.

Milda frenó bruscamente, la camioneta hizo un trompo y quedó perfectamente aparcada frente a su casa. Eloy estaba ahora despatarrado en el asiento delantero.

—¿Qué te ha parecido? —preguntó Milda con la mejor de sus sonrisas mientras abría la puerta del acompañante. Eloy cayó a plomo en la acera.
—Desde aquí abajo el mundo se me hace muy grande y muy lejano —gimió.
—Cuando te recuperes, llama al número cinco. Pero no tardes. A esta hora suele pasar el camión de la basura y podrían confundirte con un resto de algo.

Eloy se levantó y se dirigió tambaleante hacia la puerta que Milda había dejado entreabierta. Se la encontró tecleando en un portátil bajo la luz de un foco de mesa.

—¿Dices aquí que su primera víctima fue la mujer del magnate y que la hizo caer desde un tercer piso? Nada de eso. La mató de un hachazo —concluyó.
—Pero no fue eso lo que ocurrió.
—Ya, pero queda muy descafeinado. Los lectores necesitan emociones fuertes. ¿La segunda víctima muere por un plato volador? ¿Y quién se va a creer eso? Decidido: se lo cargó con un bate de béisbol. La tercera víctima muere electrocutada. Uhm… Bueno, eso lo vamos a dejar así, no desentona. Pero lo del envenenamiento suena muy fantasioso. Mejor ponemos que primero lo asfixió y luego lo troceó con una sierra eléctrica para después esparcir sus restos por toda la ciudad. Eso es más creíble. Tiene que haber ensañamiento y mucha sangre, de lo contrario no sería una auténtica viuda negra sino una aprendiz de asesina con muy buenos modales.
—Tengo la impresión de que manipulas los hechos descaradamente.
—¿Y quién se va a preocupar por verificarlo? De todas maneras ella lo negará todo, así que déjame a mí adornar los detalles. En lo que respecta al desenfreno erótico, además de los ya mencionados, añadiremos que también se tiraba al cartero, al que traía los pedidos de los grandes almacenes, al de la compañía de gas y al socio de su marido. Eso le dará un morbo añadido. Ah, y al carnicero. La carne siempre llama a la carne.
—Ella aún no me ha hablado de ningún socio.
—Nos adelantamos. Y si te habla de alguno, lo multiplicamos por tres o cuatro.
—Veo que posees una imaginación retorcida y turbulenta.
—Espera un rato más y descubrirás el resto de mis virtudes. Vamos a meter algún personaje más. En el momento de los hechos, ella acababa de enviudar de un coronel retirado y huía de la justicia por un asunto de malversación de fondos. Se ocultaba en este país porque no tiene tratado de extradición con el suyo. ¿Tú le notaste acento extranjero?
—No.
—Pues se lo ponemos nosotros. Es una fugitiva. Y tiene una hermana gemela que está haciendo de las suyas en la otra punta del globo. Como verás estoy redondeando a la protagonista.
—Tienes razón. Mañana, en lugar de ir a verla a ella, me quedaré aquí sentado escuchándote a ti. Creo que no la necesitas para nada.
—No se trata de eso. Hay que partir siempre de hechos reales. Lo que ocurre es que suelen ser un poco insulsos y hay que añadirles algo de picante.
—Quizá estás cargando un poco la mano. Si lo lee no se verá reflejada en casi nada de lo que pones.
—O tal vez sí. Yo parto de la base de que no suelen contar ni la mitad de las cosas. Otras veces sucede lo contrario: la mitad de lo que cuentan es mentira. Depende del temperamento.
—Puede que tengas razón, pero me voy a dormir. Sospecho que mañana me espera otra ración de asesinatos impunes.
—Me parece bien. Espérame con el motor encendido. Si cuando vaya te encuentro durmiendo no vuelves a poner los pies aquí.


 5



A la mañana siguiente, un Eloy Maldestro seriamente tocado por una noche de involuntario frenesí amatorio se preparaba mentalmente, plantado en mitad del salón, e escuchar otra retahíla de sucesos truculentos por boca de Eleanora. La fantasía desbocada de Milda le hacía verlo todo redoblado y magnificado, y mientras esperaba a la dama del moño blanco contempló los cuadros de los prohombres del pasado y le pareció que chorreaban sangre, y que ésta se deslizaba por el pavimento hacia él, poniéndole los zapatos perdidos.

«Y dice ésta que si quinto asalto… Como siga así dos días más, presento mi dimisión».

—Tienes mala cara, Maldestro. ¿Has pasado mala noche o no te ha dejado dormir tu nueva amiga? Intuyo que más bien lo segundo, si he de fiarme de mi dilatada experiencia en la materia —dijo Eleonora, irrumpiendo en el salón envuelta en una nube de fragancias exóticas.
—No me hable. Por lo menos esta vez no me ha dejado tirado en el suelo.
—Ya he notado que tiene unos modos un tanto expeditivos.
—Usted a su lado me parece una persona de lo más razonable. Si ella llega a estar en su lugar, la población en general hubiera experimentado una notable disminución, por no decir que no quedaría un solo hombre casto sobre la faz de la Tierra.
—No exageres. Lo dirá para hacerse la interesante. Además, no me disgusta cómo me pinta, aunque me atribuye unos métodos algo bárbaros.
—¿Cómo sabe lo que ella dijo?
—Hoy vienes con otro traje, ¿pero recuerdas que ayer saliste de aquí con uno que te di yo?
—Sí.
—Tengo la manía de poner micrófonos en los bolsillos de todo aquel que se me pone a tiro.
—Así que se ha enterado de todo.
—Faltaría más. De mi añorado César aprendí que la información es oro. Qué pena que al final malgastara su talento como agente bursátil. Conmigo habría ganado mucho más.
—Y también habrá escuchado…
—No me perdí detalle. Y en tiempo real. Mi madre estaba conmigo y nos reímos mucho. Pero no te sonrojes. Estamos casi en familia, como dice ella. ¿Quieres unas ostras para reponerte? Casanova desayunaba una docena cada mañana para mantener su rendimiento.
—Me conformaría con un café cargado.
—Eres muy modesto. En fin, te acompañaré con mi habitual limonada con absenta, esta vez con un añadido de canela. He de confesar que tus evoluciones amatorias de la última noche me han levantado bastante el ánimo. Y mi madre se ha hecho fan tuya. Lástima que no le incorporara también una cámara de vídeo. Para la próxima vez lo tendré en cuenta. Bueno, ¿dónde nos habíamos quedado?
—En que acababa de enviudar a la fuerza, digamos.
—Así es, y no era la primera vez. Tu amiga tenía razón. Pero no fue un coronel retirado, sino un importante banquero. También tengo una hermana gemela. De vez en cuando nos intercambiamos.
—¿Y qué fue de él? No me lo diga. Sufrió algún extraño accidente.
—No. Se suicidó clavándose un florete por la espalda.
—¿Practicaba la esgrima?
—Él no. Pero eso es lo de menos.
—Ya veo.
—Volviendo a lo anterior, en vista de que Gustavo había tenido la gentileza de mudarse al otro barrio, me tocó hacerme cargo de sus múltiples negocios. No sólo poseía plantas petrolíferas, sino que sus inversiones abarcaban el mundo de los seguros, la banca, la industria del entretenimiento, la alta costura, la joyería y la producción masiva de palomitas. También tenía intereses en negocios más opacos pero muy rentables. El que mayores réditos le producía era una oficina de tres al cuarto que había montado y que usaba para blanquear dinero sucio. Entre la gente del ambiente la llamaban “La lavadora” porque en teoría se dedicaba a la promoción de una marca de detergente barato.
»Entre aquellas paredes desconchas fluía más dinero que en la City londinense. Era la tapadera perfecta. Nadie hubiera sospechado que aquel cuchitril ubicado en un barrio de mala muerte era la base de un imperio mercantil. Gustavo sabía hacer las cosas. A veces lo echo de menos. Me gustaría que estuviera aquí para poder matarlo de nuevo. Por cierto, el que sí estuvo aquí antes de que vinieras tú fue Molineros.
—¿Le dijo algo?
—Él a mí no. Quería que fuera yo la que le dijera alguna cosa, pero no suelo estar muy conversadora a horas tan tempranas. Debería saberlo ya. Le di un café sin cianuro, porque no me queda, otra vez será, y se marchó.
—Continúe, por favor.
—La cosa es que hubiera podido vivir tranquilamente de las rentas. Ya había heredado dos veces y era dueña de un capital nada desdeñable. Pero me gustan los riesgos, qué le vamos a hacer, y sobre todo me gusta tocar las narices. Me propuse hundir a la competencia, no por afán de venganza, sino como simple distracción, y créeme, cuando se tiene tanto dinero no resulta nada difícil. Todo consiste en retirar de golpe lo invertido en un sitio e invertirlo en otra parte. Mis maniobras arruinaron a unos cuantos socios de Gustavo y enviaron a prisión a otros tantos.
»Me divertí muchísimo, y al mismo tiempo coleccioné una cantidad envidiable de enemigos que me la tienen jurada. No hay nada tan gratificante como saberse odiada. Esta misma mañana hice quebrar a Industrias Reunidas del Norte- Noreste-Sur profundo.
»Vivir en continuo peligro, saber que en cualquier momento puedes acabar abatida por un sicario, es para mí una inyección diaria de adrenalina. Me revitaliza, me rejuvenece y me pone a cien.
—¿Es ese el secreto de la piel tan tersa que luce siempre?
—Precisamente, querido.
—Y supongo que será también la razón de que viva amurallada.
—Sí, pero no creas que estoy siempre aquí metida. A veces hago mis incursiones al exterior, viajo de incógnito. Me encanta tentar la suerte.
—Curiosa filosofía la suya.
—¿Verdad que sí?
—¿He de suponer que tras la muerte de su marido ya no tuvo necesidad de seguir, digamos, liquidando estorbos?
—Nooo… La necesidad siempre está presente, mi querido Maldestro. Vivimos en un mundo de depredadores y si no comes te comen. Lo que sucede es que una vez alcanzada cierta posición social deja de ser conveniente mancharse las manos. Para eso están otros. Pero dejémoslo aquí por hoy. Antes de que venga tu amiga a recogerte me gustaría darte algunas lecciones prácticas de kamasutra. Lo de anoche no estuvo del todo mal, teniendo en cuenta tu largo periodo de abstinencia, pero a partir del minuto 51 noté ciertos desajustes que conviene corregir.

Eleanora cogió de la mano a un Eloy confuso y lo llevó suavemente fuera del salón. Y Eloy estaba confuso porque, a su pesar, tenía que reconocer que aquello no le parecía mala idea.




 6



Nada más abrir la puerta de la camioneta, Eloy recibió en la cara el impacto del bolso de Milda, que lo miraba hecha un basilisco.

—¡Hoy no sólo no hay muertos a los que hincar el diente, sino que además me pones los cuernos con la vejestoria ésa!
—¿Puedo preguntar cómo te has enterado?
—¡La vieja no es la única a la que le gusta poner micros en los bolsillos de los trajes!
—Yo te ayudé a poner la rayita número 23 en los azulejos del cuarto de baño. ¿Qué más quieres? Lo de Eleanora era puro afán didáctico por su parte. Había detectado un defecto de forma en el minuto 51.
—Pues yo lo detecté en el minuto 2 y no te dije nada para no cohibirte.
—Fuiste muy amable.
—Sin duda. Pero hoy ya no. Vámonos. Adolson quiere verte.

Quince minutos después estaban en la redacción de El Centinela. Adolson, ceñudo, fumaba un puro del revés parapetado tras su escritorio. Aquello era mala señal.

—Maldestro, nos estás fallando —dijo, soltando un bufido—. Ayer le sonsacaste cuatro asesinatos y hoy ninguno. Así no hay manera de mantener la tensión narrativa ni el interés de los lectores.
—La verdad es que estaba un poco cansado.
—Ya me lo han contado. Y más que te has cansado hoy.
—Para mí que la vieja se está echando atrás —dijo Milda—. No ha soltado ni un solo nombre, aparte de las Industrias Reunidas de Nosedónde.
—Algo está tramando. Y encima se cepilla a este idiota.
—Está jugando con nosotros. A lo mejor quiere más dinero.
—Tiene todo el dinero del mundo, no necesita el nuestro.
—¿Entonces qué busca?
—¿Por qué no vas y se lo preguntas?
—Se suponía que el encargado de enterarse de todo era éste de aquí.
—Sí. Y ya ves para lo que sirve.
—Lo he visto, sí.
—Maldestro, sin sentirlo en absoluto, creo que vamos a tener que prescindir de tus servicios.
—Os agradezco sinceramente los cumplidos, pero me gustaría decir algo —suspiró Eloy.
—Di algo, infeliz —apremió Adolson.
—Eso, di algo, muerto de hambre —apuntilló Milda.
—Al despedirse, Eleanora me dio algo para vosotros.
—¿El qué, un sobre lleno de escupitajos?
—No, una memoria USB.
—A ver, dame eso —ordenó Adolson.
—A lo mejor es una confesión en toda regla —agregó Milda, esperanzada.
—Eso espero.
Adolson conectó el aparato a su ordenador y la pantalla se llenó de iconos de imagen.
—Parece una colección de vídeos.
Adolson pinchó en el primero.
—¡Cielos! ¡Este soy yo en pelotas!
—Y en actitud equívoca, diría yo —añadió Milda.
—Más bien metido en faena, me parece —apuntó Eloy.
—¿Y esa quién es? Su cara me suena —se interesó Milda.
—¿Y a ti qué te importa? —se defendió Adolson.
—La mujer de un ministro, pero no caigo ahora de cuál —dijo Eloy.
Adolson, nervioso, pinchó en el segundo archivo.
—¡Cielos! ¡Y ésta eres tú en pelotas!
—También metida en faena, para variar —dijo Eloy.
—¿Quién es el individuo con el que andas en pleno desenfreno? —preguntó Adolson.
—¿Y a ti qué te importa? —replicó Milda, irritada.
—Creo que es un subsecretario del mismo ministerio que el anterior —dijo Eloy.
Adolson pinchó en el tercer archivo.
—No me lo puedo creer. ¡Matías en pelotas!
—Y fornicando como un condenado.
—Y parecía tonto.
—Yo creo que se lo hace.
—¿Con quién está?
—Siento decírtelo, Adolson, pero está con tu mujer —dijo Milda.
Adolson se hundió en la butaca, abrumado.
—Esta elementa nos tiene cogidos por los mismísimos.
—Eso parece —convino Eloy—. ¿Qué me estabas diciendo sobre prescindir de mis servicios?
—Yo no he dicho nada. ¿Tú has oído algo, Milda?
—Nada en absoluto. Padezco pérdida auditiva a partir de las seis de la tarde.
—En ese caso, creo que es un excelente momento para plantear un aumento de sueldo —propuso Eloy con aire inocente.
—Será cabrón el niño. Qué rápido aprende.
—Tampoco me vendría mal un vehículo propio para acudir a las entrevistas con Eleanora. La camioneta de Milda empieza a producirme jaquecas.
—Eres un desagradecido. Lo que pasa es que no tienes aguante.
—Eleanora no piensa lo mismo. Corrigió con eficacia el error del minuto 51.
—Me alegro por ella.
—Además de aplicaros a vosotros un correctivo.
—De acuerdo.
—Qué gran mujer —suspiró Eloy.
—Si tú lo dices…
—Y lo mejor es que todo esto lo está escuchando ahora mismo.




7



—¿Cómo les ha sentado a tus amigos la ausencia de material informativo?
—No se lo han tomado muy bien. Me consta que Milda estuvo estrujándose los sesos hasta las cuatro de la mañana, inventándose los crímenes más disparatados. Por su parte Adolson está que echa humo sin necesidad de puro. Quería despedir a Matías de inmediato por lo de su mujer, pero no puede. Le di una copia de tus archivos. Y envié otra a su mujer. Ya no se atreven ni a pelearse entre ellos. Me siento bien fomentando la paz social.
Se habían sentado en la terraza aprovechando los primeros calores de la primavera. Eleanora sorbía su acostumbrado combinado de limonada, absenta, canela y perejil. Cada día le añadía un nuevo ingrediente.
—La técnica no es nueva. El primer día se les sirve carnaza, y el segundo se les priva de ella. Sufren entonces lo que los médicos llaman el efecto rebote, y se muestran dispuestos a hacer todo lo que tú quieras con tal de que les des más carnaza.
—¿Y ahora toca dársela?
—Sí, pero bien dosificada. Hoy te contaré por qué Molineros, por mucho empeño que le ponga, nunca logrará echarme el guante.
—Soy todo oídos.
—Pero antes revísate los bolsillos y mira bajo el cuello de la chaqueta. Si encuentras algo con forma de escarabajo diminuto, tíralo al estanque. A partir de ahora yo te diré lo que puedes contarles y lo que no.
—Hecho.
Eloy encontró tres, uno en cada bolsillo, y los arrojó al estanque.
—Me encanta ponerles la miel en los labios y luego quitársela. Dime que soy cruel.
—Eres deliciosamente cruel.
—Gracias. Cuando te dedicas a los negocios conoces a gente del más variado pelaje, algunos nada recomendables. Esos suelen ser los más interesantes. Una tarde, en el transcurso de un cóctel, mientras me codeaba con muchas de mis futuras víctimas, se me acercó un tipo bajo y calvo al que no había visto nunca y empezó a contarme cosas la mar de interesantes. Y lo más interesante de todo fue lo que sabía de mí, lo cual no dejó de sorprenderme. No se trataba de uno de esos admiradores secretos que se dedican a coleccionar recortes de prensa de las celebridades a las que acosan, sino de un individuo que conocía detalles de mi vida que no eran del dominio público.
»En definitiva, me dio a entender de forma muy sutil que lo sabía todo de mí. ¿Y cómo lo sabía? Evidentemente, porque pertenecía al servicio secreto. De qué país, eso me vas a permitir que no te lo diga. Y venía a proponerme un trato. Colaboración a cambio de impunidad. La cosa me convenía. Siempre es bueno tener las espaldas protegidas cuando bordeas el filo del abismo, y esa gente tenía en común conmigo que actuaba por encima y por debajo de cualquier ley.
—¿Te convertiste en espía de algún gobierno?
—A veces. Pero por lo general me preferían como asesina a sueldo. Ayer, cuando te dije que ya no me manchaba las manos, era cierto, pero no en aquel momento. Aún tuve que dejar atrás un buen montón de cadáveres antes de considerarme retirada a medias. Ya sabrás que el crimen es un medio que usan muchas sociedades al margen de la ley para amarrar lealtades. Si yo mataba por encargo, ellos se ocuparían de que ni sus crímenes ni los míos propios salieran a la luz. Debo de admitir que no actué presionada, sino porque aquello me divertía enormemente.
—A tu manera, te lo pasarías en grande.
—Sí. Aquella gente no actuaba por convencimiento o principios, sino únicamente movida por intereses muy terrenales. Intereses que yo a veces ignoraba, y que otras se me hacían demasiado evidentes. En cualquier caso admiraba su falta de escrúpulos y el nulo respeto que mostraban hacia sus propias leyes.
—Aprenderías un montón de cosas.
—Se podría decir incluso que hasta llegar a lo de Gustavo había actuado como una aficionada, y a partir de ese momento me profesionalicé. Matar puede llegar a ser como una droga. Cuando dejaba de hacerlo, me sentía vacía por dentro. Era como una continua huida hacia adelante.
—Qué cosas. Imagino que lo harías cada vez que te lo pedían.
—A veces me dejaban en paz largas temporadas, pero cuando me llegaba un encargo tenía que adoptar una nueva identidad, viajar a un país a veces lejano, y cumplir con lo acordado.
—¿Cuál fue tu primera víctima por compromiso?
—El alto cargo de una compañía eléctrica. Estaba a punto de declarar contra una empresa rival por amaño de contrato.
—¿Cómo lo hiciste?
—Le convencí para que se ahogara en la bañera él solo. Es una de las muertes menos decorosas que existen. Por regla general, era mejor simular un accidente o un suicidio, de esa manera el caso se cerraba más rápido. Si era más obvio de la cuenta, la cosa se podía complicar.
—Entiendo.
—El segundo encargo fue más complejo, pero también más creativo. Se trataba de liquidar a un espía de una potencia extranjera, y había que hacerlo de manera que las sospechas nunca recayeran sobre nosotros, si queríamos evitar un conflicto internacional.
»Nos las apañamos para que lo confundieran con un capo de la droga, lo metimos en medio de una refriega, y lo liquidaron por nosotros. No me sentí especialmente satisfecha con aquello porque no había participado de manera activa.
»Pero me desquité con el siguiente, un aspirante a la presidencia con ínfulas y posibilidades. A ese no hizo falta matarlo, bastó con desacreditarlo, pero fue igualmente divertido, aunque demasiado fácil para mi gusto.
»No me costó ningún trabajo seducirlo en la habitación de un hotel y sacarle todas las fotos del mundo. El tipo estaba más salido que un mono. Después le amenazamos con publicarlas si no se retiraba de la carrera presidencial y cedió enseguida. Era lo que yo llamaba trabajos blandos, de tránsito, en los que no necesitaba emplearme a fondo.
»Al cuarto sí que me mandaron liquidarlo. Un industrial del caucho que estaba por firmar un contrato de fusión con una empresa del ramo. Eso no interesaba a alguien influyente.
»Un día antes de la firma fuimos a dar una vuelta en su yate y le pedí que se adentrara en una zona peligrosa donde yo sabía, pero él no, que los tiburones campaban a sus anchas. Cuando consideré que habíamos llegado al punto óptimo, le pedí que me cediera un rato el timón. Fingiendo inexperiencia, di un viraje brusco y el tipo salió despedido por la borda. Lo demás ya te lo imaginas. Lo peor fue volver. Nunca se me ha dado muy bien pilotar yates. ¿Tú crees que con esto tendrán bastante tus amigos para llenar otra entrega?
—Yo diría que sí. Han sido cuatro, como la primera vez. Y el talento morboso de Milda hará el resto. Ayer debió de sudar tinta por no tener nada en lo que apoyarse. Es buena para adornar los hechos, pero le cuesta partir de cero.
—El ataque de celos tampoco ayudaría mucho. ¿Deberíamos seguir dándole motivos?
—Por supuesto que sí. Ayer quedamos en que me explicarías con detalle qué falló en el minuto 63. Estoy ansioso por saberlo.




8



—¿Cómo se te ocurre tirar los micrófonos al agua? —gritó Adolson, furioso— Así no se puede trabajar.
—¿Y ahora qué? —lo secundó Milda— Ni siquiera has tomado apuntes.
—Estaba tan enfrascado en la conversación que olvidé hacerlo. Tendréis que confiar en mi portentosa memoria.
—¿Qué te ha contado esta vez la vieja urraca? ¿No te habrá dado otro regalito para nosotros?
—No, hoy decidió portarse bien, lo cual no casa para nada con su carácter malévolo. Qué gran mujer.
—Vale, desembucha —dijo Milda, irascible.
—Pues allá por el minuto 63… quiero decir, tras la desaparición de Gustavo, Eleanora decidió eliminar a sus rivales comerciales. Empezó por el jefazo de una compañía eléctrica. Muerto por ahogamiento.
—¡Y una mierda! —saltó Milda— Lo cosió a puñaladas.
—Como quieras. El segundo, un espía. Muerto en un enfrentamiento entre bandas rivales.
—Eso está mejor, pero queda fuera de contexto. Ella tiene que intervenir personalmente. Lo frió a tiros ella misma.
—Al tercero no lo mató. Se limitó a seducirlo y a chantajearlo con unas fotos tomadas de manera subrepticia.
—¡Menuda horterada! Eso está más que visto —se revolvió Adolson—. Milda, invéntate algo ahora mismo. Con eso no vendemos ni un chupete.
—¿Quién era el tercer sujeto?
—Un aspirante a la presidencia.
—¿Y cómo podría morir un político? —caviló Milda.
—Si fuma mucho, de cáncer de pulmón —aventuró Eloy.
—No, imbécil. Me refiero a una muerte violenta.
—Cayéndose de la escalera mientras repara el tejado.
—No.
—Electrocutado mientras intenta arreglar la maquinilla de afeitar.
—No.
—Por una subida de azúcar mientras se come a escondidas los restos de la tarta de cumpleaños de su hijo.
—No.
—Se ahorca con su propia corbata al enredarse en las aspas del ventilador de techo. A mí casi me pasa una vez.
—Todo eso carece de interés —intervino Adolson—. Tiene que ser una muerte provocada. Deja que piense Milda. Posee una mente retorcida sin parangón en todo el gremio.
—De acuerdo, Milda, piensa.
—Lo haré si te callas un momento.
Milda se concentró mientras los otros dos la miraban.
—¡Mierda, estoy bloqueada! Es la primera vez que me pasa.
Adolson la observó, preocupado.
—Pues estamos apañados. Siempre has sido nuestro último recurso.
—Será mejor que llame a la jefa —dijo Eloy. Sacó su móvil y marcó un número—. Eleanora, cariño, ha pasado lo que era de esperar. Como no mataste al tercero, Milda tampoco sabe cómo hacerlo y se ha bloqueado. Ya te dije que si no tiene un punto de apoyo se siente perdida. Lo está pasando francamente mal. Ahora mismo se ha puesto de color azul.
—Lo sé. Lo he estado oyendo todo.
—Sé buena y dale una pista.
—Bueno, recuerdo que el político aquél solía tener un abrecartas en su escritorio. No lo usaba porque la correspondencia la abría su secretaria, pero quizá a Milda sí le apetezca servirse de él.
—¡Eso es! —exclamó Milda exultante, recobrando de pronto su color original— Se acercó al político por la espalda, y en lugar de hacerle carantoñas y mimitos, o de deslizarle la mano dentro de la bragueta como esperaba el otro, le clavó el abrecartas en la yugular y la sangre brotó de golpe salpicando las cortinas que habían puesto nuevas esa misma mañana.
—Vaya, vuelves a ser tú misma —suspiró Adolson.
—Gracias, cariño, nos vemos mañana —le dijo Eloy al móvil.
—Ha sido un placer. No olvides contarles lo último.
—Claro. Bueno, la cuarta víctima de la segunda tanda: un empresario del caucho. Fueron a dar una vuelta en su yate, cayó al agua y se lo comieron los tiburones.
—Lo tuvo que haber empujado ella.
—Hizo que cayera con un viraje brusco del timón.
—Mejor haremos que le atice en la cabeza con el remo de uno de los botes salvavidas.
—Me alegra ver que recuperas la inspiración —dijo Adolson con cara de satisfacción—. Tomad un purito. Maldestro, te sigo odiando, pero sólo la mitad que ayer.
—Yo en cambio lo odio el doble que ayer —dijo Milda.
—Lo sé. Pero tú tienes motivos extra laborales en los que nada puedo hacer.
—Podrías despedirlo, por ejemplo.
—¿Y aparecer mañana en bola picada en las portadas de todos los diarios? Ya sé que a ti te da igual, pero yo tengo una reputación que cuidar.
Milda no contestó. Se marchó a volcar en la computadora toda su furia contenida.




9



Cuando a la mañana siguiente Eloy aparcó frente a la mansión, notó que en el aire flotaba algo distinto. Miró a su alrededor y vio que el foso había sido cegado y cubierto con césped inglés. Lo que a él le habían parecido cocodrilos con las fauces abiertas no eran más que flotadores de plástico verde oscuro que ahora permanecían desinflados y apilados en una carretilla. También la pasarela había desaparecido.

—Han debido de trabajar toda la noche —reflexionó en voz alta.

Llamó al portero automático, pero la puerta no se abrió enseguida, como otras veces. Una voz a la que no estaba acostumbrado preguntó:

—¿Qué desea?
—He quedado con la señora, como todas las mañanas.

Al otro lado hubo una pausa. Finalmente la puerta se abrió. Echó en falta al bulldog, y también advirtió que el camino sí estaba señalizado. En la entrada, un mayordomo que no conocía lo escrutaba a distancia.

—La señora me ha dicho que no espera a nadie —aclaró.
—¿Dónde está Bautista, el mayordomo que me recibe todas las mañanas?
—Yo soy el único mayordomo que hay aquí, y me llamo Manuel.
—¿Manuel? No puede ser. ¿Podría hablar con la señora? Ella me conoce de sobra. Estoy escribiendo su biografía.
—Espere aquí un momento, por favor.

Eloy esperó en el recibidor por primera vez desde que entrara allí una semana atrás. Aquella situación se le antojaba de lo más chusca. Sería otra de las ocurrencias de Eleanora: fingir que no lo conocía. De ella podía esperarse cualquier cosa. Qué gran mujer.

Pero no fue Eleanora quien apareció en el recibidor, sino una mujer pelirroja que lo miraba con curiosidad.

—Buenos días. Yo soy Amalia —se presentó, tendiéndole la mano con cortesía—. ¿Dijo usted que venía…?
—A proseguir mis entrevistas con Eleanora. Estoy escribiendo su biografía por cuenta de El Centinela.
—Me temo que debe tratarse de un malentendido. Aquí no hay ninguna Eleanora.
—Puedo asegurarle que llevo acudiendo aquí desde hace una semana.
—Precisamente hemos estado ausentes la última semana. Gustavo, mi marido, tenía que acudir a un congreso y yo lo acompañé. La mansión ha permanecido cerrada durante este tiempo.
—¿Me está diciendo que aquí no ha habido nadie?
—Nadie en absoluto. El servicio se tomó la semana libre.
—¿Entonces con quién he estado hablando yo todo este tiempo?
—Lo ignoro. Pero no ha podido ser aquí, se lo aseguro. Hay varias mansiones similares a la nuestra en las proximidades. Quizá haya estado usted frecuentando otra.
—No. Estoy completamente seguro de que ha sido ésta.
—¿Algún problema, querida? —preguntó un hombre alto y de aspecto saludable que olía a jabón y parecía recién salido de la ducha.
—Gustavo, cariño, te presento al señor…
—Eloy Maldestro.
—Encantado —dijo el hombre, dándole un sólido apretón de manos. Aquella gente tan educada empezaba a ponerle nervioso.
—Dice que ha estado entrevistando durante la última semana a una tal Eleanora que, según afirma, lo recibía aquí mismo.
Gustavo soltó una carcajada.
—Tenemos cámaras de seguridad en todas las habitaciones y Manuel las estuvo revisando esta mañana. Esto ha permanecido más vacío que la tumba de Drácula.
—Pues yo no lo he soñado.
—En ese caso, muéstreme algún material. Imagino que tomaría usted fotos, grabaría algún vídeo, ese tipo de cosas que suelen hacer los reporteros.
—Era una entrevista secreta. Pactamos que no habría nada de eso.
Gustavo soltó otra carcajada.
—Amigo mío, si lo que pretende es vendernos un seguro, creo que podríamos prescindir de toda esta comedia. Déjenos el pliego de condiciones y le daremos la respuesta en unos días.
—No vengo a venderles nada.
—¿Cómo era la mujer con la que usted hablaba? —intervino Amalia.
—Alta, elegante, algo mayor, pero no aparentaba su edad.
—Tuvimos un ama de llaves que responde a esa descripción hace algunos años, pero no se llamaba así. Su nombre era Celia, si no recuerdo mal.
—¿Qué fue de ella?
—Regresó a su país de origen.
—¿Era extranjera?
—Eso nos dijo. Pero no lo parecía. Hablaba nuestro idioma a la perfección.

Eloy empezaba a notarse incómodo. Estaba claro que aquellos dos lo habían tomado por loco, pero era gente educada y no lo daba a entender.

—Está bien. Puede que todo haya sido una confusión. Les pido disculpas por las molestias —dijo, deseando salir de allí a la carrera. Nunca se había sentido tan ridículo.
—No es molestia. Dígale a su agencia que nos haga una propuesta y le prometemos estudiarla —dijo Gustavo, extendiendo la manos en abanico.

Encima recochineo. Eloy se dio la vuelta, pero de pronto recordó algo.
—¿Y el foso? Hasta ayer había un foso.

—Sí, mandamos taparlo. Fue un capricho de una de mis sobrinas. El mes pasado quiso invitar a sus compañeros de colegio a una fiesta medieval y hubo que simular un castillo con foso, puente levadizo y cocodrilos de plástico. Cosas de críos.

Eloy se encogió de hombros. La realidad lo había derrotado.




10



—Matías, necesito hablar con Adolson ahora mismo.
—¿De parte de quién?
—De mí mismo.
—¿Y usted es…?
—Lo sabes de sobra. Cuelga el auricular. No estás hablando por teléfono conmigo. Me tienes delante.
—Tiene razón. Es la costumbre. ¿Cómo me ha dicho que se llama?
—Soy Eloy, Matías. Me ves aquí cada día. No te hagas el bobo. Un hombre desmemoriado sería incapaz de acostarse con la mujer de su jefe, y tú lo has hecho.
—Disiento de eso último. Mi mujer y la del director se parecen mucho. Una confusión la tiene cualquiera.
—Pues te has estado confundiendo durante mes y medio.
—Hay una razón de peso: vivimos puerta con puerta.
—Bonita excusa.
—Y hay otra razón de peso: empezó Adolson. Fue el primero en liarse con mi mujer. La suya y yo no hicimos otra cosa que vengarnos.
—Eso lo cambia todo. Se lo tiene merecido.
—Es lo que pienso yo.
—Ahora dile que si puedo pasar ya.
—Dice que puedes pasar ya.
—Gracias.
—Ha sido un placer. Sienta bien hablar con alguien capaz de entender las cosas. Adolson es un cabronazo.
—Ya lo sé.
—Pero no se lo digas a la cara. Podría soltarte un guantazo con esa mano tan grande que tiene.
—Descuida.
Eloy pasó al despacho de Adolson.
—Hola, cabronazo.
—Hola, cretino. ¿Qué haces aquí a media mañana? ¿Te han dado calabazas?
—Traigo malas noticias. Eleanora se ha esfumado.
—Con un reportero como tú, no me extraña. Cualquiera saldría corriendo.
—Lo digo en serio. Es como si se la hubiera tragado la Tierra.
—Explícate.
—Aún no salgo de mi asombro. Esta mañana acudí a la mansión a la hora convenida y no había rastro de ella, ni de su mayordomo, ni de su madre. Su lugar lo ocupan ahora tres personajes que se suponía muertos y enterrados.
—¿O sea?
—Gustavo, el magnate. Su mujer Amalia y Manuel, el mayordomo que tenían entonces.
—¿Y dices que estaban allí?
—Vivitos y coleando.
—No puede ser.
—Eso mismo pensé yo.
—¿Y qué te dijeron?
—Que habían estado una semana ausentes, y que en la mansión no quedó nadie durante ese tiempo.
—Eso explica algunas cosas.
—Pues ilumíname porque yo ando hecho un lío.
—Está claro: la vieja se ha burlado de nosotros. Y las dos primeras entregas ya están en la imprenta. Saldrá una esta semana y otra la que viene.
—Pues páralas hasta que se aclare todo.
—Eso supondría nuestra ruina.
—Mejor eso que hacer el ridículo.
—Llama a Milda. Hay que ponerla al corriente. Le va a dar un ataque cuando se entere.
—¿Y cómo quieres que la llame, con un silbato? Nunca sé dónde está.
—Yo sí —dijo Adolson, y pulsó el botón del interfono.
La puerta se abrió y entró Milda con cara de malas pulgas.
—¿Qué hace éste aquí? ¿Le ha dado plantón su amada?
—Peor aún. Se ha mandado mudar. Maldestro, repítele lo que me has dicho a mí.

Eloy volvió a relatar la historia. Al concluir, Milda se dejó caer pesadamente en un sofá derrengado que había en un rincón. Los muelles chirriaron, reventaron las costuras y un aluvión de plumas se esparció por el despacho.

—Feliz Navidad —dijo Eloy.
—Felices leches —dijo Milda, empotrada entre dos cojines. Había quedado casi a ras de suelo, con las piernas colgando.
—¿Puedo sacarte una foto? —preguntó Eloy— Este momento es irrepetible.
—Hazlo, y te saco yo a ti el hígado —respondió Milda.
—Ya te dije que no le haría ninguna gracia —afirmó Adolson—. Lo malo es que ahora sufrirá un bloqueo permanente.
—¿Alguien me puede ayudar a salir de aquí?
—Yo no me atrevo, que lo haga Adolson.

Adolson se levantó, tiró de ella y la desencajó. Milda buscó otro sitio donde sentarse, pero la única silla del despacho estaba ocupada y acabó asentando sus posaderas en el cactus. Pegó un bote de medio metro y aterrizó dentro de la pecera gigante.

—Milda, sal de ahí. Esto no estaba previsto —ordenó Adolson, molesto—. No es momento para baños.
—Esta mierda de despacho está lleno de trampas —protestó Milda, secándose con la chaqueta de Adolson. No había visto la toalla.
—Vamos a ver si nos serenamos un poco y analizamos la situación cabalmente —dijo Adolson soltando un bufido y ocupando su asiento. Sacó un puro de la caja, pero estaban todos empapados.
—¡Maldita sea! Maldestro, recórrete la redacción y sablea a todo quisque en busca de algo fumable.
—Por fin recibo una orden razonable —dijo Eloy.
—Y a mí tráeme un té caliente. Me está entrando tiritera.
—Lo que ustedes manden. Ya saben que tienen en mí a un seguro servidor.
—Vete un poquito a la mierda y vuelve pronto —gruñó Adolson.
A su regreso Eloy se los encontró enfrascados en una agria discusión.
—¡No me digas que no verificaste los antecedentes de la vieja!
—¿Acaso me diste tiempo de hacerlo? Estabas tan entusiasmado con la idea de tener en tus manos una exclusiva que pasaste por alto cualquier detalle.
—Recapitulemos. ¿Existía o no una viuda negra?
—¿Y cómo quieres que yo lo sepa? Podría tratarse de una leyenda urbana. Estamos hablando de cosas que ocurrieron hace treinta años.
—Hay que tirar de hemeroteca y ver qué pasó entonces.
—¡Fantástico! Por fin os comportáis casi como periodistas de verdad. Estoy por traeros otro té y otro puro.
—Cállate, Maldestro, y dame eso.
—Eso, cállate y piensa tú también, si eres capaz —graznó Milda—. Que sepas que llevo días planificando cómo acabar contigo.
—Tú eres incapaz de planificar nada si no tienes un punto de arranque, y te has quedado sin él.
—Maldestro, ven aquí y mira esto. Estas se supone que fueron las primeras víctimas de la viuda negra.

Eloy observó la pantalla.

—Son ellos —concluyó tras estudiar los rostros.
—¿Estás seguro?
—Son los mismos que vi esta mañana. El magnate, su mujer y el mayordomo.
—¿Qué aspecto tenían?
—El mismo que el de las fotos. Como si no hubiera pasado el tiempo.
—Esta sí que es buena —suspiró Milda.
—Y tanto, tres muertos que resucitan y que andan por ahí como si nada hubiera ocurrido.
—Un momento —dijo Eloy—. ¿A qué día estamos hoy?
—Veintiocho de marzo, Maldestro. ¿A qué viene esa pregunta?
—El día concuerda, pero el año no.
—¿A qué te refieres?
—A tu calendario de pared.

Los tres se volvieron a mirar. Era un almanaque de hojas sueltas, de esas que se van arrancando a medida que pasan los días. A tenor de eso estaban a veintiocho de marzo de hacía treinta años.

—A mí me va a dar algo —dijo Milda—. Acabamos de caer en un pozo temporal. Y lo que más me jode es que no tengo treinta años menos.
—Calma —dijo Adolson—. Podría tratarse de una broma.
Se asomó al pasillo.
—¿Alguno de vosotros ha tenido la feliz idea de cambiarme el calendario de pared por el de un año diferente?
—¡No, jefe! —respondieron los redactores al unísono.
—Rara unanimidad la vuestra. Os advierto que ese truco para cobrar atrasos no funciona.
Volvió a entrar.
—Adolson, la computadora también marca la misma fecha —dijo Milda llevándose las manos a la cabeza.
—Todo esto es una solemne idiotez. Tiene que haber alguna explicación razonable —aseguró Adolson.
—Hay que parar las rotativas inmediatamente. Estamos a punto de iniciar una serie criminal sobre algo que aún está por ocurrir —dijo Milda.
—Algo que aún está por ocurrir… —repitió Adolson, meditabundo— Si tu teoría de que hemos caído en un pozo temporal fuera cierta, tendríamos una gran ventaja sobre la competencia. Sabemos lo que va a pasar en los próximos treinta años, y ellos no.
—Todo esto no tiene ni pies ni cabeza.
—De ser así, ahora mismo Eleanora tendría… casi los mismos años que yo —caviló Eloy, repentinamente ilusionado— Qué gran mujer. Ha sido capaz de retroceder en el tiempo. Eso significa que es capaz de cualquier cosa.
—Tú estás tonto de remate —le espetó Milda.
—Bueno, ¿qué hacemos? ¿Paramos las rotativas o no? —se desesperó Adolson.
—Decídelo tú. Eres el director.
—No sabemos si lo que vamos a publicar ocurrió ya o aún no, y para colmo no estamos seguros del año en que vivimos. Para volverse locos.
—Pues páralas hasta que se aclare todo. Al final resultará que ha sido una treta de la competencia para hundirnos.
—Está bien. Maldestro, ve por ahí y averigua lo que está pasando. Y no vuelvas hasta que no tengas una respuesta convincente. O hasta que me traigas una caja de puros de marca.




11



Eloy Maldestro sabía muy bien por dónde empezar: por la comisaría. En el departamento de homicidios preguntó por Molineros.

—No hay ningún inspector que se llame así. Pero acaba de incorporarse un agente que tiene ese mismo apellido. A lo mejor es el que busca.

—Me gustaría hablar con él.
—Claro, espere aquí.

Eloy esperó, y al cabo de media hora se le acercó un joven agente que irradiaba energía.

—Vengo de El Centinela. Quería hacerle unas preguntas.
—¿El Centinela? Es la primera vez que oigo hablar de él.
—Oirá hablar muy pronto de nosotros. ¿Sabe algo de un personaje al que conocen popularmente como la viuda negra?
—Por lo que tengo entendido, hizo matar a su marido, un conocido banquero, pero la pillaron. Ahora cumple condena en un psiquiátrico penitenciario.
—Eso significa que en el momento de los hechos estaba casada con un banquero, no con un magnate del petróleo.
—Eso es, la víctima se dedicaba a las finanzas.
—¿Usted siguió el caso?
—No estaba al cargo porque aún no soy inspector, pero participé en él. Hace tiempo que lo dimos por cerrado.
—¿Cómo es ella?
—Si me pregunta por su aspecto, le diré que es una mujer de bandera. No me sorprende que el banquero se hubiera dejado embaucar. En cuanto a su carácter, es una persona fría, muy inteligente, carente de escrúpulos. Logró que le aplicaran el eximente de enajenación mental y por eso no está en una prisión convencional. Tengo la impresión de que considera eso un simple tropiezo. Si estuviera en mis manos, no la perdería de vista. Pero como le digo, ya hubo juicio y el caso está cerrado.
—Muchas gracias. Me ha sido usted muy útil.
—Un placer. Ya sabe dónde estamos.
Eloy salió de allí contento. Ya tenía una pista. Eleonora aún no había conocido a Gustavo y de momento entretenía el tiempo en un psiquiátrico de las afueras, no muy lejos, por cierto, de la residencia de su futura víctima. Se desplazó hasta allí y tuvo suerte: era día de visita.
—Venía a ver a una interna.
—Rellene este impreso y espere en esa sala —le indicó una enfermera tocada con una cofia blanca cruzada por una banda azul metálico.

Esperó. Por el camino se había fijado en que los coches con los que se cruzaba parecían modelos pasados de moda. En comparación, el suyo, a pesar de ser de tercera mano, era casi futurista.
Alguien le nombró por la megafonía y pasó a la sala de visitas. Una Eleonora jovencísima y bastante delgada le esperaba sentada en una mesa, embutida en una especie de pijama color tierra.

—Hola, Maldestro. No has cambiado nada desde la última vez que te vi.
—¿Me reconoces?
—Claro que sí. Habíamos quedado que en la siguiente sesión abordaríamos ese problemilla que parecías tener a partir del minuto 78.
—Tú sí que has cambiado. Eres mucho más joven y estás también muy delgada.
—Es el régimen que siguen aquí. Sólo te dan sopas de ajo.
—¿Eres consciente de estar viviendo en el pasado?
—Por supuesto. ¿Y tú?
—Me encuentro muy confuso. No entiendo cómo ha podido pasar todo esto.
—Lo has hecho tú.
—¿Yo?¿Cómo?
—¿Recuerdas que al despedirnos la última vez te regalé un alfiler de corbata?
—Sí. Lo llevo encima ahora mismo.
—Está hecho de cuarzo rosa. Es un mineral que tiene la propiedad de concentrar la energía. ¿En qué pensabas cuando conducías de regreso a la redacción?
—En que ojalá nos hubiéramos conocido antes y en otras circunstancias.
—Pues lo debiste de pensar muy fuerte, porque mira lo que ha pasado.
—¿Y tú dónde estás realmente, aquí o en el futuro?
—En realidad, el futuro no existe, es una proyección mental nuestra. Vivimos en un presente continuo que puede ser modificado en cualquier momento, como acabas de hacer tú.
—Pero yo sigo teniendo la misma edad. Y también Adolson, y Milda…
—Tu entorno y tú mismo no habéis cambiado. El resto sí. Cuando esta tarde regreses a tu casa, el portátil que está encima de tu mesa seguirá siendo el mismo. Pero el resto de la humanidad va cinco o seis sistemas operativos por detrás. Si haces una búsqueda en Internet, verás lo que ocurre dentro de treinta años, y al mismo tiempo podrás consultar lo que ya ocurrió. La información es oro, como ya te dije, y vosotros ahora jugáis con ventaja. Si lo sabéis aprovechar, iréis siempre un paso por delante.
—¿Y tú qué piensas hacer?
—Seguir con mi proyecto de hacerme rica a cualquier precio.
—¿No te arrepientes de nada?
—Bueno, ahora que lo dices, y dado que yo también juego con ventaja, quizá enmiende algunos pequeños errores que cometeré en el futuro.
—¿Y ahora qué toca?
—Pues verás, te he conducido hasta aquí con la inapreciable ayuda de mi futuro perseguidor para que asistas en directo a una fuga espectacular.
—¿Una fuga? ¿De quién?
—La mía, por supuesto. Justo aquí empieza mi leyenda. Menudo artículo de portada te estoy regalando, ¿eh, sinvergüenza?
—Qué gran mujer, oiga —le dijo Eloy al vigilante que pasaba a su lado.

El vigilante puso cara de no entender ni torta y siguió su ronda.




12



—¡Se ruega a todos los presentes que evacúen ordenadamente la sala! —se escuchó que decía por la megafonía una voz masculina muy alterada.
—Paso uno —dijo Eleanora sin perder la compostura—. Se declara un incendio en la cantina.

Hubo un momento de confusión, pero duró poco: un humo espeso empezaba a filtrarse tras el portón cerrado. La gente se precipitó en avalancha en la dirección opuesta, mezclándose visitantes con presas.

—Paso dos —siguió diciendo Eleanora—. Alguien, oportunamente untado, olvidó cerrar con llave la puerta de comunicación, con lo que ya estamos en la sala de visitas.

El humo llenó por completo la sala. El calor iba en aumento. Todos huían presas del pánico.

—Paso tres —dijo Eleanora sin soltar a Eloy de la mano—. Un alma caritativa ha tenido a bien dejar una bolsa olvidada con una muda completa. Ayúdame a cambiarme.
—¡Se ruega a todas las visitas abandonen inmediatamente las instalaciones! —se escuchó decir a la misma voz alterada.

Eleanora se soltó el pelo y con un diestro movimiento se retocó con un lápiz de labios. Después se caló unas gafas de espejo.

—Paso tres. Como visitas que somos y atendiendo las sabias indicaciones de los guardianes, nos largamos de aquí —. Eleanora tiró de Eloy hasta la puerta de salida.

Salieron al exterior confundidos con una multitud asustada que miraba hacia atrás, contemplando cómo una columna negra se elevaba de lo alto de la penitenciaría. Eloy observó que desde un vehículo negro discretamente aparcado en la calle adyacente, alguien les hacía señas.

—Paso cuatro y último, por ahora: salir zumbado. Eloy, te presento a César, el hacker. No tiene edad para conducir, pero si se trata de fugarse, no hay quien lo atrape.
—Hola —Un adolescente tímido, delgaducho, con espinillas y lentes gruesas le tendió la mano.
—Hola —contestó Eloy, estrechándosela.
—Bien, ahora activemos el plan B, a saber: primero ocultase un tiempo; segundo cambiar de identidad; tercero pasar a la acción.
—¿Dónde tienes pensado esconderte?
—Qué pregunta. En tu casa, mi querido Maldestro. ¿Qué mejor lugar para ocultarse que la casa de un reportero desconocido de un diario que aún no existe?
—Te recuerdo que me han tomado los datos al entrar.
—Para tu información, te diré que en la cantina han usado los formularios de entrada para avivar el fuego.
—Molineros me conoce.
—¿Le dijiste quién eras?
—No. Le dije quién me mandaba.
—Y quien te manda aún no existe, aunque existirá en algún momento. Tú no sufras por eso. ¿No te hace ilusión tener a una asesina en serie en tu propia casa?
—La verdad es que sí.
—Sabía que podía contar contigo.
—En cuanto os deje en mi casa saldré pitando a la redacción. Tengo que contarle todo esto a Adolson antes de que nos pisen la noticia.
—Cuéntale lo que quieras, pero no digas dónde estamos. Ese tipo es capaz de vendernos a cambio de cualquier minucia. Lo tengo calado.
—Y yo.
—Y cuidado con Milda. Advertí en ella una doble moral. Le gusta hacer lo que quiere, pero no que otros hagan lo mismo. Es posesiva por naturaleza y quiere llevar la batuta en todo.
—También me di cuenta de eso.

Aquella tarde Eloy vio su estudio de escasos sesenta metros cuadrados convertido en el cuartel general de una criminal imprevisible y de un adolescente enamorado y saturado de megas. La vida daba extrañas vueltas.




13



En la redacción de El Centinela, Adolson se marcó un twist improvisado sobre la mesa de su despacho.

—¡Por fin! Ya nos veo pasando de semanario cutre a diario de gran tirada.
—¿Pero es cierto lo que dices? —preguntó a Eloy una Milda incrédula, tirándolo de la manga.
—Sí, muchacha. Confirmado: hemos caído en un pozo temporal y la gente a nuestro alrededor está viviendo ahora mismo lo que vivieron treinta años atrás. Y nosotros contamos con la ventaja de que lo sabemos todo.
—¿Cómo ha podido ser eso?
—Misterio. Y ante los misterios no hay que hacer preguntas —contestó Eloy.
—Milda, quítate esa cara de boba y empieza a escribir como una condenada. Esta tarde a primera hora nos estrenamos con una portada de las que hacen época —dijo un Adolson exultante, que ahora ensayaba un foxtrot al lado de la pecera—. Me da igual si estamos en el pasado, en el futuro o jugando en el casino. Esta es la oportunidad que llevábamos esperando desde tiempos inmemoriales. Es decir, justo hace mes y medio, cuando montamos la primera rotativa en un garaje.
—¿Y qué quieres que escriba?
—Lo que acaba de contar Maldestro, sin añadidos de tu parte. Si quieres, adórnalo un poco, pero cíñete a los hechos. Tenemos un testigo directo. Date prisa, quiero ver esas máquinas echando vapor.
—Ya tengo el titular —dijo Milda, que tecleaba en la computadora a un ritmo mareante.
—A ver.

LA VIUDA NEGRA SE FUGA DE PRISIÓN

Eleanora Delicado, más conocida como la ‘viuda negra’ en la jerga popular, acusada de asesinar con alevosía a su marido el banquero Demóstotes Delapiedra, y que cumplía condena en la penitenciaría psiquiátrica local, se ha fugado esta mañana aprovechando el desconcierto causado por un incendio aparentemente fortuito que se declaró en la zona de intendencia. Uno de nuestros reporteros, cuyo nombre nos reservamos porque no viene al caso, fue testigo directo de los hechos y…

¡Espléndido! —clamó Adolson— Pronto, a las rotativas. Vamos a barrer a la competencia de una vez por todas.
—¿Qué foto le ponemos?
—Saca una de Internet de cuando iba al instituto.
—Eso no parece muy actual.
—¿Y qué más da? Lo importante es la primicia. Por fin tenemos una noticia fresca y en exclusiva. Daos prisa, antes de que alguien más se entere.

Y así fue como aquella misma tarde El Centinela pasó de semanario cutre de cotilleos improbables a diario de gran tirada.

La vida da muchas vueltas, que dirían algunos.




14



—Maldestro, consígueme una entrevista con Gustavo. Dile que soy una escritora anónima de biografías.
—¿Yo?
—Claro, trabajas para un reputado medio que acaba de conseguir una exclusiva gracias a mí. ¿No querrás que todo se quede en eso? Hay que pasar a la ofensiva. Por cierto, ¿de qué ánimo andan los tuyos?
—Están exultantes. Adolson cree que con esto conseguirá el Pulitzer. Milda no está tan convencida, se limita a hacer lo que le mandan.
—Ya te dije que es la más peligrosa de todos. Si no fuera por sus bloqueos creativos, sería la nueva Agatha Christie. Sé bueno, coge el teléfono, y llama a ese tipo.
—Pero si ya me conoce. Estuve en su casa preguntando por ti e hice el más espantoso ridículo.
—Dile que fue una treta para iniciar un acercamiento. Lo entenderá. Vive en un mundo donde el engaño es la norma.
—Si tú lo dices…
—Lo digo, lo afirmo y lo rubrico. Coge el teléfono y marca el número de la mansión. Conociendo lo celosa que es su mujer, a estas horas ya estará de vuelta en casa. No querrá darle la opción de un escarceo vespertino fuera del ámbito matrimonial.
—Eres incorregible.
—Tú llama.
—Vale.

Eloy llamó a la mansión. En efecto, Gustavo acababa de llegar. Se puso al teléfono sin dar ninguna excusa, cosa que le sorprendió, y aceptó su propuesta sin poner reparos, cosa que le dejó perplejo. Colgó el aparato, estupefacto.

—Increíble, ha dicho que te espera mañana por la tarde
—Ese tío tiene ganas contenidas. ¿No ves que su mujer lo tiene en un puño? —aseguró Eleanora— Si me conoceré el percal…
—O sea, que te lo piensas ventilar —dijo César, que escuchaba enfurruñado.
—Cariño, no lo tomes en cuenta. Forma parte de mi trabajo. La gente como él tiene un problema con el riego sanguíneo. Toda la sangre se les va hacia abajo y dejan de pensar. Una mujer con celos compulsivos es la mejor garantía de un marido salido. Lo sé por experiencia.
César miró a Eloy, en busca de apoyo moral.
—A mí no me mires. Yo de estas cosas no entiendo —dijo Eloy, encogiéndose de hombros—. Lo mío es recibir hostias.
—Tú vendrás conmigo mañana —dijo Eleanora.
—¿Quién, yo? —preguntó César.
—No, tú te quedarás aquí de apoyo logístico. Puede que necesite información sobre la marcha. Me refiero a Maldestro. Necesito un testigo directo de mis trapisondas.
—¿Y por qué no puedo ser yo?
—Porque tú eres un hacha con los ordenadores y Maldestro, en cambio, sólo sabe tomar apuntes en una servilleta. Es un inútil integral y yo necesito alguien así a mi lado.
—Tú mandas.
—Claro que mando, pero para que veáis que soy una mujer de mi tiempo, lo someteremos democráticamente a votación. Maldestro, ¿cuál es tu candidato?
—Tú.
—¿Y el tuyo, César?
—Tú.
—Yo, en cambio, para no votarme a mí misma, cosa que por otra parte contemplan los estatutos, votaré a Maldestro. Acabo de ser elegida por dos votos contra uno. No se hable más.
—Qué grande es la democracia —dijo Maldestro.
—Y qué pequeño es el mundo. Sólo somos tres —añadió Cesar.
—Si fuéramos más, enseguida surgirían facciones y corrientes internas —aclaró Eleanora—. Y eso no nos conviene en absoluto. Principios básicos y unidad de acción. Esa es la clave.
—Qué gran mujer —susurró Eloy al oído de César.
—Queda constituida la S.L.C.I., Sociedad Limitada del Crimen Improvisado, conmigo como presidenta, César como responsable de soporte técnico y Maldestro como agente externo. Se cierra la sesión. César, averíguame todo acerca del tal Gustavo. Mañana quiero ir preparada. Maldestro, prepara la cena y arregla tu único dormitorio. Esta noche tendremos que dormir todos juntos, y me temo que revueltos, pero es una excelente manera de estrechar lazos y crear espíritu corporativo.




15



—Es un auténtico placer volver a verle, mi querido Eloy —dijo Gustavo, palmeándole efusivamente la espalda—. Que sepa que en ningún momento me tragué su estratagema de hacerse pasar por agente de seguros. A la prensa se la huele a distancia. Si me hubiera dicho desde un primer momento que lo que quería era escribir mi biografía, hubiera accedido encantado, y hubiera accedido más aprisa aún de haber sabido que lo haría semejante mujerón. Haber empezado por ahí, hombre.
—Gustavo, cuidado con lo que dices —advirtió Amalia.
—Lo decía por pura cortesía, mujer, ya sabes.
—Sí. Sé muy bien lo que hay tras tu cortesía.
—Pero pasad a mi despacho, no os quedéis ahí de pie. ¿Queréis beber algo?
—Yo una limonada con absenta —dijo Eleanora, sentándose en el sofá.
—¿Absenta? Eso es lo que bebían los poetas malditos para acabar consigo mismos lo antes posible.
—Lo sé. Lo hago por simpatía.
—¿Quiere acabar consigo misma?
—No exactamente.
—En fin. No tengo lo que me pide. ¿No le serviría otra cosa?
—En ese caso, meta en una coctelera todos los licores más fuertes de los que disponga, agítela y sírvame una porción de lo que resulte, tras agregarle un chorrito de limonada. Sírvase usted otra. Eso desata la lengua de una manera formidable.
—¿Y usted?
—Yo no bebo. A mí tráigame un café cargado.
—Tú bebes porque te lo digo yo.
—En ese caso póngame una ginebra caducada en un vaso sucio.
—Piden ustedes dos unas cosas muy raras.
—El mundo nos ha hecho así —dijo Eleanora fingiendo resignación.
—Habla por ti. Yo ya nací con lo puesto.
—Voy a ver si consigo lo que quieren. No se muevan de aquí. Tengo muchas cosas que contarles.

Gustavo salió, y se quedaron a solas con Amalia que, obstinada y recelosa, los observaba fijamente desde un rincón.

Gustavo volvió, portando él solo dos bandejas. Parecía un camarero recién licenciado en una escuela de hostelería de segundo orden.

—Aquí tienen. Digo yo que, para una entrevista tan personal, quizá seamos demasiados. Cariño, ¿qué tal si le enseñas la casa al señor Maldestro y esta señorita y yo hablamos entre tanto?
—Yo de aquí no me muevo —decretó Amalia.
—Maldestro de aquí no se mueve. Es mi taquígrafo y mi segunda piel —dijo Eleanora con determinación.
—Lo de la segunda piel ha conseguido emocionarme —le susurró Eloy al oído—, pero de taquigrafía sé tanto como de dibujar rombos en el aire.
—Tú calla, y sígueme la corriente.
Eleanora se puso en pie.
—Mi socio y yo pedimos hablar en un aparte. Hay ciertos detalles de la entrevista que tenemos que perfilar.
—Como gusten —dijo un sorprendido Gustavo—. Pueden hablar en la habitación contigua.

Eleanora arrastró a Eloy a la estancia contigua.

—Cambio de planes —le dijo—. Yo a este tío no me lo paso por la piedra ni aunque se me salga la absenta por las orejas. A cada minuto que pasa, más repulsivo me resulta. Es un auténtico depredador. Por una vez, y sin que sirva de precedente, entiendo a su mujer.
—¿Me estás diciendo que tengo que cepillármelo yo?
—¿A ti te atraen los hombres en el plano sexual?
—No, pero si tú me lo pides, sería capaz de enrollarme con una serpiente.
—Ese tipo es un pájaro de cuidado, de la especie depredadora. Su mujer ha debido de coleccionar más cuernos de los que tiene un antílope.
—Casi no te reconozco. Estás cambiando mucho y muy deprisa. Se suponía que eras un ser amoral.
—Esto de ir hacia atrás en el tiempo me tiene trastornada. Tú lo tienes más fácil porque sigues siendo el mismo. Pero yo tengo un cuerpo treinta años más joven y una mente que acumula treinta años de experiencia añadida. Me es completamente imposible volver a cometer los mismos errores, porque ya conozco las consecuencias. Si acaso, podría cometer errores diferentes, de los que nada supiera.
—Te entiendo. ¿Qué hacemos entonces?
—Mi instinto criminal no me abandona, afortunadamente. Hay que matar a ese tipo. Pero hay que matarlo hoy. No tengo ganas de aguantar su plática de gran hombre hecho-a-sí-mismo, cuando lo más probable es que haya medrado pisándole el cuello a un montón de infelices; ni de de escuchar cómo se regodea en sus logros ficticios. Tampoco me seduce ya la idea de venir un día sí y otro también a romperme la cabeza tratando de dilucidar qué puede haber de cierto entre la sarta de embustes que de seguro inventará. Salta a la vista que se ha creado un personaje y le encanta representarlo.
—Fue idea tuya venir aquí —le recordó Eloy.
—Lo sé.
—Y también sabías lo que cabe esperarse de una cosa así. ¿Te traigo algo mientras te tomas un respiro?
—Sí, tráeme mi limonada con absenta.

Eloy pasó al salón.

—Disculpen ustedes. Mi compañera se encuentra momentáneamente indispuesta. Me llevo esto, si no les importa.
—Faltaría más —dijo un Gustavo perplejo. Amalia miraba sin entender nada.
Eloy regresó donde se hallaba Eleanora.
—Toma, a ver si se te aclaran las ideas.
Eleanora se bebió la mitad de un trago y le pasó el vaso.
—Bébete tú el resto.
—Si lo hago podría perder mi ya de por sí escaso sentido común.
—Da igual. Hazlo.
Lo hizo.
—¿Y ahora qué?

Eleanora se había sentado en el poyete de la ventana, la barbilla apoyada en la mano derecha. Su mirada vagaba por el jardín donde una primavera anticipada eclosionaba sin permiso.

—No lo sé. Estoy buscando el sentido de la vida.
—¿Te parece momento y lugar para buscar el sentido de la vida? Esos dos están ahí al lado esperado a que les hagamos una entrevista.
—Que les entreviste su abuela.
—¿Quieres que lo haga yo?
—No. Quiero que hagas otra cosa.
—¿El qué?
—Quiero que mates a ese tipo.
—¿Y nos saltamos sin más a su esposa, al exorcista y al mayordomo?
—Sí. No eran más que daños colaterales evitables. Podemos ir directos al grano. Ahora lo veo claro.
—Vale, dime cómo sugieres que se haga. ¿Le tiro el bloc de notas a la cabeza?
—No. Sería más efectivo un disparo a bocajarro.
—Gran idea. Lo malo es que no dispongo de ningún arma, ¿y tú?
—Tampoco. Reconozco que ha sido un despiste imperdonable, pero es que no entraba en mis planes. Pregunta al mayordomo.
—¿Así, sin más?
—Claro, lo más sencillo suele ser lo más efectivo. Debería sentirse feliz. Lo acabamos de descartar como víctima.
—Voy a preguntar.
Eloy volvió al salón.
—¿Saben ustedes dónde podría encontrar al mayordomo? Necesitamos una aspirina.
—Seguramente se encuentre en la cocina. Es su hora del café —indicó Amalia con un gesto de la cabeza.

Eloy salió en su busca. Lo encontró sorbiendo el contenido de una taza blanca, humeante y diminuta.

—Siento molestarle, Manuel. ¿No tendrá usted eventualmente un arma de fuego? Una pistola, una escopeta, una ametralladora, algo por el estilo. Estamos inmersos en una discusión balística con los dueños de la casa y necesitamos algo para comparar.
—Casualmente me hice el otro día con un revólver de contrabando que me vendieron en las fiestas del pueblo, pero es de una marca blanca. ¿Cree que le servirá?
—Si está cargada, sí.
—Lo está. Creo que lleva nueve balas.
—Estupendo. Si me la presta un momento…
—Con mucho gusto, aquí tiene. Pero no diga a nadie que es de una marca blanca.
—Descuide.

Eloy fue en busca de Eleanora.

—Ya la tengo. ¿Procedemos?
—Procede tú. Yo me hallo inmersa en una crisis existencial.
—¿De verdad quieres que lo mate?
—Sí. Acaba con ese sujeto.
—Que conste que lo hago por amor. Como un hombre que ama a una mujer.
—Hazlo como un hombre que ama a una oruga, pero hazlo. Esto me está enfermando.
—¿No vienes?
—No. Estoy demasiado deprimida.
—Pero cuando suene el disparo entras, ¿no? Yo no voy a saber qué hacer a continuación.
—Tú entra y mata. Después ya se me ocurrirá algo. Dios mío, qué estrés…

Eloy entró en el salón con el revólver en la mano, como si buscara un imperdible extraviado, y se encontró con la mirada aterrada de Gustavo.

—¿Qué hace usted con eso en la mano? —gritó, alarmado.

Eloy los miró a los dos. Los ojos de Gustavo traslucían pánico, y los de Amalia cierta intriga expectante. Eso lo decidió. Apuntó a la cabeza de Gustavo y disparó. Sus sesos se esparcieron por la pared. El ladino de Manuel no le había advertido que se trataba de balas explosivas. Apuntó al corazón y disparó otra vez. Aquello terminó convertido en una amasijo informe de masa sanguinolenta.

—¡Vale, y ahora tocará limpiar! —protestó Amalia— ¡Manuel, ven inmediatamente y recoge toda esta porquería!
Manuel asomó por la puerta.
—¿Por dónde quiere que empiece, señora?
—Por la pared. Es lo que peor ha quedado. Lo demás se puede arreglar.
Eleanora asomó por la puerta.
—¿Qué ha pasado aquí?
—Hice lo que me dijiste, lo maté —dijo Eloy.
—¿Sin preguntarle nada?
—¿Y qué querías que le preguntara, si estaba conforme con morir anticipadamente?
—No, demonios. Pero lo suyo es sacarle primero información. La información es oro, Maldestro, ya te lo dije.
—Pues lamento haber pasado por alto ese detalle. Y ahora no creo que tenga muchas ganas de decirnos nada.
—Manuel, date prisa —dijo Amalia—. Esto ha ido más rápido de lo esperado.
—¿Qué quiere usted decir? —dijo Eloy, asaltado por una sospecha imprecisa.
—Que la celeridad de la que han hecho gala nos ha cogido desprevenidos.
—¿Me está diciendo que contaban con esto?
—Sí.
—O sea, que sabían a lo que veníamos —dijo Eleanora.
—No lo sabíamos, pero lo sospechamos al ver su actitud. Manuel y yo planeábamos hacer lo mismo desde hace mucho tiempo. Les estamos muy agradecidos por habernos ahorrado la parte más desagradable. Ahora, si no es mucha molestia, les rogaría nos ayudaran a meter los restos en un saco. Hay que enterrarlo en el jardín.
—Solicito hablar en un aparte con mi socia —dijo Eloy.
—Concedido —respondió Amalia—. Pero dense prisa. Han precipitado nuestros planes y hay que borrar las huellas de lo sucedido.

Eloy agarró a Eleanora por la manga y la arrastró a la habitación contigua.

—¿Puede saberse qué es todo este enredo? —preguntó irritado.
—Estoy tan sorprendida como tú —respondió Eleanora—. Mi primera intención al implicarte en la muerte de Gustavo era convertirte en mi cómplice a la fuerza, pero no me esperaba que esta gente tuviera los mismos planes que nosotros.
—¿Reconoces entonces que fingías cuando decías que no te sentías capaz de hacerlo tú misma?
—Formaba parte del plan. Necesitaba garantizarme tu fidelidad. Y ya la tengo: estás metido en esto hasta el cuello. Has sido tú quien ha disparado. Lo otro reconozco que me ha sorprendido.
—¿Y ahora qué hacemos?
—De momento, ayudarles a esconder el cadáver. Más tarde pensaré en algo. Aunque lo de enterrarlo en el jardín no es la mejor idea. Se nota que les falta cierta práctica en estos menesteres.
Regresaron al salón.
—Amalia —dijo Eleanora recobrando la autoridad perdida un momento antes—. Nada de enterrar a su ex en el jardín. Eso es de principiantes. Será el primer sitio donde miren. Hay que mandarlo cuanto más lejos, mejor. Y a ser posible, convenientemente disgregado.
—¿Es decir? —preguntó Amalia, levantándose sudorosa y dejando el trapo a un lado.
—Fácil. Esta noche se traslada al finado a la morgue, y se lo coloca como quien no quiere la cosa en la cola de los que van a ser incinerados.

Amalia miró a Manuel.

—¿Tú qué dices?
—Se podría hacer. Es cosa de jugar a la confusión. Aquello es un verdadero desastre. Lo sé porque estuve empleado allí una temporada. No es raro que entreguen a los familiares las cenizas equivocadas. Y cuando por alguna razón las extravían, llenan las urnas con lo primero que encuentran. La gente no nota la diferencia.
—De acuerdo —dijo Amalia—. Vamos a cargarlo en el coche negro, ese tan largo. Dará el pego. Lo meteremos en el sarcófago que le regalaron a Gustavo en Egipto, en esa convención donde se juntó un centenar de arribistas.
—No imaginaba que deseara tanto su muerte —dijo Eleanora.
—Lo entendería mejor si supiera lo que me ha hecho pasar este elemento.
—Maldestro, écheme una mano. Vamos a ver si somos capaces de trasladar el bulto —pidió Manuel.
—Claro —dijo Eloy, sujetando el cadáver por las solapas de la americana. Lo notó demasiado flexible.

Llevaron lo que quedaba de Gustavo al garaje, lo metieron en un sarcófago polvoriento que aún conservaba la etiqueta de fábrica, y de allí lo pasaron a la parte trasera de un coche fúnebre.

—¿De dónde han sacado ustedes un vehículo tan apropiado para la ocasión?
—En mis buenos tiempos ejercí diversos oficios —dijo Manuel—. El más divertido de todos era el de ladrón de coches. Esta fue una de mis últimas adquisiciones antes de pasar a una ocupación menos peligrosa. Nunca lo echaron en falta. Para que se haga una idea del caos que reina ahí. Una vez incineraron tres veces al mismo tipo.  Al final sus restos cabían en una caja de cerillas.
—¿Me permite que le haga una pregunta personal?
—Claro.
—¿Está usted enamorado de Amalia?
—Lo estuve desde el primer día que entré aquí —. Se apoyó en el capó del coche y se pasó una mano por la frente, sumido de pronto en una avalancha de recuerdos—. Enseguida me hice cargo del tipo de relación interesada que se había establecido entre ambos. Gustavo buscaba en Amalia un traje con que vestir su imagen de hombre de éxito, y ella sólo buscaba su dinero. Jamás le quiso. Es de familia humilde y huye de la pobreza como de la peste. Vio su oportunidad de dejar atrás un pasado de miseria, y la aprovechó. Pero el precio que pagó por ello fue la infelicidad.
—Entiendo.
—Nos liamos desde el primer día. Y ahí empezamos a planear lo que acaba de ocurrir. Su intervención providencial nos ha sorprendido gratamente. Para serle sincero, no sé si hubiera tenido finalmente el valor de hacer lo mismo que usted. Qué determinación y que puntería la suya. No ha vacilado ni un momento.
—Bueno, si hay que ponerse, se pone uno…
—Y tanto. Cuando le dejé el revólver, casi me creí lo que usted me decía.
—El problema empieza ahora. A ver cómo les explico a los de la redacción que me he transmutado de reportero en asesino.
—No tiene por qué decirles nada. Invéntese una historia. Usted, además de pulso, no carece de imaginación. Hágales creer que las cosas fueron de otro modo. Vivimos en un mundo de apariencias. Sólo lo que aparece en las pantallas es real. ¿Me permite que le haga una pregunta indiscreta?
—Claro.
—¿Está usted enamorado de la señorita que le acompaña?
—Sí.
—Así que ha matado usted por amor.
—Se podría decir que sí, aunque un tanto embaucado, las cosas como son.
—Eso está bien. Me gusta. Yo estaba a punto de hacer lo mismo. Y sin engaños. Estaba decidido a acabar con él por convencimiento propio.
—Me consuela saberlo. ¿No siente remordimientos?
—¿Por qué habría de sentirlos? Al fin y al cabo lo ha matado usted. Lo mío no pasaba de ser una intención.
—Cierto, ya casi lo había olvidado.



16



—¿Qué buenas nuevas nos traes, Maldestro, muchacho? La tirada de hoy ha sido antológica —dijo un Adolson eufórico— Cuéntanos. ¿Has localizado a la viuda negra?
—No, jefe. Según mis informes, ahora mismo podría haber huido a Brasil.
—Brasil, el paraíso de la samba. Fantástico. ¿Por qué no te vas para allá a investigar?
—Porque sólo se trata de un rumor.
—¿Creíble?
—Hasta cierto punto.
—¿Qué más has averiguado?
—La mujer de Gustavo ha denunciado su desaparición.
—¡Ah, qué pájara! En lugar de matarlo ha decidido fugarse con él. Habíamos infravalorado su capacidad seductora. Así que ahora se están dando la gran vida en alguna playa tropical.
—Puede ser —dijo Eloy, cabizbajo.
—O puede que no —dijo Milda—. Mi instinto me dice que no puede andar muy lejos. Esa mujer no es de viajar.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Eloy.
—Porque sigue el mismo patrón en todo lo que hace. Mata cerca, se esconde cerca.
—No podemos descartar que se haya fugado con el interfecto. Es una experta en adaptar sus planes a cualquier contingencia imprevista —objetó Adolson.
—No. Estoy segura de que lo ha matado. Siempre lo hace. Esta vez ha cambiado el orden. La vez anterior Gustavo fue el tercero en morir. En esta ocasión, a saber por qué, ha empezado por él. Pero seguirá la misma secuencia. Morirán los mismos, en el orden que sea. Y ella anda cerca.
—Maldestro, no te vayas a Brasil —dijo Adolson, dubitativo.
—No tenía intención de hacerlo.
—Investiga en tu entorno. Milda tiene razón. Esa mujer no puede andar muy lejos.
—Lo haré.
—Antes o después intentará ponerse en contacto contigo. Fuiste su confidente en una época. Estabas escribiendo su biografía. Te entrevistaste con ella en la cárcel. Tú eres el cebo. Déjate ver por ahí, ella te buscará.
—Lo que tú digas.
—Cualquier cosa, me tienes informado.
—Cualquier cosa, me tienes informada a mí.
—Cualquier cosa, os tengo informados a los dos solidariamente.

Eloy se fue, dejándolos con sus cábalas.




17



La noche se cernía sobre Tráfali, y las sombras iban borrando las esquinas. Manuel condujo hasta la entrada de la morgue. Iba vestido de chófer de los pies a la cabeza, gorra de plato incluida. Eloy ocupaba el asiento del acompañante. Bajaron y se encaminaron a la recepción.

—Espéreme aquí un momento —dijo Manuel—. Yo tengo que resolver una urgencia fisiológica. Ya sabe, ni una palabra sobre lo ocurrido. Nosotros sólo traemos un difunto para que lo incineren. Luego le indico por dónde hay que entrar
—De acuerdo.

El tiempo pasaba y Manuel no volvía. Cansado de esperar, Eloy decidió tomar la iniciativa y entró en la recepción.

—Traemos un finado reciente —anunció despreocupado.
—¿De qué talla? —preguntó el encargado.
—Diría que entre larga y extra larga. Casi tuvimos que meterlo doblado en el ataúd.
—¿Dónde se lo encontró?
—En su domicilio No era de salir mucho.
—¿Causa de la muerte?
—Probablemente suicidio.
—¿Presenta signos de violencia?
—No parece encontrarse en la mejor forma física precisamente.
—En ese caso habrá que dar parte a Homicidios. Espere aquí.

El encargado agarró el teléfono y llamó a alguien.

—Viene para acá el agente Molineros —le dijo—. Es el único que está de guardia.
Al rato se presentó Molineros.
—Buenas noches —saludó.
—Buenas noches —contestó Eloy.
—¿No nos hemos visto antes?
—Yo diría que sí.
—¿Encontró ya a su viuda negra?
—Aún no, pero estoy en ello.
—Avíseme cuando sepa algo. Bien, ¿qué ha pasado?
—Les hemos traído un coche negro. Dentro del coche hay un ataúd. Y dentro del ataúd alguien que no parecía tener muchas ganas de seguir vivo.
—¿Cuál es su nombre?
—Eloy Maldestro.
—Explíqueme lo ocurrido
—Pues me encontraba yo en la mansión de un tal Gustavo…
—¿Y ese quién es? —preguntó Molineros apuntando algo en su bloc de notas.
—Se supone que un magnate del petróleo, o algo así.
—¿Vive solo?
—No, en compañía de su mujer, una tal Amalia.
—¿Y usted qué hacía ahí?
—Me envió El Centinela para que escribiera su biografía.
—¿La de cuál de los dos?
—La del magnate.
—¿Y lo hizo?
—Estaba tomando notas en el salón, cuando Gustavo, en lugar de coger la copa que tenía delante, prefirió coger un arma y dispararse con ella.
—¿Así por las buenas?
—Así por las buenas.
—¿Estaban ustedes dos solos?
—No. Su mujer estaba delante.
—¿Y dónde está ella ahora?
—Me imagino que llorando su pérdida desconsoladamente.
—¿Qué ocurrió después?
—A continuación lo arrastré hasta el garaje, y con la ayuda de una polea que encontré en un rincón lo icé hasta un cajón de madera apolillado, lo cargué en un coche negro que parecía salido de una película de los años cuarenta y lo traje aquí.
—¿Y todo eso lo hizo usted solo?
—Bueno, me hice acompañar por el mayordomo, que estaba aquí hace un momento. Él se sabe el camino. Yo apenas conozco Tráfali. Además, mi licencia de conducir está a punto de caducar.
—¿Afirma que llegó hasta aquí en compañía de un mayordomo?
—Sí, señor.
—¿Y se llama …?
—Manuel, al parecer.
—¿Y dónde dice que está?
—Creo haberle entendido que iba al baño.
—¿Es eso cierto? —preguntó Molineros al encargado.
—A mí sólo me consta que haya entrado aquí este señor.
—Bien, de momento vamos a echar un vistazo a ese cadáver.

Salieron al exterior, donde se había levantado el relente nocturno.

—Indíqueme dónde está el vehículo.
—Aparcado tras ese árbol.
—Tras ese árbol lo único que hay es una farola, y además está fundida.
—Pues le aseguro que ahí lo dejamos.
—¿Lo dejamos?
—Sí, el otro y yo.
—Pues aquí sólo le veo a usted.
—Quizá le avergüence mostrarse. En el fonde debe de ser un tímido incorregible. ¿Y si probamos a silbar?

En eso surgió un vigilante de la garita de un portal vecino.

—Si lo que buscan es una especie de limusina negra, se la acaba de llevar la grúa.
—Lo que nos faltaba —gruñó Molineros—. Se llevan el cuerpo del delito, suponiendo que haya un delito. Maldestro, tú te vienes conmigo hasta que esto se aclare.

Subieron al coche patrulla. Molineros se puso al volante y Eloy ocupó la parte trasera, separados por una mampara.

—¿Puedo fumar? —preguntó Eloy.
—Haz lo que te dé la gana, pero sólo hasta que lleguemos a comisaría —contestó el otro de mal humor.

Eloy se palpó el bolsillo de la chaqueta en busca del paquete de cigarrillos, pero lo que encontró fue un papel doblado en cuatro.

—¿Podría darme la luz? No encuentro las cerillas.

Molineros encendió la luz trasera. Eloy desdobló el papel con disimulo y lo leyó:

«Querido Maldestro:
Sentimos haberte tomado el pelo de esta manera. Tú no has matado a nadie. La pistola que te entregué contenía balas de fogueo. El que tú creías Gustavo no era más que un figurante contratado para la ocasión. Lo que tú creías sangre no era más que salsa de tomate debidamente distribuida por su cuerpo y lista para expandirse en el momento oportuno. El verdadero Gustavo lleva años oculto en un lugar lejano bajo otra identidad, pero era preciso simular su muerte. A estas horas su mujer ya se habrá reunido con él. Y yo no soy más que un mandado. Lo demás ya lo irás descubriendo tú solo. No te molestes en enseñarle esta carta a nadie. No te servirá de nada. Está escrita con tinta simpática. Cuando acabes de leerla no será más que un papel sucio y arrugado.»

—¡Mierda! —exclamó Maldestro.
—¿Qué mosca te ha picado ahora?
—Nada, hablaba solo.
—Me lo imaginaba. Empiezo a entender lo que te pasa.




18



En la comisaría no emplearon más de una hora en localizar el coche fúnebre. Ellos mismos estaban a cargo del depósito. En su interior encontraron algo parecido a un ataúd, pero sin rastro de cadáver. El propietario del vehículo lo había cedido a un desguace tres años atrás. Allí fue desmontado y vendido por piezas. Imposible seguirle el rastro. La matrícula era falsa y no existía número de bastidor.

—Maldestro, no sé si eres consciente de que si no hay cadáver, lo que me cuentas es difícil de creer —dijo Molineros—. ¿Te reafirmas en todo lo dicho?
—Sí.
—Los agentes que hemos enviado a la mansión nos informan que allí no hay nadie. Ni el magnate, ni su mujer, ni el chófer que dices te llevó al crematorio.
—Es raro, sí.
—Y no nos constan denuncias por desaparición, con lo que muy bien podrían encontrarse de viaje en cualquier punto del planeta.
—Podría ser.
—Aún así tú afirmas haber presenciado el suicido del magnate.
—Yo no sería tan categórico.
—¿Lo viste sí o no?
—Eso pensaba hace un momento.
—¿Y qué te ha hecho cambiar de opinión?
—Un papel que acabo de leer.
—¿Puedo verlo?
—Claro —Eloy le tendió la nota.
—Aquí no pone nada.
—Hasta hace un momento, sí.
—Maldestro.
—Dígame.
—Permíteme manifestar mis dudas sobre tu estabilidad mental.
—Se lo permito.
—A menos que tengas ganas de burlarte de nosotros.
—Nada más lejos de mi intención.
—¿Dónde dijiste que trabajas?
—En la redacción de El Centinela.
—¿Cuál es tu papel allí?
—Soy reportero de sucesos.
—Pues creo que deberían cambiarte de sección. El puesto parece excitar tu imaginación más de la cuenta.
—No crea. Ya hay alguien encargada formalmente de excitarme, aunque con resultados variables.
—¿Qué suceso seguías últimamente?
—Me encargaron que me interesara por el caso de la viuda negra.
—Ajá.
Molineros le miró con atención.
—Si no recuerdo mal, viniste a verme por ese tema.
—En efecto.
—Hace un momento te pregunté si la habías encontrado.
—Así es.
—Y tú me dijiste que no.
—Eso dije.
—¿No sabías que se fugó esta mañana?
—Sí.
—¿Estabas tú allí?
—Sí.
—¿Dónde exactamente?
—Había ido a entrevistarme con ella.
—¿Y lo hiciste?
—Sí
—¿Qué te contó?
—Nada. Dijo que no tenía ganas de remover el pasado.
—¿Y tú que le dijiste?
—Que me parecía una decisión muy respetable. Tiene derecho a preservar su intimidad.
—¿Sabes por qué no te creo?
—¿Por qué?
—Porque ningún reportero de sucesos actúa así.
—No lo sabía.
—¿Qué pasó después?
—Se declaró un incendio de lo más aparatoso. La gente gritaba y buscaba la salida a empellones.
—Ya. Me imagino que ella también buscaría la salida.
—No lo sé. Había mucho humo. La perdí de vista. A lo mejor ha perecido en el incendio.
—No.
—¿No?
—No. Y creo que tú ya lo sabes, habida cuenta que tu periódico ha sido el primero en dar la noticia de la fuga.
—No escribo yo las crónicas.
—Pero informas sobre el terreno.
—Sí, pero no crea que se lo toman todo al pie de la letra.
—Recapitulemos.
—Me parece bien.
—Esta mañana esta señora se fuga y tú, casualmente, te encuentras allí.
—Correcto.
—Y por la tarde te presentas en el crematorio diciendo que traes el cadáver de un tipo que ha tenido la ocurrencia de matarse en tu presencia y la de su señora.
—Así es.
—Pues algo no cuadra.
—No me extraña. Vivimos tiempos convulsos.
—Maldestro, nadie en su sano juicio actuaría como lo has hecho tú. Lo más fácil sería pensar que eres un desequilibrado, en cuyo caso lo único que tendría que hacer sería enviarte a un sanatorio. Pero sospecho que tras toda esta sarta de despropósitos se oculta algo.
—¿Que sería… ?
—Desviar la atención, por ejemplo.
—Es una conclusión bastante lógica. Yo también hubiera llegado a ella si estuviera en su lugar.
—O bien la de tapar a alguien.
—¿A quién?
—Dímelo tú.
—Usted no cree en la hipótesis del suicidio.
—Para eso tendría que examinar el cuerpo, y no veo cuerpo en lado alguno.
—Tal vez lo hayan ocultado.
—O tal vez te lo estés inventando todo.
—Todo es posible.
—A ratos pienso que eres demasiado tonto y a ratos pienso lo contrario.
—Dejémoslo en un empate técnico.
—¿Sería mucho pedir que me explicaras el verdadero motivo de toda esta puesta en escena?
—Verá, yo actúo sobre la marcha, sin pensar demasiado en las consecuencias.
—Esa es la mentalidad del delincuente.
—Tampoco sabía eso. Con usted estoy aprendiendo mucho.
—En cambio tú me estás haciendo perder el tiempo. ¿Por qué no me dices la verdad y así acabamos antes?
—Le he dicho la verdad, en líneas generales.
—Pues en líneas generales, lo que me has dicho no tiene ni pies ni cabeza.
—Es desalentador, lo sé. Me pongo en su lugar y lo paso francamente mal.
—¿Sostienes aún que viste morir al magnate?
—No, ya no.
—Entonces, ¿qué pasó en realidad?
—Nada en absoluto. Ni siquiera conocía su existencia.
—Te aburrías y se te ocurrió que podías tocarnos un rato las narices, ¿verdad?
—Exacto.
—Pues sigo pensando que hay algo detrás de todo esto.
—A veces yo también lo pienso. Si descubre algo no dude en ponerse en contacto conmigo. Ya sabe que las primicias nos vuelven locos.
—Maldestro, no me importaría en absoluto tenerte como huésped en los calabozos un par de días…
—A mi tampoco. Han venido a visitarme unos parientes y se han adueñado de mi apartamento. No sabe usted lo que se siente cuando estás de más en tu propia casa.
—… pero no tengo nada concreto que endilgarte. Cualquier abogado de tres al cuarto alegaría trastorno mental y te sacaría de aquí. Pero ganas de hacerlo no me faltan, así que aprovecha tu suerte y desaparece de mi vista. Pero no olvides que a partir de ahora voy a estar muy pendiente de ti.
—Si insiste en que me vaya, me voy. No voy a contrariarle. Ha sido un auténtico placer conversar con usted. Si me entero de algo por ahí fuera usted será el primero en saberlo.
—Te doy mi permiso para que te vayas a hacer puñetas.
—Una curiosidad. ¿No será usted pariente de Adolson?
—¿Quién es ese sujeto?
—Mi jefe.
—Pues no.
—Es que a veces habla usted igual que él.
—Maldestro: esfúmate.



19



Al abrir la puerta de su apartamento Eloy se encontró a una Eleanora furibunda llenando una maleta a toda prisa.

—Nos largamos —dijo.
—¿Ya os habéis cansado de mi hospitalidad?
—No. Nos hemos cansado de lo tonto que puedes llegar a ser. ¿A qué viene todo el teatro que has montado?
—A que nos han vuelto a engañar y he tenido que improvisar.
—Se suponía que no teníais que decir ni una palabra. Era cuestión de poner el ataúd en la cola del crematorio sin más. Y tú vas y te pones a largar tranquilamente con mi futuro perseguidor.
—Me dejaron una nota. Eso no lo habrá captado tu acostumbrado micrófono.
—¿Qué decía?
—Que todo fue un montaje. Gustavo no era Gustavo y yo no maté a nadie. Querían aparentar su muerte para borrar su rastro. Su mujer ha ido a reunirse con él dondequiera que esté.
—¿Cuándo leíste la nota, antes o después de hablar con el policía?
—Después. Bueno, entre medias.
—¿Lo ves como eres tonto del culo? No había ninguna necesidad de decir nada.
—¿Qué hubieras hecho tú si te dejan sola con un ataúd enfrente del crematorio?
—Desaparecer, así de simple.
—No se me había ocurrido.
—Así te va.
—De alguna manera me sentía responsable.
—Es lo que te pierde. Y ahora andan detrás de ti. Y a través de ti me encontrarán a mí, así que me mudo a un lugar más seguro.
—¿Dónde?
—¿En serio piensas que voy al decírtelo? Acabas de prometer a Molineros que le tendrías al corriente de todo.
—No era más que una promesa electoral. ¿Ya no confías en mí?
—No. César, recoge eso y salgamos pitando de aquí.
—¿Y ahora qué les digo a los de la redacción?
—Nada. Que sigues buscándome.
—¿Qué piensas hacer?
—Seguir con mis planes. Pero lamento no poder hacerte partícipe de ellos. Te has convertido para mí en un peligro ambulante.



20



—¿A qué viene esa cara de funeral? —preguntó Adolson expulsando una densa nube de humo a través de sus potentes fosas nasales—. Cualquiera diría que te ha plantado la novia. ¿Qué nuevas nos traes?
—Ninguna. No hay rastro de Eleanora.
—Maldestro, tú nos ocultas algo.
—Últimamente todo el mundo se empeña en decir lo mismo.
—Esta mañana se presentó aquí un agente, un tal Molineros, interesándose por ti. Tú andas metido en algún lío.
—No.
—Sí.
—Vale, algo hay.
—Pues cuéntamelo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque no sé por dónde empezar.
—Por donde nos habíamos quedado. ¿Qué fue lo que pasó realmente durante tu entrevista con Eleanora? Sé que no nos lo dijiste todo.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque yo soy un mentiroso compulsivo y reconozco fácilmente a quien no lo es. Hay que saber mentir con aplomo y al mismo tiempo que no se te note. A ti te faltan ambas cosas.
—Vaya.
—No te desanimes. Es cuestión de práctica. Tienes que convencerte a ti mismo de que lo que dices es la pura verdad, aunque no lo sea. Engañar a tu propia mente. De esa manera se logra un efecto de un realismo desarmante.
—Creo que ando muy lejos de todo eso.
—Lo sé. Por eso sé bueno y dile a papá todo lo que sabes.

Eloy se dejó caer con desaliento en lo que supuso era la silla pero resultó ser el nuevo cactus de Adolson, con púas renovadas. Pegó un brinco de medio metro y aterrizó en la consabida pecera gigante.

En ese momento entró Milda sin ser llamada.

—¿Qué hace este idiota chapoteando en la pecera? ¿Le estás dando clases de natación?
—Se conoce que le ha cogido querencia al lugar. Maldestro, si lo prefieres, puedes hablar desde allí. Hoy hace bastante calor.
—¿Hablar de qué? ¿Estabais a punto de hablar de algo sin que yo estuviera presente? Os recuerdo que soy el alma de este periódico. Sin mí sois menos que nada.
—Precisamente estaba a punto de llamarte —mintió Adolson— cuando a Maldestro le dio por zambullirse en la pecera. Este chico tiene a veces reacciones inesperadas. Aprovecha que la única silla disponible está libre y toma asiento.

Milda obedeció, pero en su precipitación también se sentó en el cactus, saltó como un muelle comprimido y fue a reunirse con Maldestro en la pecera.

—Voy a tener que plantearme poner una más grande —dijo Adolson pensativo—. Cada día está más concurrida. Si me hacéis hueco me meto yo también. No me vendría mal un chapuzón.

Milda intentó salir de la pecera al mismo tiempo que Eloy y por el mismo lado, con lo cual hicieron que ésta volcara. Una riada de agua y peces diminutos y coloridos se extendió por el despacho.

La puerta se abrió y asomó uno de los redactores.

—¡Jefe, tenemos una primicia! Se acaba de desbordar el río y el agua ha llegado hasta aquí.
—No, tarugo. Han sido estos dos. Ayúdame a meter los peces dentro.
—Sí, jefe. ¿Qué intentaban hacer ustedes, reproducir una playa tropical?
—No. Apostamos a ver cuál de los dos se ahogaba primero y han perdido a la vez. Maldestro, eso con lo que te estás secando no es una toalla, son mis calzoncillos sucios.
Cuando los ánimos se sosegaron y los peces retornaron a su lugar de origen, Adolson les invitó a tomar asiento, pero esta vez prestando mucha atención a dónde lo hacían.
—Bueno, Maldestro, desembucha. Somos todo oídos.

Eloy les contó su encuentro con Eleanora, su posterior fuga y lo que había ocurrido en la mansión de Gustavo. Terminó su relato con la falsa confesión a Molineros.

—Ahora entiendo la visita de esta mañana —afirmó Adolson—. Maldestro, eres único para meterte tu solito en jaleos de toda índole.
—Tuve que salir del paso como pude —se defendió Eloy.
—Tienes menos cerebro que una abeja almidonada —aseguró Milda.
—Para vosotros es fácil hablar, pero el que recibe los palos soy yo.
—Te contratamos básicamente con esa finalidad —terció Adolson.
—¿Y ahora qué demonios hacemos? —preguntó Milda— Se nos ha escapado la presa.
—Yo no diría eso —aclaró Eloy—. A quien se le ha escapado es a Eleanora. Nos han tomado el pelo a todos, pero a ella más que a nadie.
—Tienes razón —dijo Adolson—. Tú que la conoces mejor que nosotros, ¿cómo crees que va a reaccionar ahora?
—De momento se ha quitado de en medio porque teme ser descubierta, pero me dijo que tenía intención de seguir adelante con sus planes.
—¿Y cuáles serían esos planes?
—Mucho me temo que va a intentar localizar a Gustavo. No es mujer que renuncie a sus propósitos sin más. Se sentirá estafada y querrá vengarse. Ha probado su propia medicina y le ha debido de saber más bien amarga. No quisiera estar en el pellejo de esos tres.
—¿Te refieres al magnate, su mujer y el mayordomo?
—Precisamente.
—O sea, que según tú, va a ir tras ellos.
—Estoy convencido de que lo hará.
—En ese caso lo que deberíamos hacer nosotros es encontrar al magnate.
—Si damos con él, Eleanora aparecerá en escena, no me cabe duda.
—Yo quiero estar presente cuando se los cargue —apremió Milda—. Eso me servirá de inspiración para el resto de mi carrera periodística.
—¿Y dónde puede ocultarse un hombre con los recursos con los que contará Gustavo? Las posibilidades son casi infinitas.
—No tantas —dijo Eloy—. Podríamos realizar una pequeña indagación en Internet. Acordaos de que les llevamos treinta años de ventaja.
—Cierto —convino Adolson—. Vamos a ver qué escupe ese aparato.

Durante las siguientes dos horas se ocuparon en recopilar información sobre las empresas del magnate y su localización geográfica. Eran tantas y tan variadas que acabaron tirando la toalla.

—Esto parece un jeroglífico —se quejó Milda—. Si atendemos a todo esto podría estar en cualquier parta y en ninguna.
—Eleanora mencionó una vez una empresa mediante la que lavaban dinero negro y que parecía ser el epicentro de toda la trama. Tal vez se oculte ahí —sugirió Eloy.
—No veo a un hombre de su posición ocultándose en semejante antro —replicó Milda—. Se habrá fugado al extranjero, y a estas horas su mujer ya se habrá reunido con él.
—Puede que sí, o puede que no.
—¿Qué quieres decir?
—Probemos a pensar al revés —propuso Eloy—. ¿Dónde crees que no lo buscarían?
—No lo sé.
—Pues probablemente donde ya han buscado. Es decir en su propia mansión.
—Estará vigilada.
—No lo creo en absoluto. La policía no busca a Gustavo, busca a Eleanora. Y a mí no me han tomado en serio. Piensan que estoy loco.
—Y lo estás. No te quepa la menor duda —dijo Milda.
—Gracias. El caso es que no creo que los hayan relacionado aún.
—Pero a ti sí te relacionan con Eleanora.
—Ya lo sé. Y seguramente me sigan a partir de ahora. Pero no buscarán donde nosotros sí lo haremos.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Está claro: ellos no saben lo que va a suceder y nosotros sí.
—¿Cuál es tu propuesta?
—Que hagamos una visita discreta a la mansión de nuestros amores.
—De acuerdo —convino Adolson—. Pero Milda irá contigo y se pegará a ti como una lapa para evitar eventuales estropicios por tu parte. Yo os acompañaría de buena gana, pero debo preservar mi integridad física por el bien de la ciencia informativa.



21



La mansión se hallaba envuelta en un manto de silencio, como si llevara décadas abandonada a su suerte. Sólo se escuchaba el sonido de las chicharras en la quietud del mediodía.

Milda y Eloy descendieron del vehículo y permanecieron por unos instantes indecisos, contemplando cómo las copas de los árboles se mecían empujadas por una leve brisa que les traía aromas vegetales. En algún lugar chirriaba un columpio oxidado.

—Aquí no parece haber un alma.

Pulsaron el timbre colocado a un costado de la cancela de entrada. No hubo respuesta.

—Han debido de desconectar la corriente.
—Vamos a rodear el edificio —propuso Eloy—. Puede que alguna ventana esté mal cerrada.

Dieron la vuelta a la mansión y descubrieron que había una parte sin vallar, justo la que daba a la parte posterior. Eloy tanteó una de las ventanas y algo se movió.

—Está suelta. Si empujamos con un palo se abrirá lo suficiente como para que podamos pasar a través de ella.

Milda le alcanzó un trozo de tabla y la ventana se deslizó con sorprendente facilidad. Eloy se agarró a un saliente, tomó impulso y se coló dentro. Terminó de abrir la ventana y se asomó para ayudar a Milda a trepar. Cuando ya se encontraban en el interior se miraron un momento.

—No sé si eres consciente de que esto es allanamiento de morada —dijo Milda.
—¿Te acabas de dar cuenta ahora mismo?
—No. Llevaba rato pensándolo.
—Yo también, pero si no arriesgamos no averiguaremos nada.
—Vale.
—Es la primera vez que te veo tan asertiva.
—Es que estoy muerta de miedo.
—No te preocupes. Lo peor que nos puede pasar es que acabemos durmiendo en un calabozo.
—Eso me tranquiliza del todo.

Avanzaron con tiento abriendo las puertas de las habitaciones que salían a su paso. No se escuchaba un ruido.

—Este debe ser el dormitorio de Amalia.

La puerta estaba entrecerrada. Eloy la empujó despacio, asomó la cabeza y dio un respingo.

—¿Qué pasa?
—Hay alguien tendido en la cama.

Milda se asomó.

—Es una mujer. ¿La reconoces?
—Sí. Es Amalia, la mujer del magnate.
—¿Está muerta?
—Eso parece. No entres ahí ni toques nada. Vamos a ver si hay alguien más por ahí.

En el otro extremo del pasillo había otra puerta entreabierta. Tras ella, tendido en una cama más pequeña, yacía Manuel.

—Y van dos. Creo que hemos llegado tarde. Si no me equivoco, bajando esos escalones se llega al salón.

Al acercarse vieron que las cortinas estaban echadas y la lámpara de araña permanecía encendida. Sentada en el sofá, Eleanora fumaba un cigarrillo tranquilamente. A su lado tenía a César, con su eterno aire despistado, y enfrente, muy rígido, Gustavo parecía ausente.

—Llevo rato esperándote, Maldestro. Si hubieras llamado al timbre habría salido a abrirte personalmente.
—Habéis desconectado el cable.
—Ah sí, lo olvidaba. No queríamos visitas inoportunas. Veo que has venido acompañado. Excelente. Os necesitamos a los dos.
—A lo que parece no has perdido el tiempo.
—¿Te refieres a los dos de arriba? No sufras por ellos. No están muertos, como seguro piensas. Les he suministrado un narcótico que les permitirá dormir plácidamente hasta mañana.
—¿Y ese de ahí? —señaló a Gustavo— ¿Está de acuerdo?
—Oh sí. Está completamente de acuerdo en todo cuanto haga. Lo tengo hipnotizado. Es una de mis habilidades, no sé si te lo llegué a contar.
—No, pero da lo mismo. ¿Qué piensas hacer con él?
—Casarnos. Lo amo con locura. Y él a mí. ¿A que sí amorcito?
—Por supuesto —contestó Gustavo con voz impersonal.
—¿Lo ves? Me da la razón en todo.
—Pues lo amarás desde hace media hora, calculo.
—Exacto. Ha sido un amor sobrevenido y plenamente compartido.
—¿Y qué hay de su actual mujer?
—Está de acuerdo en divorciarse.
—¿Se lo has preguntado?
—Iba a hacerlo, pero se quedó dormida. Y quien duerme, otorga.
—No entiendo qué te propones hacer.
—Precisamente os estábamos esperando para ir a los juzgados. Seréis nuestros testigos.
—Eleanora, yo…
—No me llames así. Ahora soy Ludmila Lucientes, rica heredera en ciernes. ¿Te gusta la peluca que me he puesto? También me he aplicado algunos retoques faciales para salir guapa en mi nueva foto. Documentos nuevos, vida nueva.
—Para llevar a cabo tu propósito, creo que vas a necesitar del concurso de Amalia.
—Querido, he pensado en todo. Antes de irse a dormir tuvo la cortesía de firmarme poderes notariales. Comprenderás que, hipnotizada o no, no me fiara mucho de ella. Una mujer celosa puede ser imprevisible. Y ahora vámonos. César, tú te quedas aquí cuidando que nada perturbe el sueño de nuestros anfitriones.



22



Al juez Bonilla era la primera vez que se le presentaba un caso así. Años después, cuando escribió sus memorias relatando su prolija experiencia en los tribunales, se referiría a éste como un ‘divorcio en diferido’, donde una de las partes actuaba representada por otra persona, dándose la circunstancia que esa otra persona, a renglón seguido, contraía matrimonio con la recién divorciada.

—¿Cuál es el motivo del divorcio? —preguntó por pura formalidad.
—Incompatibilidad de caracteres e infidelidad contumaz —contestó Eleanora, ahora Ludmila.
—¿Es usted la interesada?
—Estoy muy interesada, pero hablo en nombre y representación de la infeliz que se casó con este sujeto.
—¿Y el sujeto está conforme?
—Lo estoy —contestó Gustavo mirando al frente y tras recibir un oportuno codazo por parte de Eleanora.
—¿Qué hay de la separación de bienes? —preguntó Bonilla.
—Mi representada renuncia a todo a favor del aquí presente.
—Caray, cuánta generosidad —se sorprendió el juez.
—Cualquier cosa con tal de no volver a verle el careto.
—¿Perdón?
—Quiero decir que mi representada antepone su tranquilidad personal a cualquier otro tipo de consideración.
—En ese caso no se hable más. Firmen aquí y quedará disuelto el matrimonio. Yo me voy a almorzar.
—Un momento, señor juez. Ahora quisiéramos casarnos.
—¿Así, de repente?
—Sí, ha sido un flechazo repentino.
—Pero si hace un momento ha calificado usted de ‘sujeto’ al aquí presente.
—Eso lo decía parafraseando a mi representada, es decir, su ex. No expresaba mi opinión personal sino la de ella. Yo por mi parte, lo amaba ya desde que Nixon asumió la presidencia.
—Pero si usted ni siquiera había nacido…
—Pues fíjese si hace tiempo.
—En fin, cosas más raras he visto. No, rectifico: nunca había visto nada tan raro.
—Y lo que le queda… no me haga caso, vamos, que empiece usted por casarnos.
—Si es ese el deseo de ambos…
—Lo es. ¿A que sí, amorcito?
—Sí, claro —contestó un Gustavo que parecía hablar desde otra dimensión.
—Bien, esta vez, ¿habrá o no separación de bienes?
—La habrá. El aquí presente me nombra titular de todos sus bienes quedando yo como propietaria y única administradora.
—Un momento, no tan deprisa. Para eso se precisa de un acta notarial. Antes deben de acudir a un notario.
—No se preocupe, lo llevamos puesto. Maldestro, abre la maleta.

Maldestro abrió una maleta de cartón del periodo de entreguerras y salió de ella un hombrecillo con bombín.

—Doy fe —dijo.
—¿Y este quién es y qué hace en esta sala? —preguntó Bonilla perplejo.
—Es Romualdo, el notario. Como ve es bastante manejable. Se pliega con facilidad.
—¿Un notario plegable? Lo que me faltaba por ver. ¿Y de qué dice que da fe?
—De lo que sea con tal de irme —dijo el notario.
—¿Has traído el pliego de condiciones? —preguntó Eleanora— Muéstraselas al señor juez para que vea que está todo conforme.

Bonilla suspiró y recogió el manojo de papeles que le tendía el notario. Se ajustó los anteojos y pasó las páginas con rapidez.

—Está bien. Veo que no me queda otra que casarlos. Aunque todo esto me huele a chamusquina. Rellenen estos impresos y firmen. Luego se los pasan a los testigos, que supongo serán estos dos, y que firmen también.

Eleanora cumplimentó los datos con singular presteza, como si llevara toda la vida haciendo eso, y firmó. Se los pasó a Gustavo y éste firmó. Después firmó Eloy sin mucho convencimiento y por último lo hizo Milda poniendo cara de asco.

—Bien. Por el poder que me otorga la ciudad de Tráfali les declaro marido y mujer.
—Doy fe —dijo el notario.
—No hace falta —replicó el juez—. Para eso estoy yo. Y ahora, si me lo permiten, me voy a almorzar. Necesito digerir todo esto.
—Un momento, señor juez —interrumpió Eleanora.
—¿Qué pasa ahora? ¿Alguien más se quiere casar?
—No exactamente. Ahora quisiéramos divorciarnos. De mutuo acuerdo.
—Ustedes me toman el pelo.
—Se lo decimos con toda seriedad. Mientras rellenaba los impresos han surgido entre nosotros diferencias insoslayables.
—Pues yo no he notado nada.
—Eso es porque estaba usted muy entretenido mirando las piernas de la testigo.

Bonilla se ruborizó.

—Es cierto —corroboró Milda—. Desde que entramos no me ha quitado el ojo de encima. Y he de decirle que con esa horrenda toga no me parece usted nada sexy.

Bonilla se ruborizó aún más.

—Doy fe —dijo el notario—. Yo también me di cuenta.
—Y yo —dijo Gustavo desde el más allá.
—Hasta yo lo vi —dijo Eloy—. Y eso que andaba en Babia, para variar.
—¿Cómo pretende ligar presentándose aquí sin afeitar y con la toga llena de lamparones? —apostilló Milda.
—Por no hablar del olor que desprende —se ensañó Eloy—. Hasta aquí me llega un tufillo a legajo mohoso. Su señoría debe de tener problemas con el agua caliente.
—¿Está usted casado? —apuntaló Eleanora—. De ser así compadezco a su señora. Me imagino que dormirán en camas separadas, a no ser que use máscara antigás.
—¡Bueno ya está bien! —saltó Bonilla—. Si todo esto lo hacen para que les divorcie, les divorcio y santas pascuas. Por mí como si se escuernan por ahí.
—Eso es hablar con sensatez. Cuando se acaba la química entre dos personas lo mejor que pueden hacer es separarse —sentenció Eloy—. Sobre todo tras un periodo tan breve.
—Desde luego. Llevo cinco minutos casada y ya he aprendido a detestarlo —dijo Eleanora—. Como me llamo Ludmila que no vuelvo a tropezar en la misma piedra.
—Yo también te quiero —contestó Gustavo hablándole a la pared.
—No hace falta que me insistan en lo mucho que se amaban antes y lo mucho que se odian ahora. Llevo escuchando lo mismo veinte años. ¿Va a haber separación de bienes esta vez? —preguntó Bonilla irritado.
—¿Y por qué ha de haberla si está todo a mi nombre?
—¿No le cede nada a su actual marido y futuro ex?
—No. Es un bala perdida. Se lo fundiría todo en el casino.
—En ese caso vuelva a rellenar estos impresos. Lo firma usted y que lo firme también el bala perdida renunciando expresamente a cualquier reclamación posterior. Los testigos no hace falta que firmen nada.
—Eso me gusta —aseguró Eleanora sin dejar de escribir—. Toma, Gustavo, ex amorcito, firma aquí.
Gustavo firmó sin mirar el papel.
—Y ahora, si me lo permiten y no tienen nada más que reprocharme, me voy a almorzar.
—Faltaría más, señoría. Ha sido usted extraordinariamente comprensivo —dijo Eleanora.
—Doy fe —dijo el notario, y se metió otra vez en la maleta.



23



Regresaron todos a la mansión en el coche de Milda. Amalia y Manuel seguían dormidos mientras César se distraía intentando hackear los servidores del Pentágono.

Eleanora fue directa a la cocina y regresó portando un vaso lleno de un líquido verdoso.

—Gustavo, cariño, tómate esto, te ayudará a dormir como un angelito. Es tu hora de irte a la cama.

Gustavo obedeció como un autómata. Se bebió el contenido del vaso y subió a su dormitorio.

—Con estos tres fuera de juego provisionalmente ha llegado el momento de borrar las huellas y levantar el campamento —anunció Eleanora.
—¿Piensas dejarlos vivos? —preguntó Milda con un deje de decepción en la voz.
—¿Y de qué me servirían muertos? Haber retrocedido treinta años me ayuda a no cometer errores. Los he desplumado limpiamente, sin derramar una gota. Mañana se despertarán convencidos de que todo sigue igual cuando son ya pobres como ratas.
—¿Y ahora qué toca? —quiso saber Eloy.
—Déjame pensar. Si no recuerdo mal, a partir de este momento me dediqué a hundir alegremente a la competencia. Creo que os voy a seguir necesitando. Maldestro, conciértame una entrevista con Adolson. Adviértele que no emplee conmigo el truco del cactus y la pecera. Podría no sentarme bien y a lo mejor hago que se trague el puro.
—Cuenta con ello.



24



—Bienvenida a nuestra humilde morada —saludó un Adolson zalamero haciéndose a un lado para dejar pasar a Eleanora—. Pero permítame, ¿no es un poco imprudente por su parte venir aquí personalmente? Podríamos habernos encontrado en un lugar más seguro.
—Este sitio es tan bueno como otro cualquiera.
—Lo digo porque podrían seguirla.
—No me sorprende. Tengo muchos admiradores.
—Y algunos no muy recomendables.
—Usted no se preocupe. Sé manejarme bien.
—De acuerdo. ¿En qué puedo servirla?
—De momento sírvame una limonada con absenta.
—¿Absenta? No sé ni lo que es eso. ¡Maldestro!

Eloy asomó por la puerta.

—¿Mande?
—¿Sabes lo que es la absenta?
—La bebida con la que se castigaban los poetas malditos.
—¿Es usted poetisa?
—Ni por asomo.
—¿Entonces por qué bebe eso tan raro?
—Por fastidiar.
—Entiendo. Pero aquí no tenemos de eso.
—En ese caso haga el favor de enviar a Maldestro, aquí presente, al bar de la esquina a por una botella de orujo. Es lo más parecido que hay.
—De eso nada. Yo soy reportero, no el chico de los recados. Que vaya Matías.
—Maldestro, ya estás haciendo lo que te dice o te mando hasta allí de una patada en el culo.
—Eleanora, ¿eres consciente de cómo se pisotean mis derechos laborales?
—Maldestro, ya te he dicho que ahora, de cara a la galería, soy Ludmila Lucientes, novísima rica heredera.
—Está bien. Ahora vuelvo. ¿El señor quiere que le suba un purito?
—Pues ahora que lo dices, sí, no estaría mal.

Eloy se marchó y Adolson miró a Eleanora dibujando en su rostro la sonrisa más boba de la que era capaz.

—Bueno, ¿y qué le trae por aquí?
—Negocios. Quiero comprar El Centinela.

Adolson se atragantó con el humo.

—¿Así, enterito?
—Así, enterito.
—¿No se conformaría con una participación?
—No. Lo quiero todo. Y quiero controlar también la línea editorial.
—¿Puedo preguntar qué se propone con ello?
—Servirme de su medio de comunicación para lograr mis fines, obviamente.
—¿Qué fines?
—Para empezar, hundir a las empresas competidoras del ex magnate Gustavo.
—¿Con qué objeto?
—Pura diversión.
—Eso no me parece creíble.
—¿Por qué no? Yo uso el dinero para divertirme.
—Suena un poco raro.
—Piense un poco, Adolson. Hay por ahí gente cuya única finalidad en la vida es acumular dinero. ¿Por qué lo hacen? ¿Por ambición, por codicia? Tal vez. Pero sobre todo lo hacen porque son jugadores.
—Visto así tiene su lógica.
—Claro que la tiene. Ustedes se dedican a destapar escándalos, ¿no?
—Mayormente.
—Eso me interesa. Necesito un medio para hundir reputaciones. Maldestro me ha dicho que ustedes carecen de la menor ética profesional.
—Ese elemento y yo vamos a tener unas palabritas…
—No se enoje. No lo digo como crítica. Eso es precisamente lo que busco. También me ha dicho otra cosa.
—Ya veo que no sabe tener la lengua quieta.
—Digamos que tenemos cierta amistad y nos hacemos confidencias mutuas, aunque le reproche a menudo lo torpe que puede llegar a ser.
—¿Y qué le ha contado ese inútil?
—Según parece, sus ordenadores son capaces de reflejar lo que ocurrirá en los próximos treinta años.
—Algo así.
—Eso es una mina de oro.
—Hasta ahora no nos ha servido de gran cosa.
—Porque habéis equivocado el objetivo. Os habéis centrado en perseguirme a mí. Y yo soy imprevisible.
—Ya nos hemos dado cuenta.
—Tenéis que aprender a ser más ambiciosos. Como dice mi admirado César, la información es poder.
—¿Quién es el susodicho?
—Mi hacker personal y enamorado permanente.
—Empiezo a entender muchas cosas.
—Ya era hora.

Eloy entró con una botella en una mano y una caja de puros en la otra.

—¿Se les ofrece alguna cosita más a los señores mandamases? Ya saben que en mi condición proletaria no me es lícito protestar.
—Maldestro, quédate —dijo Eleanora—. Estamos a punto de cerrar el trato.
—¡Eh, un momento! Yo aún no he dicho nada —protestó Adolson.
—¿Pero a que lo vas a decir ya mismo?
Adolson carraspeó, tosió, se rascó la nariz, se alisó el pelo con la mano, y dejó de hacerlo cuando recordó que era calvo.
—Vale, usted gana. Supongo que no tenemos alternativa.
—Claro que no tenéis alternativa. Ni rumbo. Contáis con una gran ventaja frente a la competencia y no sabéis cómo aprovecharla. Pero esto cambiará a partir de ahora. Vedme como alguien providencial que viene a sacaros del agujero.

Y así fue como Eleanora, como quien no quiere la cosa, se hizo con las riendas de El Centinela.



25



Cuando Gustavo y Amalia despertaron a la mañana siguiente se encontraron con que habían pasado de propietarios de una mansión a inquilinos indeseados a los que venían a desalojar. También descubrieron que no tenían un centavo.

Eleanora, ahora Ludmila, se había presentado con absoluto descaro acompañada de una pareja de guardias para pedirles que se fueran. Uno de ellos era Molineros, que cada vez entendía menos lo que pasaba. Nunca había visto a Eleanora en persona, y con los retoques a los que se había sometido, su fisonomía la hacía irreconocible a ojos profanos.

—Eleanora —le había advertido Maldestro el día anterior—, ¿no crees que estás llevando las cosas demasiado lejos? No creo que la mejor manera de ocultarse sea exponerse de ese modo.
—Mi querido Maldestro —le respondió—. Tienes que aprender a poner en práctica lo que yo llamo el pensamiento inverso. La inmensa mayoría de la gente piensa al revés sin darse cuenta, por eso el mundo va como va. Y tú lo que tienes que hacer es pensar justo al revés que ellos. ¿Cuál es el mejor sitio para esconderse? Pues a la vista de todo el mundo. La gente rara vez es capaz de ver lo que tiene delante. Siempre busca en otro lado.
—¿Y qué vas a hacer con esos tres? ¿Los vas a echar de su casa sin más? Ya sé que se lo merecen, pero me parece un poco fuerte.
—Hay algo que no te dije. La droga que les di era un narcótico, pero iba mezclada con otra sustancia algo peculiar. Lo lamento por ellos, pero han perdido la memoria y ya no saben quiénes son. Con el tiempo puede que recuperen algo, pero serán retazos inconexos que se verán incapaces de asociar con nada concreto. De lo único que van a ser capaces es de obedecer órdenes.
—¿Los has convertido en zombies? Eleanora, eso es cruel por tu parte.
—No hice otra cosa que darles su merecido. Nadie se ríe de mí impunemente.
—¿Y ahora qué harás? ¿Los dejarás en la calle?
—No. Seré magnánima. Les permitiré seguir viviendo allí, pero pasarán a formar parte del servicio doméstico. Manuel ya lo estaba, así que no notará mucha diferencia.
—No dejas de sorprenderme.
—Es lo que yo llamo justicia poética.

Molineros volvió a la comisaría esa mañana con la extraña sensación de que el mundo andaba cabeza abajo. Le habían mandado a ejecutar un desalojo y en lugar de eso asistió a la reconversión de tres okupas en empleados domésticos con nómina y vacaciones pagadas. Y todo ello por obra y gracia de una extraña mujer que le recordaba vagamente a alguien pero no sabría decir a quién. Y en la mansión donde días atrás un tipo se había suicidado primero sí y luego no.



Epílogo



Por aquellos días El Centinela experimentó algunos cambios. Abandonaron las instalaciones cochambrosas que habían ocupado hasta entonces y se trasladaron a un edificio moderno en la parte nueva de la ciudad, conforme al gusto de Eleanora, ahora Ludmila, propietaria y única accionista.

César fue designado responsable del departamento informático, compuesto por un único miembro: él mismo. Milda fue nombrada subdirectora y Maldestro pasó a ser redactor jefe, cargo que le venía grande pero que no pudo rechazar, so pena de perder los favores de su benefactora.

Adolson, saturado por el exceso de novedades y sobre todo, incapaz de soportar que alguien mandara más que él, presentó su dimisión al poco tiempo. Con lo que le dieron de liquidación montó un estanco, el sueño de su vida, y el único periódico que volvió a ojear a partir de entonces fue el diario deportivo local.

Su lugar fue ocupado por Eleanora, ahora Ludmila, quien descubrió que dirigir un periódico colmaba sus ansias homicidas, dado que le permitía despedazar a sus enemigos sin sufrir excesivas consecuencias penales, más allá de alguna que otra querella que su cuantiosa fortuna le permitía afrontar sin mayores agobios.

Molineros pidió la baja en el cuerpo, alienado tras meses intentando entender infructuosamente lo ocurrido, y se unió a una asociación espiritista.

De la viuda negra no volvió a hablarse más. El Centinela se encargaba de fabricar escándalos un día sí y otro también, de manera que la opinión pública y los tertulianos no daban abasto con tanto material nuevo.

Una mañana, mientras cruzaban datos, los jueces descubrieron que se habían equivocado en el cómputo de días y que la viuda negra había pasado en prisión más tiempo del debido, y para no tener que reconocer públicamente su error y de paso ahorrarse la indemnización, concluyeron que había hecho bien en escaparse. Dieron la orden de no buscarla más, y en caso de que algún agente de la autoridad se topara con ella por casualidad, disimulase y se limitara a preguntarle la hora.

ⒸLucas Claudín


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