Chistes

El genio de la lata



Esto es un chico que va caminando por la calle, ensimismado, con las manos en los bolsillos, y para entretenerse le da una patada a una lata de refresco. De repente sale de ella un genio y le dice:
—Ya era hora. Llevo toda una eternidad encerrado aquí. Como muestra de agradecimiento por haberme liberado te concedo un deseo.
—¿No suelen ser tres?
—Eso era antes. Ahora, con los recortes, se ha quedado en uno. Así que pídeme un deseo. Pero que sea facilito.
El chico se queda pensativo.
—Bueno, pues como yo vivo en España y mi novia en Estados Unidos, constrúyeme una autopista que vaya de aquí hasta allí, con dos carriles, uno de ida y otro de vuelta. Así podré ir a visitarla con más frecuencia.
El genio se le queda mirando con cara de muy mala hostia.
—Mira, niño. Eso que me pides es imposible. Haría falta crear pilares en el fondo del mar. Habría que contratar a un montón de gente: ingenieros, geólogos, arquitectos, contratistas, subcontratistas, proyectistas, encargados de obra. Habría que emplear a miles de obreros, pagar a intermediarios, sobornar a concejales de urbanismo… ¿Tú sabes lo que significaría eso? No. No hay presupuesto para tanto. Pídeme otra cosa.
El chico, decepcionado, se vuelve a quedar pensativo, y de pronto le entra un ataque de melancolía.
—Bueno… pues entonces explícame por qué no termino de entenderme con mi chica. Por qué una veces se entristece sin motivo aparente y otras se ríe ella sola. Y, sobre todo, por qué a veces me mira tan mal…
El genio se le queda mirando fijamente un buen rato, suspira profundamente y al final le dice:
—Espérame aquí un momento que ahora vuelvo.
El genio desaparece y dos minutos después reaparece. Se le queda mirando otra vez fijamente, muy preocupado.
—A ver, niño, cómo te lo explico yo… Para empezar… la autopista esa que decías antes… ¿de dos carriles o de cuatro?


El empleado

El empleado


     Un empleado se arma de valor y entra cabizbajo y medroso al despacho de su jefe.
—¡Hombre, Manuel! ¿Qué te trae por aquí?
—Pues verá —empieza a decir el empleado, dubitativo—, quería recordarle que llevo trabajando en su empresa diez años. Siempre he acudido puntualmente todos los días, he hecho todo lo que se me pedía y no he faltado nunca por ningún motivo. Y cuando ha hecho falta, me he quedado más tiempo de lo establecido.
—Eso es verdad, pero ¿qué me quieres decir con eso?
—Que cuando entré empecé ganando 600€.
—¿Y?
—Que sigo ganando 600€.
—¿Y cuál es el problema?
—El problema es que en estos diez años han pasado dos cosas: una, que me he casado; y otra, que he tenido tres hijos.
—Sigo sin ver cuál es el problema.
—Como usted comprenderá, mis gastos han aumentado, el coste de la vida también, y teniendo en cuenta que no creo que usted tenga ninguna queja sobre mí como empleado, pues… pienso modestamente que merecería un aumento de sueldo.
—Vamos a ver, ¿tú cuánto quieres ganar?
—Creo que 1200€ sería una cantidad razonable.
     El jefe se mesó la barbilla, meditabundo.
—Hagamos una cosa: te voy a pagar 5000€ mensuales, te pondré un despacho, coche de la empresa, dietas y vacaciones pagadas al sitio que tú elijas. ¿Qué te parece?
—¿Bromea usted?
—Sí. Pero empezaste tú.


Los piratas

Los piratas



     Un navío pirata navega tranquilamente en alta mar cuando de pronto el vigía grita desde lo alto:
—¡Capitán, capitán! ¡Se aproxima un buque de guerra con bandera inglesa a babor!
     El capitán, que se encontraba en esos momentos en cubierta poniéndose ciego de ron, ordena:
—¡Arriad la velas! ¡Desplegad la enseña pirata! ¡Todos a sus puestos de combate! Y traedme mi camisa roja.
     Se entabla una batalla feroz y al cabo de veinte minutos ganan los piratas.
     Dos días después el vigía grita:
—¡Capitán, capitán! ¡Se aproxima un buque de guerra con bandera española a estribor!
     El capitán, que estaba echándose la siesta, se levanta y ordena:
—¡Arriad la velas! ¡Desplegad la enseña pirata! ¡Todos a sus puestos de combate! Y traedme mi camisa roja.
     Se entabla otra feroz batalla y a los treinta minutos ganan los piratas.
     Un día un marinero se acerca al capitán y le dice:
—Capitán, gracias a usted hemos ganado todas las batallas y nos hemos hecho ricos en la mar, y le estamos muy agradecidos por ello, pero hay una duda que me corroe. Cada vez que se acerca un buque enemigo usted ordena que se arríen las velas, se despliegue la enseña pirata y nos pongamos en disposición de entrar en combate. Todo eso está muy bien. Lo que no acabo de entender es lo de la camisa roja.
     El capitán le responde.
—Como sé que eres hombre de confianza, te lo diré, pero que quede entre nosotros. Por propia experiencia ya sabrás que la sangre es roja, y si durante la batalla soy herido, al ponerme una camisa roja la sangre no se nota. De esa manera la tripulación no se desmoraliza y continúa combatiendo hasta la victoria final.
—Qué gran idea, capitán. Veo que con usted estamos en buenas manos.
—Gracias.
     Tres días después el vigía, alarmado, grita desde lo alto del palo mayor:
—¡Capitán, capitán! ¡Se aproxima a babor un buque de guerra con bandera inglesa, a estribor otro con bandera española, a proa otro con bandera holandesa, y a popa otro con bandera desconocida!
     El capitán, que estaba leyendo un cómic tumbado en su hamaca, se incorpora, se rasca la cabeza y dice:
—Está bien. En este caso habrá que cambiar las órdenes. ¡Arriad las velas! ¡Desplegad la enseña pirata! ¡Todos a sus puestos de combate! Y… traedme mis pantalones marrones.


Un matrimonio feliz

Un matrimonio feliz

     Un matrimonio muy bien avenido vivía feliz y contento, cuando un mal día la mujer muere en un accidente de tráfico. La mujer se encuentra de buenas a primeras a la entrada del paraíso donde San Pedro, sentado en una silla y fumándose un puro, jugueteaba con las llaves.
—Hola —le dice—. ¿Cómo te has portado en tu vida terrenal?
—Yo creo que bien —responde la mujer—. Vamos, que he hecho lo que he podido.
—Eso está bien. La buena intención es lo que cuenta.
—Dime una cosa: ¿tú qué haces ahí sentado?
—Soy el guardián de las llaves del paraíso. Decido quién entra y quién no.
—¿Y qué hay que hacer para entrar?
—En tu caso, y dado que te has portado bien en la medida de tus posibilidades, es muy fácil. Sólo tienes que deletrear la palabra AMOR.
—A-M-O-R —deletrea la mujer.
—Perfecto. Ya puedes entrar.
     La mujer entra y se lo pasa pipa dentro del paraíso, donde había de todo, hasta máquinas de café.
     Tiempo después el marido también fallece en accidente de tráfico y de pronto se ve teletransportado a las puertas del paraíso.      Allí se encuentra con su mujer, que había salido un momento a tomar el fresco.
—Vaya, qué sorpresa —dice el marido—. ¿Qué haces tú aquí?
—Ya ves, deambulando por el paraíso. Y tú, ¿cómo te las apañaste todos estos años sin mí?
—¡Ah, si supieras! Al principio sufrí mucho tu pérdida y te estuve llorando como cosa de semana y media. Pero enseguida me repuse. Casualmente me tocó la lotería y me volví rico de golpe. Me compré una villa a orillas de una playa tropical, un yate, una docena de coches deportivos que no cabían por la calle, y cada noche me traía una chica diferente a casa. Qué vida me he pegado, tú.
—Ya veo.
—Pero, dime una cosa: ¿hay algún truco para entrar en el paraíso?
—Oh, sí, hay uno.
—¿Y cuál es?
—Sólo tienes que deletrear una palabra muy sencilla.
—¿Y qué palabra es esa?
—¡¡¡SCHWARZENEGGER!!!


El loro

El loro

     Un verano, durante las fiestas de un pueblo, se decide convocar un concurso de cetrería. Se presentan tres candidatos: uno traía un águila, otro un halcón y otro un loro.
     El primero en iniciar la demostración fue el que traía el águila.      El hombre se sube a una plataforma de madera que habían instalado en medio de la plaza, le quita la capucha al águila y la lanza por los aires. A continuación se saca una pajita del bolsillo, la parte en cuatro trozos y los deja flotando en el aire. Desde las alturas, el águila desciende en picado a una velocidad de 200 kilómetros por hora, pasa a ras de suelo y atrapa los cuatro trozos.      La gente aplaude entusiasmada y el jurado le da 10 puntos
     El segundo participante hace lo mismo con el halcón. Éste desciende a una velocidad de 100 kilómetros por hora, pero sólo atrapa tres trozos. La gente aplaude con un poco menos de entusiasmo y el jurado le da 8 puntos.
     Por último se acerca el que traía al loro, y por el camino éste va diciendo:
     —¿Me quieres quitar esta mierda de capucha que no veo ni torta?
     El concursante le quita la capucha, lanza al loro por los aires, parte la pajita en cuatro trozos y los suelta. El loro desciende a una velocidad de 15 kilómetros por hora mientras grita:
     —¡¡¡Pero desgraciado, echa más paja, que me voy a matar!!!


Los aspirantes

Los aspirantes

     Un día la CIA se encontró con escasez de personal y realizaron una convocatoria para contratar a un asesino a sueldo. Se presentaron tres aspirantes: dos hombres y una mujer. Deciden realizarles una prueba práctica. Le dicen al primer hombre:
—Tras esa puerta se encuentra su mujer atada a una silla. Coja esta pistola, entre y mátela.
     El hombre coge la pistola, dubitativo, se acerca a la puerta, la abre, y al ver dentro a su mujer atada a una silla, se da la vuelta y les dice, apenado:
—No. Me están pidiendo demasiado. Renuncio al puesto.
—No pasa nada. Otra vez será —le contestan.
     El segundo hombre se muestra algo más decidido. Coge la pistola, se mete dentro de la habitación y cierra la puerta. Al cabo de un momento sale, llorando a lágrima viva.
—Yo no puedo hacer una cosa así —dice, sonándose la nariz con un pañuelo—. Les aseguro que lo he intentado, pero creo que me he equivocado de profesión. No valgo para esto.
—No se preocupe —le contestan—. Ya le llamaremos para otra cosa.
     Le toca el turno a la mujer. Agarra la pistola como si hubiera nacido con una de ellas en la mano, entra en la habitación y cierra de un portazo. Se escuchan seis disparos y a renglón seguido un estruendo infernal. Los encargados de la CIA se miran entre ellos con sorpresa.
     La puerta se abre y aparece en el umbral la mujer, empapada en sudor y con cara de mala leche.
—Podían haberme advertido ustedes que las balas eran de fogueo, porque lo he tenido que matar a silletazos.


El confesionario
El confesionario

     Le pregunta el cura al monaguillo:
—¿Tú cuánto hace que no te confiesas?
—No lo sé, padre.
—Yo sí. Hace más de un mes. A confesarse ahora mismo.
     Se van los dos al confesionario. El cura se mete dentro (era lo habitual, por otra parte) y el monaguillo se arrodilla delante.
—Dime hijo, ¿qué te trae por aquí?
—Ha sido usted el que me ha traído hasta aquí.
—Quiero decir, qué pecados has cometido de un mes a esta parte.
—Ninguno, padre. Yo soy un ser puro como un querubín.
—Vamos, vamos… alguno habrás cometido, aunque sea pequeñito.
—Le aseguro que no, padre.
—Veamos, te voy a ayudar un poco: ¿quién se come las hostias que guardo en la sacristía?
—No le oigo nada, padre.
—Ya. Probemos con otra cosa: ¿quién se bebe a escondidas el vino que guardo para la consagración?
—Le digo que no se oye nada, padre.
—Claro, claro. Entonces, dime: ¿quién se cuelga de la cuerda de la campana como si fuera un columpio alertando a medio pueblo? La última vez me toco oficiar misa tres veces seguidas para no defraudar a la feligresía.
—Padre, de verdad, no se oye nada. Si quiere, compruébelo usted mismo. Póngase aquí y yo me meto dentro.
     El cura y el monaguillo se intercambian los puestos.
—A ver, padre, ¿qué pecados tiene que confesar?
—Yo no tengo pecados. ¿No ves que soy yo el encargado de administrar los pecados ajenos? Un cura tiene otras cosas, pero pecados no.
—Bueno, le daré una pequeña ayudita. Vamos a ver: ¿quién se acuesta con la mujer del boticario?
—Oye, pues tienes razón. No se oye nada. Pero lo que se dice nada. Tendré que mandar la rejilla a reparar.


En la consulta

En la consulta


     Un hombre ya mayor acude a la consulta del médico.
     —Verá doctor, tengo un problema.
     —Ya me lo imagino, si no, no vendría usted a verme. ¿Qué problema es ese?
     —Pues no sé cómo decírselo, pero el caso es que ya no funciono con la parienta.
     —Entiendo. Mire, le voy dar una pastillita, pero sólo funciona una vez. Usted se la toma, silba una vez y se le levanta. Silba dos veces, y se le baja. ¿Lo ha comprendido?
     —Sí, doctor. Gracias.
     El hombre se va a su casa tan contento. Por el camino se toma la pastilla, y nada más entrar por la puerta, silba una vez:
—¡Fiúú!
     Se baja los pantalones y le dice a su mujer:
     —Anastasia: ¡Mira!
     Y Anastasia
     —¡Fiúú! ¡Fiúú!


***


     Otro hombre va a ver al médico.
     —Doctor, estoy muy preocupado. De un tiempo a esta parte no hago más que ver elefantes azules por todos lados.
     —¿Ha visto usted a un psicólogo?
     —No, doctor. Sólo veo elefantes azules.


Los astronautas

Los astronautas

     La Agencia Espacial decide enviar a tres astronautas a explorar el planeta Júpiter, ya que nunca habían estado ahí y sentían curiosidad por saber si se hallaba o no habitada por extraterrestres. Ellos pensaban que no, pero era cuestión de probar. 
     Tras una ardua selección eligen a un francés, un inglés y un español. Puesto que tendrían que pasarse varios años dando vueltas por el espacio, les preguntan qué quiere llevarse consigo cada uno de ellos.
     —A mí me gusta la comida —dice el francés.
     Entonces la Agencia Espacial carga en la aeronave 500 kilos de carne congelada, 600 de pescado en salazón y tonelada y media de paté de foie, amén de un notable surtido de vinos.
     —A mí me gustan las chicas —dice el inglés.
     Y la Agencia Espacial invita a unirse a la expedición a una chica rubia, otra morena y otra pelirroja. Una era blanca, otra negra, la otra asiática, y habían agregado en el último momento una más que tenía un brazo más largo que otro. Y es que el inglés era un tipo de gustos algo morbosos.
     —A mí me gusta fumar —dice el español.
     La Agencia Espacial termina de llenar la aeronave con una tonelada de tabaco rubio, otra de tabaco negro, y otra de tabaco de liar. Tabaco de pipa no les quedaba.
     Los tres astronautas se despiden de familiares, amigos, enemigos, y de una multitud expectante que ve partir la aeronave rumbo al espacio.
     Tres años y medio después se anuncia en los medios que la misión ha concluido y la aeronave está a punto de aterrizar en el desierto del Sahara. Hasta allí se desplaza una nube de periodistas, otra de curiosos y una tribu de beduinos que andaba por ahí.
     La aeronave aterriza, pero no en el Sahara sino en el desierto de Arizona porque habían hecho mal los cálculos, y todo el mundo tiene que salir corriendo para allá.
     La escalerilla se despliega y el primero en bajar es el francés, que lo hace rodando porque se ha convertido en una bola de grasa.
     A continuación baja el inglés, flaco, consumido, ojeroso, y tras él todas las chicas que le habían acompañado. Y tras las chicas un tropel de niños y niñas de las más variadas etnias, procedencias y estatus socio-económico.
     Por último baja el español, también flaco y consumido, pero sobre todo, muy nervioso, diciendo sin parar:
     —¡UN MECHERO, POR FAVOR, UN MECHERO!


En la farmacia

En la farmacia

     El farmacéutico le dice al nuevo empleado.
     —Quédate aquí atendiendo mientras salgo a hacer un recado.
El empleado, que era su primer día de trabajo, se queda solo. Al poco entra un cliente.
     —¿Tienen ustedes un tranquilizante? Es que últimamente me noto algo nervioso.
     —Sí señor, tómese esto y verá como se tranquiliza enseguida.
     El cliente sale y dos minutos después entra el farmacéutico.
     —¿Ha habido alguna novedad?
     —Sí, ha entrado un señor pidiendo un tranquilizante y le he dado eso de ahí.
     —¿Le has dado eso? ¡Pero si eso no es un tranquilizante, insensato, es un laxante para caballos! ¡Corre a ver si lo encuentras antes de que se lo tome!
     El empleado sale corriendo, y dos manzanas más allá se encuentra al cliente agarrado a una farola.
     —Señor, ¿cómo está? —le pregunta, muy preocupado.
     —Pues la verdad es que tranquilo —contesta—. Cagado, eso sí, pero muy tranquilo.


Al teléfono

Al teléfono

     Suena el teléfono.
     —Buenos días, ¿está Ramírez?
     —No, se ha equivocado de número.
     Al cabo de una hora vuelven a llamar.
     —Buenas, ¿ya llegó Ramírez?
     —No, ya le dije que se ha equivocado de número.
     Por la tarde vuelven a llamar.
     —Buenas tardes, ¿está por fin Ramírez?
     —Oiga, ¿esto es cachondeo o qué? Le digo por tercera vez que se ha equivocado de número.
     A medianoche vuelve a sonar el teléfono.
     —Hola, soy Ramírez. ¿Ha llamado alguien preguntando por mí?


***



     Llama un chino por teléfono.
     —Hola, ¿está Chin Lú?
     —Sí. Estamos Chin Lú, Chin Agua y Chin Gas.


***



     Suena el teléfono.
     —¿Dígame?
     —Hola, yo sé hablar.
     —Toma, y yo.
     —Ya. Pero yo soy una vaca.


En la cafetería

En la cafetería

     Un hombre entra en una cafetería y le dice al camarero:
     —Ponme tres cafés. Uno para mí, otro para ti, y otro para el malnacido de tu padre.
     El camarero, enfurecido, suelta el trapo con el que estaba secando los vasos, se pasa al otro lado de la barra, y echa al cliente del establecimiento a patadas.
     Al día siguiente el mismo hombre entra en la cafetería como si tal cosa y le dice al camarero:
     —Ponme tres cafés. Uno para mí, otro para ti, y otro para el malnacido de tu padre.
     El camarero tira al suelo la botella que estaba colocando en una balda, de un salto se planta al otro lado de la barra, le da una paliza de muerte al cliente y lo echa del establecimiento a patadas.
     —¡No se te ocurra venir más por aquí! —le grita mientras el cliente pone pies en polvorosa, o sea, que huye a toda pastilla.
Pero al día siguiente el hombre se vuelve a presentar con un brazo escayolado, una pierna escayolada y cubierto de tiritas.
     —¿Otra vez aquí? No pienso servirte tus tres cafés.
     —Esta vez sólo quiero dos. Uno para mí y otro para el malnacido de tu padre. Para ti nada porque veo que el café te pone muy nervioso.


El embajador
El embajador

     Estaban reunidos Clinton y el embajador alemán en la Casa Blanca. En un momento dado Clinton le dice:
     —Espérame aquí un momento que tengo que ir al baño.
     Valerrr… —contesta el embajador.
     Clinton tardaba mucho en regresar y el embajador empieza a impacientarse, cuando de pronto se escuchan unos gemidos sospechosos procedentes del cuarto de baño. El embajador lanza un suspiro.
     —¡Ya está otra vez Clinton con Mónica Lewinsky! Este hombre no tiene remedio. Verrras tú cuando se lo cuente a mis colegas del Bundestag… Voy a espiarles.
     El embajador se levanta y se asoma sigilosamente al pasillo, y allí descubre que Clinton no estaba con Mónica Lewinsky.
     Lo que pasaba es que se la había pillado con la puerta del cuarto de baño y no podía salir.


El ganadero

El ganadero

     Un periodista está realizando un reportaje sobre caballos. Se desplaza hasta un pueblo lejano y entrevista a un hombre que cuidaba de dos de ellos.
     —Dígame, buen hombre: ¿estos dos caballos son pura sangre?
     —Éste sí.
     —¿Y el otro?
     —El otro también.
     El periodista se queda un poco mosca, pero le sigue preguntando:
     —¿Y van a participar en la próxima carrera?
     —Éste sí.
     —¿Y el otro?
     —El otro también.
     El periodista ya se queda mosca del todo.
     —Oiga, ¿por qué cada vez que le pregunto me dice que uno sí y el otro también?
     —¡Ah, eso! Es que éste es mío.
     —Vaya. Ahora lo entiendo, ¿y el otro?
     —El otro también.


La política

La política

     Un niño le pregunta al padre:
     —Papá, ¿qué es la política?
     El padre se lo piensa un momento.
—A ver, te lo voy a explicar con un ejemplo. Yo, que trabajo y traigo el dinero a casa, soy el capitalista. Tu madre, que es quien lo administra, sería el gobierno. La mujer de la limpieza es la clase obrera. Tú, que ya empiezas a tener algo que decir, eres el pueblo. Y tu hermana pequeña, que acaba de nacer, es el futuro.
     El niño se va a la cama, no muy convencido. A las dos de la madrugada su hermana pequeña se pone a llorar porque necesita que le cambien los pañales. 
     El niño se levanta y sale del cuarto en busca de ayuda. Va donde el padre, pero no lo encuentra. Va donde la madre, y ésta le dice que la deje en paz porque tiene mucho sueño. Va donde la mujer de la limpieza y se la encuentra acostada con el padre. 
     Entonces vuelve donde su hermana pequeña, que seguía llorando a moco tendido, y le dice:
     —Ya tengo claro en qué consiste la política: los capitalistas joden a la clase obrera, el gobierno duerme, al pueblo no lo escucha nadie y el futuro está lleno de mierda.


El turista

El turista

     Un hombre de provincias, que no había salido en la vida de su pueblo, decide un día visitar la capital, pero en lugar de buscar monumentos o cosas así, va y se mete en el primer burdel que encuentra. Sale a recibirle la madame.
—Buenos días. ¿Qué desea, caballero?
—Pues no sé, ¿qué ofrecen ustedes aquí?
—Pues verá. Tenemos El Continental.
—¿Y en qué consiste?
—Tres chicas y usted.
—Eso suena bien. ¿Cuánto vale?
—300€.
—No. Es muy caro. ¿Qué más tienen?
—El Mixto.
—¿Y en qué consiste eso?
—Dos chicas, un chico, y usted.
—¿Y cuánto vale?
—200€.
—Sigue siendo muy caro. ¿Qué más tienen?
—El Experimental.
—¿Y eso qué diantres es?
—Una chica, un chicho, un pez espada y usted. 100€
—De verdad que en la capital son ustedes raritos. ¿Y no tienen algo más normal, y sobre todo, más barato?
—¡Pues claro! Tenemos la Oferta de Primavera.
—¿Cuánto vale eso?
—Sólo 10€.
—¡Eso! Justo eso es lo que buscaba. ¿Y en qué consiste?
—Muy fácil: usted se la pela y mientras tanto nosotras aplaudimos.


El armario

El armario

     Una pareja de recién casados decide comprar un piso y se mudan allí. Pero lo que el vendedor no les había dicho es que justo debajo del edificio pasaba una línea de metro.
     Un día la mujer encarga un armario a unos grandes almacenes. Llega el empleado, lo arma y se queda contemplando satisfecho su obra. En ese momento pasa un tren y el armario se viene abajo. El empleado lo vuelve a armar, pasa otro tren y el armario se derrumba.
     —Se conoce que hay alguna pieza que está suelta —le dice a la mujer—. Lo mejor será que me meta dentro y espere a que pase el siguiente tren, así veo cuál es.
     El empleado se mete en el armario y en ese momento llaman a la puerta. Era el marido que regresaba pronto del trabajo.
     —Hola cariño —saluda el marido alegremente—. ¿Y ese armario tan bonito que hay allí? ¿Lo acaban de traer? Voy a ver cómo es por dentro.
     El marido abre la puerta del armario y se encuentra al empleado dentro, que le mira con cara de póquer.
     —¿Usted quién es y que hace aquí metido? —pregunta el marido con sorpresa.
     El empleado emite un hondo suspiro.
     —Mire, será mejor que le diga que me he liado con su mujer, porque si le digo que estoy aquí esperando a que llegue el metro, no se lo va a creer.


Parejas

Parejas

Un amigo le dice a otro:
—Por fin mi mujer y yo hemos conseguido limar nuestras diferencias.
—¿Y cómo lo habéis hecho?
—Pues hemos decidido ir una vez a la semana a cenar a un buen restaurante.
—Buena idea. ¿Y os ha funcionado?
—Por supuesto. Ella va los martes y yo los jueves.

***

Un matrimonio ya mayor acude a la consulta del médico. Éste examina primero al marido.
—Parece que todo está como debiera. ¿Ha notado algo raro?
—Nada en particular, doctor. Lo único que cuando hago el amor con mi mujer, la primera vez la cosa va bien, pero la segunda sudo mucho.
Tras examinar a la mujer, el médico le dice:
—Parece que usted tampoco presenta problemas. Sin embargo su marido dice que cuando hacen el amor, la primera vez la cosa funciona razonablemente bien, pero la segunda vez su marido suda mucho. ¿Usted conoce el motivo, por un casual?
—¡Pues  claro! La primera vez ocurre en enero y la segunda en agosto.

***

Un amigo le confía a otro:
—¿Te cuento algo curioso? Mi mujer una vez estuvo leyendo el cuento de ‘Hansel y Gretel’ y tuvimos gemelos. Tiempo después se puso a leer el de ‘Los tres cerditos’ y tuvimos trillizos.
—¡Santo cielo! ¡Tengo que regresar corriendo a casa! exclama el amigo. 
—¿Y eso por qué?
—¡Porque mi mujer está leyendo ahora mismo ‘101 dálmatas’! 


El cuestionario

El cuestionario


La FAO decidió difundir un cuestionario entre los miembros de las Naciones Unidas. En uno de los apartados decía:
“Expongan honestamente su opinión acerca de la escasez de alimentos en el resto del mundo”.
Los miembros de las Naciones Unidas empezaron a rellenarlo, pero surgieron los siguientes problemas:
Los europeos no tenían ni idea de lo que significaba la palabra “escasez”.
Los africanos no conocían la palabra “alimentos”.
Los norteamericanos nos sabían lo que era “el resto del mundo”.
Los chinos pidieron aclaraciones sobre la palabra "opinión".
Los demás países aún debaten el sentido exacto de "honestamente".

La millonaria

La millonaria

     Una viuda rica decide un día poner un anuncio en la prensa:

“Millonaria libre y sin compromiso busca hombre con el que compartir su vida y fortuna. Tiene que cumplir estos tres requisitos:

1.       Que me respete y no se atreva a ponerme la mano encima.
2.       Que no se marche de casa a la primera de cambio.
3.       Que sea un fenómeno en la cama.”

     En los días sucesivos la viuda recibe un aluvión de cartas, llamadas de teléfono, correos electrónicos, peticiones de entrevista… pero ningún candidato cumplía los tres requisitos.
     Desesperaba ya de encontrar a nadie cuando un día llaman a la puerta. La viuda abre mientras va pensando en cómo despachar al intruso, cuando se encuentra en la alfombrilla de la entrada a un hombre sin brazos ni piernas.
—No busques más —le dice éste con una sonrisa resplandeciente —. Yo soy el hombre de tu vida.
—¿Ah sí? ¿Y cómo es eso?
—¿No lo ves? Como no tengo brazos, no te puedo levantar la mano. Y como no tengo piernas, no me puedo ir de tu casa.
—Ya. ¿Y qué te hace pensar que eres tan bueno en la cama?
—Bueno… ¿con qué te crees que he llamado al timbre?


Propuestas indecorosas

Propuestas indecorosas

     Un hombre de raza negra algo despistado que estaba de visita en Amsterdam termina metido en el barrio rojo. En esto que se le acerca una chica y le propone subir con ella.
     —Bueno… Si usted se empeña… Pero le advierto que yo la tengo muy grande...
     «Ya estamos», piensa la chica.
     —A ver, enséñamela —le conmina.
     El tipo, disimuladamente, se la enseña. La chica ve una cosa muy pequeñita con un tatuaje que dice: ANA.
     «Debe de haber sido su primer amor», cavila la chica. «La debe de haber querido mucho, hasta el punto de haberse tatuado su nombre en semejante sitio».
     Suspira.
     —Eso no es nada, hijo. Anda, sube —le dice.
     Suben al reservado, la chica empieza a meterle mano, el tipo se va calentando, y cuando vuelve a mirar ve que pone: REPÚBLICA DOMINICANA.


La bañera
La bañera

     Estaba un argentino tomándose un baño relajante, en plan hedonista, rodeado de espuma, cuando nota que tiene una erección. Mira hacia abajo y dice:
—¡Ah, pillín! ¿Te acordás de la rubia, verdad?
     Al cabo de un rato vuelve a tener otra erección. Mira hacia abajo y dice:
—¡Ah, pillín! ¿Te acordás de la morena, verdad?
     El tiempo pasa, y al ver que la cosa sigue igual, lanza un suspiro.
—Ah… y tampoco te podés olvidar de la pelirroja, ¿verdad?
     En esto que se le escapa una ventosidad. Vuelve a mirar y murmura:
—¡Calláte, ché, que vos también tenés tu historia!


El director

El director

     El director de un banco estaba preocupado porque su joven colaborador, que hasta ese momento vivía entregado al trabajo y no abandonaba la oficina ni siquiera a la hora de comer, de pronto empieza a ausentarse a diario a eso del mediodía. Decide entonces recurrir al detective privado del banco y le ordena:
     —Siga a Ramírez durante una semana y averigüe dónde va. No quisiera que anduviera pasando información a la competencia a mis espaldas.
     El detective cumple con su cometido y una semana más tarde se reúne con el director para ofrecerle el informe:
     —Ramírez acostumbra a salir al mediodía, coge su coche, se va a comer a su casa, hace el amor con su mujer, se fuma uno de sus preciados habanos y después regresa al trabajo.
     —Menos mal —suspira el director—. Ya empezaba a estar con la mosca tras la oreja, pero veo que no hay nada raro en su conducta.
     El detective le pregunta:
     —¿Le importaría al señor director que por una vez le tutee?
     El director se extraña, pero accede.
     —Sí, cómo no.
     —En ese caso le repetiré el informe: Ramírez acostumbra a salir a mediodía, coge tu coche, se va a comer a tu casa, hace el amor con tu mujer, se fuma unos de tus preciados habanos y después regresa al trabajo.


Un mal día

Un mal día

     Un hombre de aire triste está sentado en la mesa de un bar. Enfrente tiene una limonada. En esto que entra un amigo todo acalorado, ve la limonada sobre la mesa, no puede resistir la tentación y se la bebe. El hombre rompe a llorar desconsoladamente.
     —¿Qué te ocurre, hombre? ¿Lloras por una limonada? Ahora mismo te pido otra.
     —No, no es eso. Es que he tenido un día terrible, el peor de mi vida. Todo me ha salido al revés.
     —¿Cómo es eso?
     —Pues verás, esta mañana, al terminar mi turno, regreso a casa y me encuentro a mi mujer en la cama con el vecino. Al volver al trabajo me entero de que me han despedido. Entretanto mi mujer y el vecino se fugan dejándome la cuenta corriente en números rojos. Decido suicidarme porque la vida ya no tiene ningún sentido para mí. Cojo una cuerda para ahorcarme y la cuerda se rompe…
     —Hombre, es que para eso se suele usar una soga, no una cuerda…
     —No tenían sogas en la ferretería. Déjame terminar. Cojo la pistola de mi abuelo, que había sido gendarme, y la pistola se encasquilla. Me tiendo en los raíles del tren, pero no pasa ninguno porque había huelga de maquinistas. Y así, con los últimos euros que me quedaban, compré el veneno que acabo de echar en la limonada, y llegas tú y te la bebes. De verdad que ha sido un día jodido...


La universidad
La universidad

     Un campesino muy rico envía a su primogénito a la capital para que se inscriba en la universidad. Al cabo de una semana le llama por teléfono para ver cómo le va.
     —Hola, hijo. ¿Has encontrado un buen sitio para estar? ¿Te vas haciendo al ambiente? ¿Estás estudiando como un condenado?
     —Sí, padre. Todo va bien. Lo único que me siento algo incómodo.
     —¿Y eso por qué, hijo mío?
     —Verás, es que todos mis compañeros acuden a la universidad en tranvía. Yo, en cambio, voy con un descapotable último modelo.
     —¡Bah, eso no es ningún problema! Lo único que tienes que hacer es sacar las mejores notas y ser el primero de tu promoción, y ya verás como papá también te compra un tranvía.


El estudiante

El estudiante

     Un estudiante se va a hacer un máster a Estados Unidos. Al cabo de un mes ya se ha fundido el dinero que le dio su padre para todo el año escolar, así que se pasa el fin de semana cavilando cómo le puede sacar más pasta a su progenitor. Se le ocurre una idea, descuelga el teléfono y llama a su casa a cobro revertido.
—Hola, hijo, qué sorpresa. ¿Cómo van esos estudios?
—Estupendamente, papá. Pero te llamaba por otra cosa. ¿Te acuerdas de Toby, el perro que me traje?
—¡Claro que me acuerdo! Era mi mascota favorita.
—Pues el caso es que en la universidad han decidido abrir un departamento canino donde enseñan a los perros a hablar y he pensado en inscribir a Toby.
—¡Qué gran idea, mi Toby hablando! La de cosas que podremos contarnos a la vuelta.
—Sí papá. Pero el caso es que la inscripción cuesta 1000$...
—No te preocupes. Te los mando inmediatamente.
     A la semana el chico ya se ha gastado el dinero y vuelve a llamar a su padre.
—Hola, hijo. ¿Cómo va Toby? ¿Ya habla?
—Uf, si te contara… Está haciendo unos progresos increíbles. El otro día estuvimos una hora entera discutiendo sobre béisbol.
—¡Excelente, estoy deseando que vuelvas para comprobarlo por mí mismo!
—El caso que el departamento canino ha decidido ampliar su oferta y ahora también les enseñan a leer. Pero cuesta otros 1000$.
—Apúntalo también a eso. ¡Un perro culto! Voy a ser la envidia de mis vecinos.
A la semana el chico vuelve a llamar.
—Hola, hijo. ¿Y mi Toby? ¿Ya sabe leer?
—Y tanto. Ahora mismo se acaba de meter con las obras completas de Shakespeare tras haberse leído entera La Enciclopedia Británica. En el departamento canino están tan contentos con él que quieren enseñarle también a escribir. Pero son otros 1000$.
—No importa, no importa. Todo sea en aras de la cultura.
     Llegan las vacaciones de verano y el chico tiene que regresar a casa. Pero en lugar de llevarse al perro lo deja al cuidado de una anciana solitaria.
     En el aeropuerto lo espera su padre con los brazos abiertos y lleno de entusiasmo.
—¿Dónde está ese prodigio de perro mío? Estoy deseando ver cómo habla, lee y escribe.
—Verás, papá, es que surgió un problema.
—¡No me digas! ¿Cuál?
—No te lo vas a creer, pero estaba el otro día Toby sentado en el sofá leyendo el New York Times cuando de pronto me dice: “Oye, ¿se sigue viendo tu padre con esa vecina pelirroja que vive en la puerta de enfrente?”.
—¡Cielos! —exclama el padre, y bajando la voz añade:
—Hijo, espero que te hayas desecho de ese perro antes de que se entere tu madre…
—Por supuesto, papi. Eso mismo hice.


La gendarmería

La gendarmería

     En un pueblo de montaña donde la gente aún se desplazaba en bicicleta habían instalado una gendarmería. Todas las mañanas, el comandante enviaba al agente de guardia al pueblo a que le comprara el periódico.
     El pobre tipo se tenía que hacer a diario 10 kilómetros cuesta abajo y otros 10 cuesta arriba, con lo cual estaba bastante harto. Ese fin de semana estuvo rumiando una solución a su problema y al fin creyó haber dado con ella. Esperó al lunes siguiente para ponerla en práctica. 
     Como de costumbre, el comandante le hizo llamar.
—¡Demetrio!
—¿Sí, mi comandante?
—¡Baje al pueblo a comprarme el periódico!
—A sus órdenes, mi comandante.
     El agente fue hasta el quiosco de prensa en bicicleta, pero en lugar de comprar un periódico compró 7, uno por cada día de la semana. 
     Y así, cada vez que el comandante le llamaba, él respondía “¡A sus órdenes!”, cogía su bicicleta y se iba detrás del cuartel a echar una cabezadita. Al volver le entregaba uno de los periódicos.
Llegó el domingo y el comandante le hizo llamar.
—¡Demetrio!
—¿Sí, mi comandante? ¿También quiere hoy el periódico?
—¡No! ¡Quiero que bajes al pueblo y averigües de inmediato quién es ese cretino que ha estrellado su coche 7 días seguidos contra la misma farola!


Infidelidades

Infieles

Un hombre, en su lecho de muerte, le dice a su mujer:
—Antes de morir he de confesarte algo. No puedo irme con este peso encima.
—No hables ahora. Eso te debilita —contesta la mujer.
—No. Quiero morir en paz y debo decírtelo. ¿Sabes?, en una ocasión me acosté con tu hermana.
—Lo sé.
—Y en otra ocasión me acosté con tu mejor amiga.
—Lo sé.
—Y hubo una vez que también me acosté con tu madre.
—Lo sé. Ahora relájate y deja que el veneno surta efecto.


El conejo

El conejo
     Un conejo está sentado en un claro del bosque ocupado en afilar un palo. Pasa un lobo y le pregunta, intrigado:
—¿Qué estás haciendo con ese palo?
—Me estoy fabricando una lanza para matar al oso —contesta el conejo muy ufano.
     Al rato pasa un zorro y le dice:
—Si no es indiscreción ¿qué estás haciendo con ese palo?
—Me estoy fabricando una lanza para matar al oso —vuelve a contestar el conejo, más ufano aún.
     Cinco minutos después se presenta el oso y le pregunta muy serio:
—¿Qué me ha parecido oír por ahí que andabas haciendo con ese palo?
—Me estoy fabricando una lanza —contesta el conejo alegremente—, y mientras tanto voy soltando la primera chorrada que se me pasa por la cabeza.


El mono

El mono

     Un guardia urbano se encuentra un mono en la calle y lo lleva a la comisaría.
—Jefe, ¿qué hago con este mono?
—Es obvio: llévalo al zoológico.
     El día después el jefe, mientras vuelve a casa del trabajo, se encuentra a su subordinado paseando con el mono.
—¿Pero qué haces? ¿No te había dicho que lo llevaras al zoo?
—Eso hice. Ayer lo llevé al zoo. Hoy lo llevo al cine. Y mañana iremos al parque de atracciones.


Los servicios secretos

Los servicios secretos

     Un día el presidente de los Estados Unidos, ante las reiteradas quejas de la opinión pública, decide poner a prueba la eficacia de sus servicios secretos.
     Para ello reúne a representantes de la CIA, el FBI y la policía de Nueva York, y les encarga que encuentren a un oso en un bosque.
     Empieza el FBI. Como tenían prisa por irse a casa porque empezaba el fin de semana, queman el bosque.
     Le sigue la CIA, que utiliza planos antiguos y se pone a buscar en el bosque de al lado.
     Los más eficaces resultan ser los policías de Nueva York, que hacen salir a un conejo de su madriguera y a punta de pistola le obligan a decir:
—¡No disparen! ¡No soy un conejo, soy un oso!


La operación

La operación

     En la sala de operaciones el paciente le pregunta al cirujano:
—¿Doctor, me podría decir qué riesgos implica la operación?
—Usted no se preocupe. La tasa de decesos en una operación de este tipo es de una cada 10.000.
—Entiendo. ¿Y ahora mismo por qué número vamos?


El coche nuevo

El coche nuevo

     Un hombre acaba de comprarse un deportivo. Se lo lleva del concesionario y lo aparca delante de la puerta de su casa. Como teme que le roben el aparato de música que lleva incorporado, lo extrae y deja una nota en el parabrisas:

     “No se molesten en abrir el coche. No tiene radio”

     A la mañana siguiente abre la puerta de casa y ve que el coche ha desaparecido. En su lugar, tirada en el suelo, encuentra la nota que había dejado el día anterior. Debajo decía:

     “No importa. Ya se la ponemos nosotros”.


Diferencias de enfoque

Diferencias de enfoque

El pesimista sólo ve un túnel oscuro.

El optimista ve luz al final del túnel.

El realista ve que la luz pertenece a un tren.

El maquinista ve a tres idiotas plantados en los raíles, mirando embobados hacia el túnel.


El Club de Amigos de los Chistes

El Club de Amigos de los Chistes

     El Club de Amigos de los Chistes se reunía cada viernes por la tarde para echarse unas risas. Como ya se sabían todos los chistes de memoria los tenían numerados. De esa manera no hacía falta contarlos, bastaba con decir el número correspondiente y los demás miembros ya sabían de qué se trataba.
     Ese vienes uno de los más chistosos se arranca con un:
—¡Dieciocho!
     Y los demás miembros se parten de risa.
     Otro salta:
—¡Veintisiete!
     Y todos se desternillan.
     Otro grita:
—¡Nueve!
     Y los socios se carcajean a sus anchas.
     Aquel día se había incorporado un nuevo miembro, y para probar suerte dice:
—¡Catorce!
     Se produce un silencio sepulcral. Algunos miembros le miran mal. Otros le miran con condescendencia. El resto le odia directamente.
     El novato empieza a dudar que el chiste número catorce exista o peor aún, que haga referencia a una oración fúnebre o a una receta de cocina del siglo XIV, y empieza a ponerse colorado a más no poder.
     En esto que uno de los miembros más veteranos, que se sentaba detrás, le da unos golpecitos en el hombro.
—Compañero —le advierte con severidad—, la gracia no está en el chiste, sino en cómo se cuenta.


En la oficina de correos

En la oficina de correos


     Un pastor alemán entra en una oficina de correos y se pone a dictar un telegrama:
—Guau guau guau guau guau guau guau guau guau.
     La empleada, amablemente, le indica:
—Por el mismo precio puede poner hasta diez palabras. Podría agregar una palabra más. 
—Lo sé, pero si pongo otro ‘guau’ la frase pierde sentido.


La avería

La avería

     Un automovilista va conduciendo por una carretera comarcal y de pronto el coche se le para. Baja, abre el capó y se pregunta en voz alta:
—¿Será cosa de los pistones?
     Y una voz a sus espaldas dice:
—No. Es el automático.
     El hombre se da la vuelta y no ve a nadie. Sigue inspeccionando el motor.
—¿Será cosa de la batería?
—No. Es el automático —vuelven a decir a sus espaldas.
     El hombre se da la vuelta y ve que un caballo le está mirando. Comprende entonces que es el caballo el que habla y se asusta tanto que sale corriendo como alma que lleva el diablo. Al llegar a la gasolinera se mete en el bar y grita:
—¡Rápido, hay que avisar a la prensa, a la radio, a la televisión!
—¿Qué es lo que ocurre? —pregunta un viejecito que estaba apoyado en el mostrador.
—¡Me encontraba parado en la carretera intentando averiguar por qué se ha averiado mi coche, y un animal que había detrás se puso a hablar y dijo que el problema estaba en el automático!
—¿Qué era, un caballo? —pregunta el viejecito.
—¡¡Sí!!
—¿Uno pardo con una raya blanca en el hocico?
—¡¡¡Sí!!!
—¡Pero si ese no tiene ni pajolera idea de mecánica!


El abogado

El abogado

     Un abogado recién licenciado acaba de abrir un bufete y le pide al conserje del inmueble que le avise cada vez que llegue un nuevo cliente. El conserje accede y unos minutos después le advierte por el interfono:
—Señor abogado. Hay aquí alguien que quiere verle. 
—De acuerdo, dígale que suba.
     El abogado deja la puerta entreabierta, se ajusta el nudo de la corbata, se alisa el pelo ante el espejo, se sienta tras el escritorio, descuelga el teléfono y finge hallarse inmerso en una conversación profesional con un importante cliente imaginario. Cuando el cliente real aparece por la puerta, le indica con un gesto mundano que tome asiento, sin dejar de hablar. 
     Tras quince minutos de palique, en los que hace gala de toda su sapiencia jurídica para impresionar al visitante, termina con un:
—Tú déjalo en mis manos que yo me encargo de todo.
     Cuelga el teléfono y se dirige al visitante con la mejor de sus sonrisas.
—Dígame, ¿en qué puedo serle útil?
—A mí en nada. Yo sólo venía a conectar los cables del teléfono.


Cuestión de sartenes

Cuestión de sartenes

     Un marido está tranquilamente sentado en el sofá ojeando el diario deportivo cuando su señora llega por detrás y le pega un sartenazo en la cabeza.
—¿Qué mosca te ha picado? —pregunta el marido masajeándose la calva.
—Esto es por la nota que he encontrado en tu bolsillo. Llevaba escrito el nombre de una tal Malibú y un número al lado.
—Querida, creo que te confundes. El otro día estuve en las carreras. Malibú es el caballo por el que aposté y la cifra que viene a continuación es el importe jugado.
     La mujer, avergonzada, se deshace en disculpas y se marcha.
     Unos días después el marido está cómodamente sentado en el sofá viendo un partido de fútbol cuando su mujer entra en el salón y le arrea otro sartenazo en toda la cocorota pelada.
—¿Y ahora qué es lo que ocurre? —pregunta el marido llevándose las manos a la cabeza.
—Que tu caballo está al teléfono y dice que te pongas.


Resbalones

Resbalones

     Un viejo párroco de una aldea perdida en las montañas, cansado de escuchar en confesión las innumerables infidelidades de que hacían gala sus feligreses, en las que no ahorraban detalles escabrosos, les ruega que en adelante, cuando se diera el caso, se limitaran a decir “He resbalado”.
     Años después el párroco se jubila y es reemplazado por un cura joven que desconoce el acuerdo a que había llegado su antecesor con la feligresía. 
     Alarmado por la cantidad de gente que le confesaba haber resbalado, decide reunirse con el alcalde, y le expresa su preocupación por el estado de la pavimentación de las calles del municipio.
     El alcalde, que estaba al tanto la historia, se echa a reír a mandíbula batiente. El cura, indignado, le espeta:
—¿Y encima le hace gracia? Pues sepa usted que su mujer resbaló dos veces la semana pasada.

La playa

La playa

     Un hombre mayor está tomando el sol en una playa al lado de un grupo familiar que arma mucho escándalo. En un momento dado le dice a la mujer:
—Señora, ¿le importaría decirle a su hijo que deje de enterrarme la camisa en la arena?
     Y la señora, muy digna, le contesta:
—Caballero, ese no es mi hijo, es mi sobrino. Mi hijo es el que le está llenando de agua los zapatos. Mi hija la que está pintando grafitis en su sombrilla. Mi nieto el que se está probando sus pantalones. Y mi marido el que ahora mismo ensaya nudos marineros con sus calcetines.


El partido de fútbol

El partido de fútbol


     En la selva africana una manada de elefantes le propone jugar un partido de fútbol a un grupo de insectos.
     En el primer tiempo los elefantes se adelantan en el marcador con 3 goles a 0. Durante el descanso, el entrenador de los insectos entra en el vestuario y les dice: 
—No os preocupéis. Sólo es cuestión de hacer un pequeño cambio. Que el ciempiés ocupe el lugar de la luciérnaga.
     Empieza el segundo tiempo. Los insectos logran remontar y acaban ganando el partido por 6 goles a 3.
     El entrenador de los elefantes, maravillado, se acerca a felicitar al entrenador de los insectos.
—Ese ciempiés tuyo es un fenómeno. ¿Cómo es que no lo sacaste durante el primer tiempo?
—Pues verás: el caso es que aún no había terminado de atarse todos los zapatos.


La carrera

La carrera

     El psiquiatra está pasando consulta y le pregunta al paciente:
—¿Cómo andamos, Eustaquio? ¿Sigues haciendo footing por las mañanas en pelotas y con solo los calcetines puestos?
—Por desgracia, sí, doctor. No logro quitarme esa manía de encima.
—¿Y como de costumbre, no te sientes cohibido?
—Esta vez sí, doctor. Me di cuenta de que uno de los calcetines tenía un agujero... ¡¡¡ y pasé una vergüenza... !!!

La multa


La multa

   El chófer del Vaticano termina de colocar el equipaje en el maletero de la limusina y ocupa el puesto del conductor, dispuesto a partir hacia la plaza de San Pedro. Pero advierte que el Papa se ha quedado inmóvil en la acera.
—¿Su Santidad no sube? Mire que llegamos tarde al cónclave —le dice preocupado.
—Verás, es que me hace mucha ilusión conducir. En el Vaticano nunca me dejan hacer nada.
—Pero Santidad, si le dejo conducir y se entera la curia pierdo el empleo.
—No te preocupes, yo no diré nada.
—Está bien. Ocupe mi puesto, pero procure no correr mucho.
    El Papa se pone al volante, arranca, y en menos de dos minutos ya van a 180 kilómetros por la autopista. El chófer se lleva las manos a la cabeza.
—¡Santidad, no vaya tan deprisa que nos matamos!
    Pero el Papa no levanta el pie del acelerador. La limusina ya alcanza los 210 kilómetros por hora cuando se empieza a escuchar el ulular de una sirena. 
—¡Estamos apañados! —gimotea el chófer— Ahora me retirarán el carnet…
   El Papa aparca tranquilamente en el arcén y baja la ventanilla. Se acerca un guardia urbano, y al ver al Papa se da la vuelta y coge el radio transmisor.
—Necesito hablar urgentemente con el jefe del puesto.
—Al habla el jefe del puesto.
—Tenemos un problema. He pillado una limusina circulando a 210 kilómetros por la autopista general.
—¿Y cuál es el problema? Arréale una multa del copón al interfecto.
—El problema es que se trata de alguien importante.
—Razón de más. Arréale una multa del copón y fíltralo a la prensa.
—Es que se trata de alguien realmente importante.
—¿Y quién puede ser tan importante? ¿El alcalde?
—No. Alguien más importante.
—¿El gobernador?
—Más importante aún.
—¿El presidente del Tribunal Supremo?
—Más importante aún.
—¿El presidente de la República?
—Más importante aún.
—¿Y quién demonios puede ser más importante aún?
—Creo que se trata de Dios.
—¿Y qué te hace pensar eso, chalado?
—El hecho de que lleva al Papa como chófer.

La pirámide

La pirámide

     Dos arqueólogos nuevos en la profesión descubren durante un viaje una extraña roca plantada en mitad del desierto. Se ponen a excavar y se dan cuenta de que se trata de la cúspide de una pirámide muy antigua. Ante la eventualidad de que se trate de un hallazgo importante, deciden pedir ayuda especializada.
     Llega un equipo americano muy bien preparado, con jeeps, helicópteros, caravanas e instrumentos científicos. Tras dos años de ardua investigación, concluyen:
—Tras muchas pruebas y verificaciones, lo único que podemos decirles es que esta pirámide fue construida entre los años 2500 y 1500 a.C. Lo sentimos.
     Recogen todos sus bártulos y se marchan desalentados.
     Los dos arqueólogos deciden entonces recurrir a un equipo alemán, pensando que tal vez sea más metódico.
     Al cabo de dos años de trabajo les informan:
—Hemos llegado a la conclusión de que esta pirámide fue construida en torno al año 2000 a.C. No hemos podido averiguar nada más porque los jeroglíficos son muy complicados.
     A los arqueólogos, desesperados, no se les ocurre ya nada mejor que llamar a la policía del distrito del Bronx.
     Se presenta una pareja de uniforme que entra muy decidida en la pirámide. Al cabo de dos horas salen y les dicen:
—Esta pirámide fue construida entre el 14 de febrero de 1859 a.C. y el 17 de mayo de 1857 a.C. por mandato de un tal Akenatón IV. El arquitecto fue un tal Takimio el Primo. El día de la inauguración estaba nublado. Los sacerdotes se opusieron al proyecto a causa de un eclipse parcial de Luna en Escorpio. Participaron en la construcción 3715 esclavos no cualificados, que iniciaron una revuelta el 2 de octubre en protesta por las condiciones laborales. Revuelta que fue sofocada por los soldados del faraón dos días después con un balance de 115 esclavos muertos y 3 soldados contusionados. El coste total del proyecto fue de 60 libras de oro y 7 de diamantes.
—¡Caramba! —exclamaron los dos arqueólogos al unísono— ¿Cómo habéis podido averiguar tantas cosas en tan poco tiempo?
—Bueno, al principio nos ha costado un poco, pero al final la momia terminó confesando.


Confusiones

Confusiones


Suena el teléfono en la mansión y lo coge el mayordomo.
—Buenos días, mansión de los…
—Déjate de rollos. Soy yo, el abogado. Pásame a mi mujer, tengo prisa.
—En este momento no es posible, señor.
—¿Cómo que no es posible? ¿No está en casa?
—Sí, está en casa, pero en estos momentos se encuentra con el ingeniero. Llegó esta mañana, nada más salir usted. La señora le hizo pasar al dormitorio y no han vuelto a salir desde entonces.
—Mi mujer pegándomela con el ingeniero… Pero se van a acordar de esto. Escúchame bien. Tú sabes lo rico y poderoso que soy, ¿verdad?
—Sí, señor.
—Y sabes que soy generoso con quien me ayuda y despiadado con quien me toca las narices, ¿verdad?
—Sí, señor.
—Pues vas a hacer lo siguiente. Coge la pistola que guardo en el cajón de mi escritorio, esa que tiene el número de serie borrado, entra en el dormitorio y acaba con esos dos traidores. Después esconde la pistola en un lugar seguro. Yo te espero al teléfono.
—Sí señor, ahora mismo.
El abogado espera. Pasan unos minutos. Se escuchan dos disparos. Pasan otros minutos, y el mayordomo se pone al teléfono.
—Listo, señor. Esos dos ya no le volverán a traicionar más.
—Perfecto. ¿Dónde has escondido la pistola?
—La he metido dentro del jacuzzi.
—¿Jacuzzi? —se extraña el abogado— Juraría que yo no tengo ningún jacuzzi… ¿Me podrías decir a qué número estoy llamando?
El mayordomo se lo dice.
—Ahora lo entiendo. Hazme un último favor, ¿quieres? Borra esta llamada de la memoria del teléfono ahora mismo. Yo me voy a Siberia una temporada.
Y cuelga.


Vampiros

Vampiros

     En un castillo viven tres vampiros sedientos de sangre. Una noche sale uno de ellos y regresa con la mitad del cuerpo lleno de sangre.
—¿Dónde has encontrado tanta sangre? —le preguntan los otros dos.
—¿Veis aquel campanario de allí?
—Sí.
—Pues detrás hay un club deportivo y le chupé la sangre a todos los jugadores del equipo.
     Sale el segundo vampiro y regresa al cabo de una hora con las tres cuartas partes del cuerpo lleno de sangre.
—Tú sí que sabes buscar sangre —le dicen los otros dos—. ¿Dónde la has encontrado?
—¿Veis aquel campanario de allí?
—Sí.
—Pues detrás hay un club deportivo, y más allá un cine. Sorbí la sangre de los cien espectadores que había en la sala.
     Sale el tercer vampiro y regresa al cabo de diez minutos con el cuerpo completamente cubierto de sangre.
—Vaya, no nos digas que has tenido la suerte de toparte con una balacera entre narcos y federales —le dicen los otros dos.
—No.
—¿Entonces?
—¿Veis aquel campanario de allí?
—Sí.
—Pues yo no lo vi.


Esqueletos

Esqueletos

  Dos esqueletos deciden dar un paseo en moto. Uno de ellos se sube a la moto, la arranca y se queda mirando al otro.
—¿Subes o no?
—Espera un momento. Voy a ponerme la chaqueta por si hace frío.
—¿Y eso qué más te da, si estás muerto?
—Entonces voy a ponerme el casco, no sea que tengamos un accidente.
—Ya tuvimos un accidente. Por eso estás muerto.
  El esqueleto se dirige entonces a su tumba. Coge la lápida y regresa con ella bajo el brazo.
—No me dejas ponerme la chaqueta. No me dejas ponerme el casco. Vale. Pero yo sin mis documentos no voy a ningún lado.


Desencuentros

Desencuentros

El marido regresa a casa y se encuentra a su mujer sentada en el sofá mirándolo muy pero que muy mal.
—¿Qué te ocurre? —pregunta.
—Nada —responde ella.
—¿Es por algo que dije?
—No.
—¿Es por algo que hice?
—No.
—¿Es por algo que dejé de hacer o decir?
—No.
—¿Es por algo que dije, referido a algo que hice, que hubiera tenido que decir de otra manera, referido a algo que tenía que haber hecho de otra manera?
—Puede.
—¡¡Lo sabía!!


El circo

El circo

     Un recién licenciado, tras concluir dos carreras universitarias, haber hecho tres máster y aprendido cuatro lenguas, se encuentra con que el país se halla sumido en una grave crisis económica y no hay trabajo. Decide entonces acudir al dueño de un circo.
—A ver,  joven, ¿qué sabe hacer usted? ¿Es malabarista? —le pregunta.
—No.
—¿Trapecista?
—No.
—¿Domador de leones?
—No.
—¿Payaso? Andamos faltos de payasos.
—Tampoco.
—¿Entonces qué sabe hacer? ¿No tiene ninguna habilidad rara?
—Bueno, si me lo propongo, podría comerme una tonelada de maíz frito en una hora.
—¿Y eso le haría gracia al público? En fin, probaremos. Te espero mañana en la sesión de las 4.
     Al día siguiente el joven licenciado sale a la pista y devora una tonelada de maíz en menos de una hora. La gente aplaude mucho ante la novedad. En los días sucesivos se repite la misma escena, cada vez ante un público más numeroso.
     Un día el dueño del circo le dice:
—Esto es fantástico. Cada vez viene más gente. Oye, ¿no te importaría hacer dos funciones, una a las 4 y otra a las 6?
—No sé si seré capaz. Dos toneladas son mucho. Pero lo intentaré.
—Buen chico.
     Los días pasan, las funciones se suceden, y el joven licenciado se convierte en un fenómeno social. El dueño del circo no cabe en sí de gozo.
—Cuando viniste a pedirme trabajo estábamos casi en la ruina y ahora se agotan las entradas en minutos. Te felicito— le dice al joven licenciado.
—¿Está usted contento conmigo?
—Por supuesto. Pero quería pedirte un favor.
—Lo que usted diga.
—Ya sé que no es fácil, pero ¿y si hicieras un pequeñísimo esfuerzo y te comieras tres toneladas de maíz en lugar de dos? De esa manera podríamos hacer una sesión a las 4, otra a las 6 y otra a las 8.
—No sé, jefe. Va a ser demasiado para mí. Pero lo haré por usted.
—Buen chico.
     El público se pega por ver en directo al comedor de maíz, y en cada sesión hay más y más gente. El dueño del circo se ha vuelto ya millonario.
—Esto va viento en popa. Un año más y me retiro. Y ya que estamos, quien se come tres toneladas de maíz bien se puede comer cuatro. ¿Y si hiciéramos una sesión a las 4, otra a las 6, otra a las 8 y otra a las 10? ¿Qué me dices?
—¿A las 10? ¡Ah, eso sí que no, jefe! Que yo a las 11 en punto tengo que estar en mi casa para cenar.


Una de camellos

Una de camellos

     Un cachorro de camello le pregunta al camello padre:
—Papá, ¿por qué los camellos tenemos dos jorobas en la grupa?
Y el padre responde paciente:
—Verás, hijo, cuando nosotros vamos en misión especial por el desierto, y ya sabes que el desierto es duro y caluroso, tenemos que caminar durante días sin detenernos, pues nuestro pundonor nos lo impide. Las jorobas nos sirven para almacenar en ellas el agua y el alimento que necesitamos. De esa manera, mientras otros se ven obligados a hacer un alto en el camino, nosotros seguimos tan campantes y con la cabeza bien alta, como corresponde a nuestra estirpe.
—Papá, ¿y para qué nos sirven esas cejas tan espesas que tenemos? —pregunta el hijo.
     Y el padre responde:
—Esas las tenemos a modo de visera, y gracias a ellas podemos avanzar impávidos en medio de las tormentas de arena, manteniendo los ojos bien abiertos, mientras el resto de las especies se aturullan y desorientan.
—Papá, ¿y para qué nos sirven las almohadillas que tenemos entre las pezuñas? —pregunta el hijo.
     Y el padre responde:
—Esas las usamos a modo de flotadores. Mientras el resto de las especies tropiezan y se hunden en la arena haciendo el ridículo, nosotros avanzamos gráciles y con elegancia rumbo a nuestro destino.
—Papá, ¿y por qué tenemos la piel tan dura y resistente? —pregunta el hijo.
     Y el padre responde:
—Porque gracias a ella podemos caminar día y noche, sin pasar frío ni calor, mientras nuestros competidores se ven obligados a llevar un ventilador y una estufa atados al cuello.
—¡Todo eso es fantástico, papá! Y ahora dime: ¿qué hacemos aquí, metidos en el zoológico de Berlín?

—Turismo, hijo, turismo. ¿No ves que todos andan haciendo fotos?

La fuga

La fuga


     El paciente de un manicomio le dice a otro:
—Si me sabes guardar un secreto te cuento una cosa.
—Soy una tumba.
—No seas necio. En las tumbas no se guardan secretos. Ahí es donde se esconden los muertos para que nadie los moleste.
—Entonces no soy una tumba, soy cualquier otra cosa. Cuéntame.
—Esta noche, en cuanto salga la Luna, me escapo de aquí.
—Me parece una idea estupenda.
     A la mañana siguiente se encuentran en el patio, como de costumbre.
—¿No me dijiste que te ibas a escapar?
—Lo intenté.
—¿Y qué fue lo que falló?
—Que según me dirigía hacia la salida me encontré con la cancela abierta de par en par.
—¿Y por qué no aprovechaste para salir pitando, so bobo?

—Porque no encontré ningún sitio donde apoyar la escalera, tú, y me tuve que volver.

Veteranos

Veteranos
  Dos veteranos de guerra van caminando por una acera desde lados opuestos. Los dos van cojeando. Cuando llega el momento de cruzarse, uno de ellos se señala la pierna y dice, muy digno:
—Vietnam. 1969.
  El otro también se señala la pierna y responde:
—Excremento de perro. 20 metros más atrás.


En el entierro

En el entierro

     Durante un entierro, la viuda observa que un hombre permanece lloroso en un rincón y se acerca para consolarlo.
—Dígame, buen hombre, ¿conocía usted a mi difunto esposo?
—Ya lo creo que lo conocía, señora. De hecho, sus últimas palabras estuvieron destinadas a mí.
—¿Ah sí? ¿Y cuáles fueron?
—¡¡Anselmo, deja ya de zarandear el puñetero andamio!!


Fantasmas

Fantasmas

     Durante la Noche de los Muertos Vivientes, dos fantasmas intercambian impresiones.
—Dime, ¿tú de qué has muerto?
—Pues verás, iba yo conduciendo mi Ferrari a 300 kilómetros por hora cuando en un momento dado perdí el control y me empotré contra un árbol. ¿Y tú?
—Pues yo estaba evacuando mis necesidades tranquilamente tras el árbol cuando tu Ferrari se empotró contra él.


Favores que matan

Favores que matan

     Un día, mientras iban de excursión y cruzaban un puente, el paciente de un manicomio, aprovechando un descuido, se tira de cabeza al río. 
     Al ver eso, otro paciente, en un arranque de responsabilidad, se tira tras él y lo rescata.
     Ya de regreso, el director del manicomio lo manda llamar.
    —Te felicito —le dice—. Con tu comportamiento has demostrado que ya estás reinsertado socialmente, así que te vamos a dejar en libertad. Pero antes tengo que darte una mala noticia: el compañero al que acabas de salvar se ha ahorcado.

     —Con todos los respetos señor director, creo que se confunde. Fui yo el que lo puso a secar.

El viaje

El viaje


     El secretario general de las Naciones Unidas decide visitar un remoto país africano para verificar sobre el terreno el desarrollo logrado hasta el momento.
     En el aeropuerto lo recibe un chófer pulcramente uniformado que lo hace subir a una limusina interminable que no cabía por la calle. Parten hacia la capital por una autopista de cuatro carriles perfectamente asfaltada e iluminada. Al cabo de un rato ya se empiezan a distinguir a lo lejos los modernos rascacielos recién construidos. Están a punto de entrar en la zona urbana cuando el secretario general se percata de que en el arcén hay dos jóvenes aborígenes haciendo auto-stop. Uno de ellos es alto y delgado y el otro bajito y rechoncho. No queriendo dejar pasar esta oportunidad de conocer de primera mano la situación social del país, le pide al chófer que pare y los recoja.
     Los dos chicos dicen que también van a la capital. El más alto habla inglés, así que el secretario general le pide que le cuente algo de su vida.
     —Pues verá, pertenezco a una tribu que vive aquí al lado, y en vista de lo mucho que ha progresado la capital en los últimos años, mis padres me han mandado allí para que estudie la carrera de arquitecto. Este es mi último año. Normalmente acudo a la universidad en mi propio coche, pero hoy se me ha averiado.
     —Excelente, excelente —se congratula el secretario general—. Y tu amigo, el gordito, ¿a qué se dedica?
    —Oh, él no hace nada. Es mi merienda para la hora del recreo.


La imprenta
La imprenta

  Dos falsificadores novatos y algo atolondrados deciden montar una imprenta clandestina para fabricar billetes a todo trapo.
  Cuando consiguen reunir el material necesario toman la prudente decisión de imprimir sólo billetes pequeños, de 5 y 10 euros, para no llamar la atención.
  Así que se ponen manos a la obra, y cuando ya llevan ocho horas trabajando y han juntado una buena pila, a uno de ellos le entra una duda tremenda.
—Para un momento, que tengo que hacer unos cálculos —le dice al otro. Coge papel y lápiz y se pasa otras dos horas haciendo sumas y restas, hasta que empieza a echar humo por las orejas.
—Esto no nos sale a cuenta. Con lo que llevamos fabricado no cubrimos ni los gastos. Habrá que imprimir billetes más grandes. De 15, por ejemplo.
—¿Existen los billetes de 15 euros?
—No estoy seguro. Voy a imprimir uno. Tú te bajas con él al pueblo e intentas cambiarlo, a ver qué pasa. Si la gente no dice nada es que existen, y si no, habrá que quemar la imprenta y salir zumbando de aquí.
  El compañero coge el billete y sale. Pasa una hora. Pasan dos horas. El otro empieza a ponerse nervioso y a imaginarse a la Policía Fiscal, armas en ristre, asaltando la imprenta de un momento a otro.
  A eso de la medianoche el compañero aparece con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué has tardado tanto? —le pregunta el otro lleno de ansiedad.

—Me ha costado mucho encontrar alguien que me lo cambiara, pero al final lo conseguí. ¡Me han dado un billete de 7 y otro de 8!

Sudores


  Un matrimonio ya mayor acude a la consulta del médico. Éste examina primero al marido.
—Parece que todo está como debiera. ¿Ha notado algo raro?
—Nada en particular, doctor. Lo único que cuando hago el amor con mi mujer, la primera vez la cosa va bien, pero la segunda sudo mucho.
  Tras examinar a la mujer, el médico le dice:
—Parece que usted tampoco presenta problemas. Sin embargo su marido dice que cuando hacen el amor, la primera vez la cosa funciona razonablemente bien, pero la segunda vez su marido suda mucho. ¿Usted conoce el motivo, por un casual?
—¡Pues claro! La primera vez ocurre en enero y la segunda en agosto.


El bosque

El bosque

   Estaba un oso sentado en el porche de su cueva leyendo tranquilamente ‘La Gaceta del Bosque’ cuando ve pasar a un caracol a todo correr.
—Pero bueno, ¿dónde vas tan deprisa, precisamente tú?
—¡Me acabo de enterar de que la Fiscalía de Finanzas va a auditar las cuentas del bosque!
—¿Y qué pasa con eso?
—Bueno… ya sabes. Yo tengo una casa, mi marido tiene una casa, y todos mis hijos tienen una casa —dice el caracol, perdiéndose en la espesura.
—¡Demonios! —exclama el oso. Suelta el diario y echa a correr como un poseso.
     El mono, que estaba participando en una competición para ver quién pelaba plátanos más rápido, lo ve pasar con perplejidad.
—¿Dónde vas con tanta prisa? Tenía entendido que erais más bien lentos al moveros.
—¡Calla, que anda la Fiscalía de Finanzas suelta por el bosque con ganas de tocar las narices!
—¿Y eso a ti qué más te da?
—¿Es que no lo ves? Yo tengo un abrigo de pieles, mi mujer tiene un abrigo de pieles, y todos nuestros hijos tienen un abrigo de pieles —dice el oso sin apenas resuello, tirándose de cabeza tras un matorral.
—¡Vámonos todos de aquí echando virutas! —grita el mono soltando su haz de plátanos.
—¿Y a nosotros en qué nos afecta eso, si no tenemos nada? —le preguntan los demás mientras corren tras de él.
—No lo sé. Pero como siempre vamos con el culo al aire seguro que somos los primeros en caer.


Oficios insólitos

Oficios insólitos


     Dos amigos se encuentran después de mucho tiempo.
—¡Caramba! ¿Qué hay de tu vida? ¿Qué haces ahora?
—Pues verás, últimamente me dedico a matar zombies.
—No digas tonterías. Los zombies no existen.
—¿Alguna vez has visto uno?
—¡Por supuesto que no!
—¿Lo ves? Es que, modestia aparte, uno es un profesional…


Superman

Superman

     Un hombre regresa a casa a las 8 de la mañana y se encuentra a su mujer despierta y esperándolo sentada en el sofá.
—¿Qué, Superman, otra vez tocaba hacer horas extras?
     El marido, confuso, farfulla:
—Verás querida, es que ayer teníamos una importante reunión con unos clientes coreanos…
—Y la reunión duró hasta las 8 de la mañana, ¿verdad Superman?
—No, querida. A eso de las 11 ya habíamos llegado a un acuerdo comercial y para celebrarlo llevamos a nuestros socios a cenar a un restaurante…
—Y la cena se prolongó hasta las 8 de la mañana, ¿no, Superman?
—No, querida. La cena duró un par de horas, pero como es gente que viene de fuera decidimos llevarlos a ver un espectáculo musical…
—Que terminaba a las 8 de la mañana, ¿a que sí, Superman?
—No, deja que te explique. Cuando salimos del teatro uno de ellos se sintió indispuesto y… Oye, ¿por qué me llamas Superman todo el tiempo si me llamo Hipólito?
—Porque Superman y tú sois los únicos que lleváis los calzoncillos por encima del pantalón.

El papagayo

El papagayo

    Un papagayo muy bromista se dedica a llamar por teléfono a todo quisque imitando la voz de su dueño. Un día se le ocurre marcar el número de la tienda de frutos secos de la esquina y hace un pedido de mil kilos de avellanas.
    Cuando el dueño recibe la factura monta en cólera y decide castigar al papagayo encerrándolo en una jaula que guardaba en el desván, y amarrándole las alas para que se esté quieto y deje de suplantarle.
  El papagayo se encuentra de pronto sumido en la oscuridad, y cuando sus ojos se van acostumbrando a la penumbra, descubre que al otro extremo hay alguien más con los brazos en cruz.
    —Caray, ¿y tú quién eres?
    —Yo soy Jesús —le responden desde el otro lado.
    —¿Y cuánto tiempo llevas ahí atado?
    —2000 años.
    —¡Pinocho! ¿Pero tú cuántos kilos de avellanas pediste?


La Luna de Miel

La luna de Miel


   Un matrimonio decide hacer un viaje al Caribe para rememorar la Luna de Miel que pasaron allí muchos años atrás y de la que tan buen recuerdo conservan. El marido viaja primero, pues la mujer, por cuestiones de trabajo, debe permanecer aún unos días en la ciudad.
   Al llegar al hotel, el marido entra en la habitación que les han asignado y ve que hay un ordenador encendido y conectado a Internet. Sin pensárselo demasiado se sienta y empieza a escribirle un correo a su mujer, pero a la hora de enviarlo se confunde en una letra y el mensaje lo recibe una viuda que acaba de regresar del funeral de su marido.
   Cuando los familiares de la viuda llegan a casa poco después se la encuentran desmayada frente a la computadora. Intrigados, miran la pantalla y ven que pone lo siguiente:
“Querida esposa:
   Acabo de llegar. El viaje ha sido más llevadero de lo que esperaba. Tal vez te sorprenda recibir este email, pero es que aquí también tienen ordenadores y conexión wifi. Me estoy ocupando de que todo esté listo para ti cuando vengas el viernes que viene.
   Estoy deseando verte de nuevo y que tu viaje sea tan placentero como lo ha sido el mío. Por cierto, no te traigas mucha ropa porque aquí hace un calor infernal”.


La portera

La portera


    La portera de un edificio andaba encaprichada con un actor famoso que vivía en el último piso. Cada vez que éste cruzaba por delante de la portería no dejaba pasar la ocasión de tirarle los tejos, pero el actor, invariablemente, le contestaba:
—No pierdas el tiempo. Yo sólo me codeo con actrices de mi nivel.
    Pero la portera no se daba por vencida y seguía insistiendo. El actor, para ver si así conseguía quitársela de encima, le dice un día:
—Mira, si me traes 10.000 euros paso una tarde contigo. Mi caché es muy elevado.
    La portera no disponía de esa cantidad, pero se las ingenió para conseguirla, y esa tarde el actor, para no faltar a su palabra, no tuvo más remedio que atender los requerimientos eróticos de su admiradora.
    Ya de noche el actor, exhausto por el esfuerzo, oye que llaman a la puerta. Se levanta para abrir y se encuentra con su representante.
—Hola, ¿estuvo aquí la portera esta tarde?
—Pues… ¿bueno eso a ti qué te importa?
—¿Estuvo o no?
—Pues sí.
—¿Y te dio 10.000 euros?
—Pues… sí.
—¡Ah, menos mal que todavía queda gente de palabra!
—¿Y tú cómo sabes todo esto?
—Porque esta mañana vino a mi oficina para pedírmelos prestados y me prometió que por la tarde te los traería a ti.


La revisión

La revisión


    Un millonario de edad muy avanzada acude al médico para someterse a la revisión periódica. Mientras está siendo auscultado, comenta en tono eufórico:

—¡Doctor, nunca me había sentido mejor que ahora! Me acabo de casar con una chica de 20 años. A las pocas semanas se quedó encinta y dentro de nada seré padre otra vez.
    El médico le mira muy serio y contesta:
—Verá, le voy a contar una historia. Tuve una vez un pariente muy aficionado a la caza. En una ocasión salió de casa con tanta precipitación que en lugar de la escopeta cogió un paraguas. Cuando se encontraba solo en mitad del bosque surgió un oso de la espesura y se abalanzó sobre él. Mi pariente empuñó el paraguas, apuntó al oso y ¿sabe lo que pasó?
—No.
—Que el oso cayó fulminado delante de él.
—Eso es imposible. Algún otro tuvo que haber disparado.
—Exacto. Precisamente eso mismo quería darle a entender.


Trastornos raros

Trastornos raros


Una mujer acude a la consulta de un psiquiatra.
—Doctor, estoy desesperada, ya no sé qué hacer. Mi marido está convencido de que es un caballo. Se pasa el día relinchando, dando coces y comiéndose la alfalfa que cultivan los vecinos.
—Bueno, es un caso grave, evidentemente. Tal vez lo pueda curar, pero hará falta tiempo y sobre todo, mucho dinero.
—¡Ah, por el dinero no se preocupe! La semana pasada volvió a quedar primero en el Derby de Kentucky por décima vez consecutiva.

ⒸLucas Claudín





































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