viernes, 3 de noviembre de 2017

La noche de los vivos durmientes (relato)



1


—Cuéntame un chiste —me dijo el hombre aquél una vez una vez estuvimos sentados.

Yo, para variar, andaba buscando trabajo y dando tumbos de aquí para allá. Me habían citado en aquel local tan raro a una hora intempestiva de un domingo mal digerido, y me costó encontrar el lugar. Estaba en una callejuela perdida del barrio de Lavapiés, o eso creí entender.

Hace años que perdí el hábito de deambular sin rumbo por ciudades inhóspitas sin preguntar a nadie, sólo por el gusto de ir a parar justo donde no debo. Ahora, en cambio, no salgo de casa sin estar provisto de la siguiente munición: un plano callejero para ubicarme, una brújula para orientarme, unos prismáticos por si no distingo de lejos el objetivo, un flotador por si ese día llueve, un mechero para prender una hoguera en un momento dado y lanzar señales de humo en caso de riesgo inminente, un zapato de repuesto por si se me rompe alguno de los dos que llevo puestos, y un reloj de arena que, como no me caben más cosas en las manos, suelo llevar colgado de una oreja.

Al llegar al local salió a recibirme un hombrecillo menudo, calvo, de aire triste y unas ojeras que le llegaban a los pies, y sin mediar palabra me condujo a una suerte de sótano clandestino con una claraboya en el techo, por la que se filtraba una luz cenicienta.
—Cuéntame un chiste —volvió a decirme—. Lo necesito.
Rebusqué en mi memoria para ver si me quedaba alguno.
—Pues esto es un tío que va caminando por el desierto y se encuentra con otro tío…
—Ese ya me lo sé. Es de Eugenio. Cuéntame otro.
—Era el único que me sabía.
—Malo.
—¿Malo el chiste?
—No. Malo que no te sepas más.
—Tiene razón, es un problema. Dígame, ¿es usted el dueño de este tinglado?
—No. Soy el que abre la puerta.
—¿Con quién tengo que hablar entonces?
—Conmigo.
—Me parece bien, hablemos.
—Estupendo. Tengo que hacerte una par de preguntas. ¿Cuál quieres que te haga primero?
—Cualquiera de las dos. No tengo preferencias.
—Yo tampoco.
—Echémoslo a los dados. Si suman pares me hace la segunda, y si no, la primera.
—¿Y si no sale nada?
—Algo saldrá. ¿No tiene usted una chistera con un conejo dentro?
—No.

Para mí que el tipo aquél se la cascaba en aquel habitáculo cerrado al mundo, quién sabe si con la fotografía de un amor oxidado, irreemplazable en tiempo y forma, o con algún incentivo adicional bajo la apariencia de papel cuché o pantalla de monitor muñida por el dios Internet. El caso es que se le veía triste. Allí olía a moho, soledad y alguna cosa más, que no diré por si algún niño anda por aquí.

—Entonces no sé qué podemos hacer. ¿Nos echamos una partida de cartas?
—No. Quiero morirme.
—¿Ahora mismo?
—A ser posible.
—Mejor hágame la primera pregunta.
—Vale. ¿Es usted un zombi?
—No. Soy una persona normal. O eso creía antes de entrar aquí. Por cierto, ¿cómo se llama este antro?
—Ni pajolera idea.
—Pues estamos apañados…
—Sí. El mundo es una triste ruina.
—¿Me puedo ir ya?
—No. Tú venías a pedir trabajo.
—Sí, es verdad. Lo había olvidado. ¿Hay alguien aquí que decida algo?
—Pudiera ser, pero a saber dónde andará. La que mandaba más ya no manda y el que mandaba menos ya no manda nada.
—Complicado, sí. ¿Y qué se supone que hacen aquí?
—Ayer lo sabía, pero hoy ya no —dijo rascándose la nuca con desgana—. He perdido el interés por todo. Y la memoria no recuerdo en qué cajón la guardé.
—¿Miró debajo de la mesa?
—Creo que sí. Ya no lo recuerdo.
—¿Entonces qué pinto yo aquí?
—Tú sabrás.
—Dígame, si no es indiscreción, ¿estoy donde creo estar?
—Te responderé con franqueza: no.
—¿No es esto El loro parlante?
—No.
—¿Y por qué no me lo ha dicho antes?
—Porque no me lo has preguntado. Yo abrí la puerta y tú te viniste detrás.

Vaya manera de hacerme perder el tiempo. El tipo aquél estaba como un cencerro en un día de tormenta. Los otros se habrían hartado ya de esperarme. Me veía saliendo de ahí sin empleo y con un desconcierto que no sabía ya dónde meter. Es lo malo de salir de casa con tantas cosas encima.

—Dígame, buen hombre, ¿sabe usted dónde está ese bendito local?
—Bendito no. El cura de la parroquia nunca quiso asomar por aquí.
—Bueno, sin el bendito.
—En la puerta de enfrente.
—Gracias.
—Un placer.

Me levanté, y la silla me siguió trotando. La puerta se abrió sola y se cerró sola, y la de enfrente también se abrió sola. Las cosas ahí debían de tener vida propia. Dentro había otro tipo sentado tras un escritorio, lamiendo una piruleta mientras miraba por la ventana, perdido en sus ensoñaciones.

—Perdone, ¿es usted el director?
—No. Soy la señora de la limpieza.
—¿Y por qué va vestido con traje y corbata?
—Obviamente para disimular. No quiero que mi mujer se entere de que hago este trabajo. Ella piensa que cada mañana salgo a trabajar a una oficina que se encuentra en una torre acristalada desde cuyas alturas se divisa la ciudad entera.
—Buen truco.
—Ya te digo. Ella piensa además que gano mucho dinero. ¿Quieres un caramelo de menta? Tengo un montón.
—No, gracias. ¿Y cómo se las apaña con eso?
—Aquí hay dinero de atrezzo para aburrir —dijo, volviéndose a meter la piruleta en la boca.
—Tampoco es usted con quien tengo que hablar, imagino.
—No imagines nada aún. Siéntate y hablemos. A nosotros nos gusta hablar.
—¿Me promete que no me pedirá que le cuente un chiste?
—Te lo prometo solemnemente, en virtud del cargo que ocupo.
—Pero si me acaba de decir que es usted la señora de la limpieza.
—Cierto, pero es que aquí hacemos las cosas al revés.
Y a mí que me parecía que este otro iba a ser más serio. Me senté, resignado. La otra silla se sentó a mi lado para hacerme compañía.
—Bien, ¿de qué quiere que hablemos?
—De lo que sea. Del tiempo, de la bolsa, de la carestía de la vida. También podemos hablar mal del gobierno. Eso siempre funciona.
—No entiendo de política.
—Nadie entiende de política.
—Eso es verdad. ¿Puedo hacerle una pregunta, entre usted y yo?
—Puedes hacerme dos preguntas. ¿Por cuál quieres empezar?
—Pero yo sólo quería hacerle una.
—Hazme dos. Es mejor. Así puedo olvidarme de una de ellas.
—Le haré la primera y usted me sugiere la segunda.
—De acuerdo.
—¿Sabe si aquí dan trabajo?
—¿Esa es la primera pregunta?
—Sí
—¿Y cuál es la segunda?
—Me la tendría que sugerir usted, o al menos darme una pista. De momento contésteme a la primera, si es tan amable.
—No.
—¿Entonces qué hago yo aquí?
—¿Esa es la segunda pregunta?
—En realidad me la hacía a mí mismo.
—Entonces respóndete a ti mismo.
—Pongamos que esa segunda pregunta iba dirigida a usted.
—Quedamos en que te la iba a sugerir yo y no ha habido tal cosa.
—Tiene razón. Esto hay que arreglarlo de alguna manera. ¿Se le ocurre algo?
—¿Esa sería la segunda pregunta?
—No. La tercera.
—Acuérdate de que sólo eran dos.
—¿La tercera pregunta valdría como segunda pregunta?
—No. No vale repetir. Tienes que hacerme otra.
—¿Y qué le podría preguntar?
—¿Esa sería la segunda pregunta?
—No. La cuarta.
—Tampoco vale.
—¿Y si hiciéramos como si la segunda pregunta se infiriera de la primera?
—No me vengas con tecnicismos. Hazme una segunda pregunta en condiciones. Aquí procedemos todos de la generación del fracaso escolar.
—No se me ocurre nada.
—Esa no es una pregunta. Es una afirmación.
—Bien. Probemos: ¿sabe dónde está la puerta de salida?
—¿Es esa la segunda pregunta?
Dudé un instante. Aquel tipo me estaba poniendo nervioso. La silla de al lado me miraba divertida.
—Sí —dije finalmente, con el alma en vilo.
—Aleluya.
—¿He contestado bien? Le advierto anticipadamente que ésta es sólo una pregunta retórica, que no se la hago a usted ni me la hago a mí. La lanzo al aire como quien suelta un globo en una fiesta infantil, así, alegremente. No requiere respuesta, ni por su parte ni por la mía.
—Qué bien.
—Y ahora, y sin que parezca una pregunta, me sentiría muy feliz si me respondiera a la segunda pregunta.
—No.
—¿No me va a contestar?
—Esa es la respuesta a la segunda pregunta.
—Veo que tendré que encontrar la salida yo solo.
—No te lo recomendaría.
—¿Por qué?
—Ya no te puedo contestar más preguntas.
—En ese caso, si no tiene inconveniente, me levanto y me voy.
—Eres muy libre de hacer lo que te venga en gana.
Me levanté. La primera silla también se levantó, y la segunda silla se vino con nosotros. La puerta se abrió y se cerró sola. La de enfrente había desaparecido. Busqué las escaleras. No había escaleras. Sólo un pasillo largo y opaco. Aquello era de locos.
—Justo, has pronunciado la palabra exacta —oí que decían a mi espalda—, le sobra la ‘s’, pero eso es lo de menos.
—No la he pronunciado. La he pensado.
—Viene a ser lo mismo.

Me volví, pero no vi a nadie. El pasillo parecía inabarcable, tanto en un sentido como en el otro. Me decidí por el lado derecho, y caminé flanqueado por las dos sillas, que charlaban animadamente entre ellas. No sabía lo que se decían porque no las oía. Luego entendí el porqué: yo estaba en medio. Dejé que se agruparan por mi lado izquierdo y entonces empecé poco a poco a percibir lo que se contaban. La más dicharachera me miró sonriendo.

—Yo que tú me convertía en zombi. Es lo más seguro en este lugar. Si no les comes tú a ellos antes, te comerán ellos a ti.
—Es una propuesta interesante, pero la declino cortésmente —contesté mientras buscaba otra puerta, una escalera, un hueco, un mirador, lo que fuera, para salir de ese sitio. Pero lo único que se me ofrecía a la vista era un pasillo de hospital iluminado para el turno de noche—. Además el canibalismo está prohibido desde 1804, si no me falla la memoria.
—¿Y tú crees que los zombis saben de leyes?
—El desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento, según tengo entendido —dije, girándome por si aparecía alguna persona medianamente razonable a quién preguntar.
—Los zombis no piensan en las leyes. Sólo en comerse a alguien. Y ese alguien a su vez se convierte en zombi.
—Algo me habían comentado sobre el particular, pero no entiendo mucho de eso —contesté, algo inquieto ya.
—Nosotras sí. Nos disfrazamos de sillas para evitar que nos comieran.
—Entiendo.

Mientras conversaba con las sillas me distraje y no caí en que el paisaje no era el mismo. Ahora estábamos en las mazmorras de un castillo medieval. Los muros de piedra rezumaban humedad y del techo caían rítmicamente gruesos goterones que lo encharcaban todo. Un grupo de ratones jugaba al fútbol con una bola de queso.

—¿Aquí es donde torturaban antes a la gente? —pregunté.
—Eso creemos —me respondieron las dos sillas muy quedo y al unísono. Entonces me di cuenta de que eran gemelas. Se pusieron repentinamente muy serias y callaron. El ambiente las sobrecogía.
—¿Y dónde hay que echar una instancia para convertirse en zombi? —pregunté yo, carraspeando y tragando saliva.

La cosa empezaba a ponerse fea. A mi pesar, iba sintiendo cierto cosquilleo molesto en la coronilla. De no sabía muy bien dónde me llegaban gritos ahogados y chirridos metálicos. El aire era irrespirable, opresivo.

—En la oficina principal —respondieron a la vez con un deje de temblor en la voz.
—¿Sabéis dónde está?
—Sí.
—¿Y por qué no me lo decís?
—Porque nos estamos cagando de miedo. No deberíamos estar aquí. Te hemos dado demasiadas pistas. El protocolo lo prohíbe. Si te hubieras decidido antes aún estaríamos allá arriba.
—¿No podemos regresar?
—Sí, pero no sabemos cómo. Nuestra función concluía en el pasillo, y nos despistamos hablando.
—Se me ocurre algo —dije—. Traje conmigo un reloj de arena. Si lo hacemos girar en sentido opuesto, tal vez regresemos.
—Prueba, pero date prisa. Por ahí viene alguien.

Escuché pisadas que se acercaban a la carrera, y de las tinieblas que teníamos ante nosotros surgió un tropel de seres informes que se nos venía encima. A la mayoría le faltaba alguna parte de su cuerpo. Unos vestían harapos, otros ropas hechas jirones; pero todos venían debidamente ensangrentados.

Unos parecían más enteros y avanzaban muy deprisa. Otros estaban más deteriorados y andaban rezagados, tropezando entre sí. Y venían con la intención indubitada y siniestra de comernos, al menos a mí. La madera se les indigesta, por lo que oí decir.

Cogí el reloj de arena que llevo siempre colgado de la oreja derecha - como soy sordo de ese oído un día decidí que no me servía para otra cosa - y lo roté en sentido contrario a las agujas del reloj todo lo rápido que pude, con el tiempo justo de evitar un generoso mordisco que iba dirigido a mi yugular. Esa gente parecía tener muy malas pulgas, además de mucha hambre.

De pronto nos encontramos otra vez en el pasillo blanco y crepuscular. Las sillas temblaban, entrechocando sus patas. Yo sudaba como un pollo en un asador.

—No le digas a la supervisora que estuvimos ahí abajo, de lo contrario nos expulsan del juego —me pidieron.
—No diré nada.
—Y nosotras tampoco deberíamos que haberte dicho esto último.
—Seré una tumba —prometí.
—Muy bien. Has pronunciado la palabra correcta.
Me volví y me encontré frente a la recepción de un hotel. Las sillas se habían esfumado y una señorita muy amable estaba esperando a que le dijera algo.
—Venía a inscribirme como zombi —le dije.
Ella cogió un lapicero y señaló a mis espaldas.
—Es ahí.
Me di la vuelta y ante mí emergió esplendorosa y kilométrica una fila de parados que hacían cola ante la oficina de empleo. Qué mareo. Uno se da la vuelta y ya no es lo de antes.
—¿Quién da la vez? —pregunté por inercia.
—Ya no se pide la vez —contestó alguien—. Ahora se saca un número de la máquina.
—¿Y qué hago con él, me lo como?
—No. Te quedas mirando fijamente aquella pantalla de allí hasta quedar catatónico. Cuando veas que aparece un número igual que el tuyo significa que eres un tipo afortunado.
—Porque me ha tocado la lotería.
—No. Porque te toca pasar.

Como no tenía ganas de esperar, decidí emplear el truco que ya me sabía. Descolgué mi reloj de arena y le di muchas vueltas hacia adelante haciendo como que lo ponía en hora. Los números se sucedieron rápidamente en la pantalla. Me pase por dos o tres y tuve que volver hacia atrás hasta que el mío quedó fijo y quietecito. Entonces entré.

—¿Tiene usted experiencia como zombi? —me preguntaron nada más verme.
—No. Pero sí unas ganas terribles de serlo. No vea usted la que se cuece ahí abajo.
—¿Tampoco ha hecho ningún cursillo de zombi?
—Hice uno de bombero. ¿No les vale?
—No.
—¿Y uno de primeros auxilios?
La empleada me lanzó una mirada de conmiseración.
—Me parece que no ha entendido usted bien en qué consiste esto. Mire toda la gente que ha venido para cubrir una plaza.
—¿Y si le regalo mi reloj de arena?
—Aquí no nos dejamos sobornar.
—¿Y si le doy un besito en la punta de la nariz?
—Eso ya es otra cosa.
Le di un besito y del tirón me vi en un vestuario lleno de gente cambiándose de ropa frente a las taquillas. El encargado me miró con cara de mala uva, mezcla de impaciencia y hastío.
—¿Tú eres el nuevo?
—Sí.
—Ve a que te peguen un buen mordisco.
—Eso duele, ¿no?
—Al principio sí. Pero casi ni te enteras. En un santiamén estás muerto.
—¿Usted está muerto?
—A ratos. Tengo que atender mis obligaciones. Y son muchas.
—¿Y yo qué tengo que hacer?
—Primero te mueres, como es de rigor. Después despertarás con un hambre atroz. Entonces tú mismo, por instinto, buscarás carne donde sea.
—¿Cómo podré encontrarla?
—La olerás en cuanto despiertes. El olfato se te agudizará, ya lo verás. ¿Estás preparado?
—Creo que sí, aunque tengo mis dudas.
—No me vengas con excusas ni me cuentes tu vida. A mí con un sí o un no, me vale.
—Sí.
—Firma aquí, entonces. Te hacemos un contrato indefinido por una hora con dos años de prueba, la mitad del salario base y el triple de tiempo.
—Me parecen unas condiciones de lo más ventajosas.
—Veo que estás bien integrado en el sistema —me dijo, quitándose el cigarrillo de la boca.
—¿Le puedo dar un beso en el culo?
—Ahora no. Ve a que te muerdan. Aquí hay mucho trabajo —dijo, agitando impaciente la mano que sostenía el cigarrillo. Las volutas de humo formaron caprichosas figuras que me arrastraron fuera de ahí.

Pasé a la sala de operaciones del ambulatorio. Me tumbaron en una camilla. Una enfermera de sonrisa encantadora se me acercó, me arremangó delicadamente la manga de la camisa y me arreó un mordisco de aquí te espero. Mientras me desmayaba oí cómo se deslizaba al cuarto contiguo con mucho sigilo.

—Señor conde, su cóctel de B positivo.

Drácula la miró con desgana, acodado en un butacón, sosteniéndose la barbilla con una mano. La otra no la necesitaba, así que la había depositado en una mesilla que tenía delante.

—Mire que le tengo dicho que a mí me gusta 0 negativo —dijo con una voz cavernosa que le enviaron desde los Balcanes.
—Es lo que llevaba dentro el sujeto que nos han traído.
—Qué le vamos a hacer —dijo, alargó la mano operativa, cogió el vaso y probó un sorbo. Frunció el ceño con desagrado —.La plebe de hoy en día tiene la sangre amarga. ¿Qué les dan de comer? En mis viejos buenos tiempos te pillabas un señor colocón con uno solo de estos vasos, y ahora te bebes litros y lo único que consigues es premiarte con un dolor de cabeza.
Dejó el vaso en la mesilla, al lado de la otra mano.
—Puede retirarse. Necesito pensar. Y en cuanto entre algún 0 negativo me lo hace saber, por favor.
—No se preocupe. ¿Lo querrá con hielo o sin él?
—Sin él. El agua perjudica mi garganta. Y haga que me traigan algún libro, en cualquier idioma. Los conozco todos. De preferencia que hablen de mí.
—Lo haré, señor conde.
—Gracias —dijo, y retomó la pose anterior.

La enfermera salió sin hacer ruido. Cuando se vio solo, Drácula atornilló la otra mano y se palmeó con ella la espalda para darse ánimos. ¿Quién le mandaría a él meterse en una época que no era la suya? A la gente la pagaban con papeles de colores en lugar de con monedas de oro, plata o cobre. Vivían en cajas de cerillas, apiladas unas sobre otras, y su sangre sabía a lejía. Qué mundo más raro. Se atusó el bigote con las dos manos y volvió a dejar la que le sobraba sobre la mesilla. Y para colmo, las leyes prohibían empalar a nadie. Suspiró profundamente y se abandonó al desconsuelo.



2


Desperté tendido en el suelo de una mazmorra. Me encontraba un poco mareado, pero lleno de energía. No sentía nada, sólo hambre. Advertí que mi olfato se abría a todos los olores. Lo primero que se me vino a la cabeza es que por fin había logrado dejar de fumar. Traté de incorporarme, pero algo tiró de mí hacia atrás. Muy bonito, ¿así es como tratan a los nuevos empleados? Me habían puesto una argolla al cuello y encadenado a la pared. ¿Qué es lo que hice mal esta vez? En el último curro me abrieron expediente disciplinario y amenazaron con no sé cuántas cosas horrendas, como dejarme en la puta calle, pero nunca habían llegado a esto. El capitalismo empezaba a pasarse un pelín. Cómo anda el patio, tú.

Escuché un rechinar metálico, algo molesto para mis sensibles oídos, como de gozne mal engrasado, y empecé a olfatear. En algún lugar olía carne, pero ¿dónde? ¿No sería la mía? Probé a darle un mordisco a uno de mis brazos, pero le faltaba sal. No me servía. Tenía que ser carne ajena. Miré alrededor por si encontraba a alguien más en algún lugar, cuando me llegó una voz desde la mazmorra de al lado.

—¿Es tu primer día, verdad?
—Supongo. No lo tengo muy claro. ¿Tú quién eres?
—Un zombi, como tú.
—¿No se supone que los zombis no hablamos?
—Eso es lo que andan contando por ahí. Pero siempre hablamos en la intimidad.
—Es un alivio. ¿Qué toca hacer ahora?
—Esperar a que aparezca un humano bien cebado y devorarlo sin piedad.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí metido?
—Treinta y cinco años, dos días y once horas, sin contar el tiempo que llevamos hablando.
—¿Y no deberías estar ya jubilado?
—Eso era antes. Ahora el convenio zombi no establece edad de jubilación. Cuando te quedas en los huesos, ahí acaba todo.
—Habrás tenido ocasión de comerte a mucha gente en todo este tiempo.
—Si yo te contara… Al principio la cosa no estaba mal. Nos traían carne de calidad. Rica en proteínas. Financieros, industriales, gente de ésa. Pero de un tiempo a esta parte, bastante tiempo diría yo, sólo nos llegan becarios, madres estresadas, adolescentes con trastornos psicológicos y abuelos con la carne más seca que una estera. ¿Tú sabes lo que es comerse eso? No encuentras más que grasa y toxinas.
—Vaya plan. Nunca volveremos a ser normales, ¿verdad?
—No. Nosotros ya caímos del otro lado. La vida del zombi es dura, muchacho. Sabes cuándo empieza pero no cuándo acaba. Eso no te lo explicaron, ¿verdad?
—No.
—Pues venía en el contrato, en la letra pequeña. Los contratos hay que leérselos antes de firmarlos, chico, si no te la cuelan. A mí me pasó lo mismo, pero eran otros tiempos. Entonces te obligaban a comer sólo ocho horas al día, tenías tus vacaciones reglamentarias y podías irte a dormir a tu casa. Incluso te permitían fingir que no eras zombi cuando salías de currar. Y hasta tener una vida propia. Yo llegué a formar una familia zombi de puertas adentro.

—Cállate. Huelo carne —le conminé.

Volví a escuchar el mismo rechinar metálico de antes. Alguien venía. La mazmorra se iluminó un poco más. Entró un tipo gordo, muy asustado, exudando por todos sus poros, con la camisa empapada en sudor pringoso. ¿Era verano ahí fuera?

«¿Qué mierda es ésta?» pensé, porque me estaba vedado hablar.
«No te quejes. A mí me tocó algo peor la primera vez», me dijo el de la mazmorra de al lado.
«¿Y ahora qué hace este menda? Míralo. Se me acerca cauteloso. ¿Me lo como ya?».
«No. Deja que se aproxime, que se confíe. Cuando estés seguro de que lo tienes a tiro, te abalanzas sobre él y le endiñas el primer mordisco. El tipo se desconcierta, se paraliza, y ahí es que ya te lo zampas enterito».
«¿Pero tú has visto a la cosa ésta?».
«Sí. Te compadezco».
«¿Y a mí cómo se me ve?¿Tanto miedo doy?».
«Tienes un aspecto repulsivo, las cosas como son, pero así es como debe ser. Aunque podías haberte peinado un poco antes de empezar. ¿Te presto un espejito?».
«No. El tipo acaba de dar un paso corto, muy corto. Está que se caga la pata abajo».
«¿Quieres un consejo? Agárralo de la corbata en cuanto puedas y la atas a los barrotes. Así el tipo no tendrá escapatoria. A mí siempre me funciona».
«Vale. Pero ahora empiezan a hablarle desde ahí fuera. ¿Qué le están diciendo?».
«Da igual. No te dejan oírlo estos cabrones. Tú concéntrate».

El gordo sudaba como si tuviera dentro toda el agua del mundo. Me estaba encharcando impunemente la mazmorra, mi lugar de trabajo. Eso me irritó sobremanera. Me abalancé sobre él como un perro de presa y el tipo me esquivó por un milímetro.

Mierda, me había olvidado que estaba encadenado y en cuclillas. Salí propulsado hacia atrás y mi cabeza se dio un trompazo contra el muro. Al mismo tiempo mis piernas se estiraron hacia delante y le di al tipo en los huevos. Eso sí, sin querer. Mi intención era comérmelo, no desgraciarlo. La culpa era del charco que se había formado a mis pies. Pero se me había escapado.

Ahora reculaba riéndose hacia el otro extremo. ¿Me estaba tomando el pelo? Eso me enfureció aún más y salté de nuevo, pero resbalé y me metí otro leñazo. El tipo ahora se reía abiertamente. Ya no me tenía miedo. Sabía que estaba encadenado y aprendía a tomar posiciones con mucha cautela. ¿Y a mí por qué nadie me daba instrucciones desde el otro lado? En cuanto termine esto voy a presentar una queja en toda regla.

«Acuérdate de que esto no va a terminar nunca para nosotros».
«¿Y tú quién eres?».
«El de antes».
«Ah, perdón. Es que me había puesto a pensar por mi cuenta. ¿Qué me recomiendas que haga?».
«Que vayas aprendiendo. Ahora sabes lo que él sabe de ti. No pienses en nada más. Sólo en comértelo».
«¿Y a ti quién te ha tocado?».
«Una vieja muy borde».
«¿Te la has comido ya?».
«Dios me libre. A mi edad casi prefiero estar en ayunas. Estoy haciendo todo lo posible para se vaya».
«No me refería a eso, imbécil».
«Ah, bueno, pues, como que no tengo hambre».
«¿Un zombi inapetente? Eso es imposible».
«¿Y tú qué sabes, si acabas de llegar?».
«Espera un momento, que voy a darle un zarpazo a éste antes de que se me escape otra vez».

El muy canalla se burlaba de mí, estaba claro. Ahora intentaba confundirme con un juego de manos para hacerme luego cosquillas con un plumero. Hice como que lo iba a coger pero en lugar de eso le agarré la mano. Ahora sí cabrón, no voy a dejar de ti ni las sobras.

Y en esto que se abre la puerta y pasan dos gendarmes el doble de grandes que el tipo gordo, lo agarran a él, no a mí, y se lo llevan en vilo sujetándolo de los sobacos. Ahora sí que ya no entiendo nada.

«Oye tú. Explícame esto».
«Ya te lo dije. Nosotros nunca sabemos lo que pasa al otro lado».
«¿Y aquí cuándo pagan? Yo ya estoy cansado».
«Tienes que dejar de pensar como un humano. Ya no lo eres».
«¿Estás de coña, no?».
«Yo no».
«¿Y qué pasó con la vieja borde?».
«Le di un manotazo para que dejara de hacerme proposiciones que ofenden en alto grado nuestra dignidad de zombis. En eso que entraron dos enfermeras corpulentas, le pusieron una camisa de fuerza y se la llevaron de aquí».
«¿Así, sin más?».
«Sí. Después entró un labriego provisto de un garrote nudoso y me atizó con él en la cabeza».
«¿Por algún motivo?».
«Los humanos no necesitan motivos. Esos se los inventan después».
«Qué ingeniosos. Sigue».
«Después una niña me volcó un cubo de agua en la cabeza».
«¿Fría?».
«Y yo qué sé. Haces cada pregunta…».
«Es que aún no termino de asimilar mi nuevo estado».
«Ya. El caso es que al poco rato empezaron a lloverme confetis encima».
«Eso si que no hay quién lo aguante. Que te sacudan, vale. Pero cachondeítos, los justos».
«Eso digo yo. Luego entra un niño y me pone un cactus azul en las manos. Como si me fuera a pinchar con eso…».
«A mí el otro me prendió un girasol a la oreja antes de que se lo llevaran. ¿Y ahora qué hacemos?».
«Esperar. Aquí te pasas la vida esperando. Entrará más gente, o no. Depende. Entre diario hay menos trabajo».
«Esto es aburridísimo».
«Lo sé. Pero ellos se lo pasan bomba».
«Yo quiero comerme a alguien ya mismo».
«Ármate de paciencia. Hay veces que nos tienen una semana sin hacer nada».
«No me hables ahora. Me parece escuchar un ruido. A lo mejor entra alguien más».
«Te deseo suerte».
«¿Si no sé bien qué hacer tú me indicas, no?»
«Claro, los zombis tenemos lo que los humanos llaman solidaridad de clase».
«Menos mal», dije, y me callé. Alguno de los del otro lado se disponía a pasar.



3


La puerta se abrió, pero no entró nada comestible por ella. En su lugar avanzaban de puntillas dos sillas que caminaban solas. Me parecía haberlas visto ya antes, en algún recóndito lugar de mi nebulosa mental.

—Date prisa y ven con nosotras —me cuchichearon a la vez—. Se han dejado la puerta abierta entre una sesión y otra.
—No puedo. Me han encadenado al muro.
—Tenemos la llave.
Soltaron la cadena y me ayudaron a ponerme en pie.
—¿Y qué pasa con el otro?
—Él es un zombi de verdad. Tú no.
—Vaya. Ahora que me empezaba a divertir… Esperad, que voy a despedirme de él.
—No hay tiempo. Síguenos y disimula.
—Vale.
—Y si alguien te pregunta, nunca contestes con las palabras ‘loco’ o ‘tumba’. Si no, regresarás otra vez aquí.
—Muy bien.

Salimos de la mazmorra, una de las sillas tiró de una argolla prendida en el muro de uno de los pasadizos y nos colamos en la sala de operaciones. Casi nos damos de bruces con un Drácula más deprimido que nunca, que nos vio pasar sin sorprenderse demasiado.

—Joven, ¿no será usted 0 negativo, por casualidad?
—No lo sé. En el cole siempre suspendía matemáticas.
—En ese caso, hágame el favor de preguntarle a la señorita que está ahí fuera a quién han traído últimamente. Llevo tres días sin beber y estoy en pleno síndrome de abstinencia.
—No se preocupe.
—Qué mundo de locos el de ustedes —suspiró el conde, abatido.
—Y que lo diga.
—¿No sabrá si hay alguna tumba libre por ahí? Me gustaría echarme un rato. Cada vez me siento más débil.
—Voy a echar un vistazo. Si veo alguna se lo digo.
—Se lo agradezco.
Entramos en la sala de operaciones. La enfermera de la sonrisa encantadora me invitó a tenderme en la camilla con un gesto.
—¿Vienes de la tumba, verdad? Échate ahí para que repostemos.
—T…
—¡Cállate, que a ti cualquier chica te hace perder la cabeza! —chilló una silla—. Menos mal que ésta de aquí no puede oírnos.
—Tengo el depósito lleno, señorita, muchas gracias.
—¿De veras no necesitas sangre?
—Yo no, pero luego le digo dónde hay mucha. El señor conde requiere su presencia. Tiene un color verde muy raro.
—Voy enseguida. Pero… si te he visto entrar por el lado de las tumbas —señaló con la jeringuilla goteante la puerta por donde acabábamos de pasar.
—Ya, pero me han pedido que les lleve una ventosa de esas que se usan para desatascar inodoros. Uno de los zombis se ha tragado una llave inglesa por error.
—Gajes del oficio — dijo la enfermera haciendo un mohín indolente y guardando la jeringuilla en un joyero.
En el vestuario el encargado me miró airado, fumando y exhalando el humo por las orejas.
—¿Pero te has vuelto loco? ¡Regresa al trabajo inmediatamente!
—Voy a fumarme un cigarrillo.
—¿Y dónde se ha visto un zombi que fume? —exclamó encogiendo los hombros y extendiendo las palmas de las manos.
—Pues eso.
—Aquí no hay un dios de que se aclare —suspiró apoyando los puños en las caderas y mirando a lo lejos —Ven conmigo. Hay que arreglar la tumba de al lado. El señorito de siempre quiere echarse la siesta.
—No puedo, jefe. Precisamente él me ha pedido que le lleve algún libro antiguo porque se aburre mortalmente. ¿Sabe qué idioma habla ése?
—Yo qué sé, si en mi vida salí de mi pueblo, y para una vez que vengo a la capital, mira lo que me encuentro —dijo, arrojando el cigarrillo bien lejos. Se colocó en la comisura de los labios todos los que le quedaban en el paquete y los fue encendiendo uno a uno como si fueran las velas de una tarta de cumpleaños. El mundo moderno le estaba empezando a poner de los nervios.

El vestuario se llenó de humo y salimos de allí tosiendo. Cuando pasamos a la oficina de empleo la funcionaria me dijo con sorna:

—¿Qué, no aguantamos ni una semanita, eh? Vamos de tumba en tumba. En fin…—sacudió la cabeza volviendo a sus papeles.
—Me han despedido por bajo rendimiento —respondí, y seguí tras las sillas.
—¿No te habrás cruzado con el tarado aquél, el loco del conde? Está en horas bajas y tampoco él rinde lo suficiente. Y eso que venía bien recomendado. Ahora le da por pedir aspirinas. Ya ha vaciado siete farmacias y ningún medicamento le hace efecto.
—Sí, no parece muy animado.
—Mira que son raritos estos nórdicos. Y yo que pensaba que eran todos rubios —dijo suspirando y meneando la cabeza.
La cola del paro ya daba varias vueltas a la manzana y se extendía allende las fronteras de la ciudad. Mi entrada produjo cierta sorpresa inicial y un pánico generalizado e irreprimible después. La gente huyó despavorida y el tumulto hizo que la cola se revirtiera.
—¿Y a estos qué les pasa, nunca han visto un zombi? —pregunté sorprendido.
—Sí, pero sólo en las películas —dijo una de las sillas.
—Y en los bailes de carnaval —agregó la otra.
—Yo una vez vi uno de verdad: la vez aquella que se escapó para ver si se echaba una novia zombi allá fuera —dijo la primera.
—Yo también. Aquél que echaron porque estaba convencido de que comiendo sólo yogures se quitaba de zombi —replicó la otra.
La recepcionista me miró con sorpresa y me señaló con el lápiz hacia el otro lado.
—Es por ahí.
—Gracias. Ya me sé el camino.
—No me seás loco, ché, y volvé allá —Era argentina.
—Precisamente allá iba.
—¿Pero allá dónde?
—Donde siempre, claro.
—¿Pero vos te creés? Aquí cada cual va a su bola —dijo irritada. Rompió el lápiz y lo tiró a la papelera.

Y de nuevo las mazmorras. No sabía si sentir miedo o no, como la primera vez. Todo lo que ahí ocurría escapaba a mi pobre y limitado entendimiento humano. Sólo tenemos cinco sentidos, y a mí ya sólo me funcionaban uno o dos, y de vez en cuando.

—¿Estáis seguras de que no soy un zombi? —pregunté dubitativo a las sillas.
—Tú verás. Por nosotras no lo eres.
—¿Entonces ya no estoy obligado a comerme a nadie por el camino?
—No.
—Bueno, menos mal. Siento un profundo alivio.
—Nosotras también.

El pasillo de hospital seguía desierto y desangelado. Pero una de las puertas estaba abierta. Me asomé. El tipo del traje se limaba las uñas distraídamente.

—¿Sigue siendo usted la señora de la limpieza?
—No. Ahora tengo un cargo mucho más importante. Soy el que va tras ellas con los cubos y las fregonas. No veas las broncas que me echan esas dos. Me tratan a baquetazo limpio. Estoy encantado.
—Enhorabuena por el ascenso.
—Gracias. Ya sabes que somos una empresa que premia el esfuerzo y la dedicación.
—¿Mejor ahora, entonces?
—Psh… No sé qué decirte. A veces tengo la extraña sensación de estar metido en una caja de esas donde acostumbra dormir un rumano con una pinta muy rara. Uno que anda por ahí abajo. ¿Cómo lo llaman a eso, tumba, sarcófago? Mi memoria ya no es la de antes.
—¿Principio de Alzheimer?
—Eso mismo. Por cierto, ¿qué te había preguntado?
—¿Y eso qué más da?
—Es lo que yo digo, ¿qué más da todo?
—Pues eso. Para volverse l…
—¡Te dije que te callaras! —me gritó una silla, poniendo las patas en jarras.
—Es que soy muy locuaz.
—Locuaz… —el hombre se ensimismó en las profundidades de su universo íntimo—. Me gusta esa palabra. ¿Me la puedo quedar?
—Se la regalo.
—Gracias. ¿En qué la podría emplear?
—En casi todo. Es una palabra multiusos.
—¿Y ése quién es?
—El primo de locuaz.
—¡Ah claro! Ahora me acuerdo. Pasó una vez por aquí. Si le ves, dale recuerdos.
—De su parte.
—¿De mi parte? ¿Qué parte?
—Su mitad derecha.
—Claro, esa, sí. La otra no sé dónde está. ¿Adónde vas ahora?
—A ver al otro.
—¿Qué otro?
—El de la puerta de enfrente.
—No vayas. Está más loco que una cabra.
—Ya me di cuenta, pero él no.
—Yo sé que también estoy loco, pero se me olvida todo el rato. ¿En qué estoy pensando ahora?
—No lo sé. Pero en cuanto lo averigüe se lo digo.
—Qué amable es usted.
En la puerta de enfrente el tipo triste leía una revista erótica con los pies cruzados encima de la mesa. Asomé la cabeza.
—¿Quiere que le cuente un chiste?
—El de Eugenio, no.
—No me sé ninguno más.
—Entonces vete y no me cortes el rollo. Empiezo a estar harto de esta panda de locos.
—No lo sabe usted bien.
—¿Ya le encontraron una tumba vacía al conde?
—Me han enviado a mí a buscar una.
—Pues date prisa en encontrarla. Cuando le falta sangre empieza a delirar y viene aquí a darme la paliza con sus historias de vampiros y no vivos.
—Descuide.
—Y si ves por ahí a dos sillas que andan solas y hablan me las mandas para acá. Por su culpa nos estamos quedando sin zombis. La voz se corre y cada vez hay menos candidatos.
—Entonces sí sabía dónde estamos.
—Claro que lo sabía, pero si te lo digo así, de primeras, hubieras salido corriendo. Los jóvenes de hoy en día son muy caprichosos, ya no quieren ser zombis. Con lo que daría yo por comerme a alguien…
—¿En sentido literal o figurado?
—Bueno, tú ya me entiendes.
—Sí. Le recomiendo la página 14. Yo también compro esa revista.
—Ya la vi, pero ha quedado abombada de tanto uso. Estoy buscando otra.
—Entonces la 27.
—Bien, gracias.

Salí del cuartucho nauseabundo y las dos sillas me acompañaron a la salida. Nos despedimos y se disfrazaron de columnas dóricas para seguir disimulando. El otro disfraz ya se les había gastado.
Eran las primeras horas del alba y las sombras aún no se habían retirado. Apenas se veían coches ni gente deambulando de aquí allá buscando vaya usted a saber qué. Las sombras me cubrieron en la retirada y pronto llegué a mi casa.

El conserje dormía a pierna suelta emitiendo periódicamente ronquidos que hacían estremecer los cristales de la garita y se propagaban más allá de la recepción. La ética del trabajo, pensé. Menos mal que éste la cumple a rajatabla. Mañana se lo cuento al presidente de la comunidad, me prometí maliciosamente. Por eso ha escogido el turno de noche, para que el bebé que acaba de tener con su mujer le deje dormir. Un tipo listo, a lo que parece. Les propondré una reducción de sueldo y un aumento de la jornada laboral, para que pueda dormir más. No le va a hacer mucha gracia, pero no sabe que le he visto. Por una vez sé de alguien algo que él no sabe de mí.

Al llegar a mi apartamento me miré al espejo, y éste me devolvió una imagen espeluznante: tenía la nariz rota, como los boxeadores; me faltaba media mandíbula; en lugar de cara tenía un amasijo de carne sanguinolenta que colgaba en jirones; un ojo miraba para un lado y el otro andaba escondido en algún punto indeterminado de esa masa informe.

Fui corriendo al cuarto de baño, esperé a que la bañera estuviera llena de agua caliente, me metí dentro, tal cual, y me volví a desmayar. Demasiadas emociones en un solo día.





4


A la mañana siguiente me presenté en el trabajo limpio y aseado, con la confusa sensación de haber soñado algo ya vivido, o de haber vivido algo que en algún momento soñé. En el corrillo del café comentaban una película de zombis que alguien había visto la noche anterior. La sola mención me revolvió las tripas. Me encerré en el cuarto de baño y vomité toda mi desazón hasta quedar más vacío que el saco de un ogro en paro.

Cuando salí ya no había nadie. O habían dimitido todos a la vez, o yo me había vuelto loco de repente. Abrí una a una las puertas con mucho tiento para comprobar que lo hacían de forma mecánica. Así era. Espié sin ningún rubor a las dos sillas de madera de la entrada, que me recordaban vagamente a algo indefinido, inalterable en su esencia, sí, pero incompleto en mi mente. No se movían, no hablaban, no corrían tras de mí. Levanté la tapa del inodoro por si dentro se escondía algún ser irreverente. No vi ninguno. Me di la vuelta sin previo aviso para ver si el escenario cambiaba de sopetón. Nada. Lo hice de nuevo. Todo seguía en su sitio. Estuve repitiendo la maniobra su buenos diez minutos, girando como una peonza una y otra vez, hasta que me mareé y caí redondo. Me levanté. Detrás de mí escuchaba un sonido que me resultaba familiar, cotidiano.

—López, ¿se encuentra bien? —dijo una voz grave y plena de autoridad a mis espaldas.

Me di otra vez la vuelta. Mi jefe me miraba con preocupación, tras sus lentes de probo funcionario que no ha faltado al trabajo ni un solo día de su vida. No sólo mi jefe, toda la empresa me miraba con preocupación, haciendo rueda en torno a mí.

—Sí, perfectamente. ¿Por qué lo dice?
—Pensamos que estaba ensayando algún número de circo.
—No. Sólo practicaba estiramientos de cuello. Me lo ha recomendado el médico. Paso demasiado tiempo sentado.
—En ese caso puede usted seguir. Pero sería mejor que lo hiciera en su oficina. Me está entreteniendo al personal.
—Sí, jefe.

Decididamente, todo ha sido un sueño, fruto de mi mente exaltada, de las muchas horas de trabajo, de las pocas horas de asueto, y del devenir de la humanidad en general.

Eso sí, esta noche, antes de subir a casa, tengo que acordarme de comerme al conserje. Ayer me quedé con hambre tras hacer lo propio con el vecino del quinto, ése que va a un gimnasio cada tarde y es pura fibra. Cuando llegue, el de la mazmorra de al lado ya se habrá comido a todos los demás. Me saca ventaja.

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